En aquel tiempo, le acercaron unos niños a Jesús para que les impusiera las manos y rezara por ellos, pero los discípulos los regañaban. Jesús dijo: «Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino de los cielos.» Les impuso las manos y se marchó de allí (San Mateo 19, 13-15).
COMENTARIO
Vemos en este breve texto quienes son, en nuestro mundo, los preferidos de Jesús: los pequeños, los indefensos, los cándidos. Aquellos que tienen la mirada limpia; quienes no ven maldad en los demás porque no la conocen; los que no juzgan, ni calculan, ni planean. Estos los que buscan y se unen a Jesús espontáneamente, porque perciben, como por instinto, su bondad, su acogida, su ternura.
En nuestro tiempo, son los niños las grandes víctimas de la sociedad: los miles y miles de ellos que son abortados antes de nacer; los que sufren la violencia o el rechazo de sus propios padres; los que son abandonados apenas nacidos; los maltratados por los suyos, los abusados por su familia, o peor aún: aquellos que son usados por uno de sus padres para hacer sufrir al otro; los asesinados por el padre para vengarse de la madre, o viceversa. Y no olvidemos a los niños secuestrados para la guerra o a las niñas convertidas en esclavas sexuales.
Al oír, cada vez con mayor frecuencia, noticias como éstas, nos escandalizamos, nos rasgamos hipócritamente las vestiduras. Como si fuésemos incapaces de atrocidades semejantes. Como si no asistiésemos impasibles al inhumano espectáculo de la crueldad con los más débiles. Espectáculo que crece día a día: la pedofilia, la venta de órganos extraídos a los pequeños, los niños desaparecidos, las misas negras con víctima infantil… Son ellos los inocentes, que siguen al Cordero Inocente, y sufren y mueren, sin culpa, por los pecados de su pueblo.
Jesús conoce bien esta violencia ejercida contra los más indefensos. No es sólo cosa de nuestra era.
Recordemos la matanza de los niños menores de dos años en Belén, o el decreto del Faraón de exterminio de los hebreos recién nacidos. Por todo el sufrimiento injusto que padecen, por tanta crueldad con los más débiles, los pequeños están entre los preferidos de Jesús. Suyo es, sin duda, el Reino de los Cielos, porque, sin culpa alguna, padecen las consecuencias del pecado de la sociedad. Ellos se ven forzados a cargar con toda la estructura de injusticia, de violencia, de maldad de nuestro mundo.
No nos engañemos: mientras no seamos ingenuos y vulnerables como los niños, no tenemos acceso al Reino de Cristo. Ellos, en su inocencia, pueden recibir el amor de Jesús con gratuidad, y responder de la misma manera. Es ésta la única posible relación con Dios; esto es lo que Él espera de nosotros, la sola actitud válida ante el mensaje de Cristo: confianza sin límites y abandono total al amor que nos da.
Por todo ello, dirá Jesús en otra ocasión, quien acoge a uno de estos pequeños, me acoge a Mí. Él se identifica con cada niño necesitado de cariño. Aprendamos al menos que en cualquiera de ellos está El presente, llamando a nuestra puerta, y esperando de nosotros ser acogido con amor.

4 comentarios
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