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Evangelio

¡Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no!

By Ángel Pérez Martín15 de junio de 20243 comentarios6 Mins de lectura
Reflexión sobre el evangelio de hoy Sabado
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En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás tus juramentos al Señor”.

Pero yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo cabello. Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno» (San Mateo 5, 33-37).

COMENTARIO

Estos últimos días la Iglesia nos invita a reflexionar sobre nuestra forma de vivir el cristianismo con este texto tan particular que identifica claramente el Evangelio de san Mateo: el Sermón de la Montaña. A través de él, Jesucristo va abriendo un camino por medio de su interpretación de la ley de vida que Dios había entregado a su pueblo, de manos de Moisés. Ley, que por la dificultad que tiene su cumplimiento —con el solo uso de las fuerzas humanas, deterioradas por el pecado—, había sido manipulada y «domesticada» por los religiosos de Israel. En este texto, Jesús se refiere al «juramento». Comencemos con un repaso al significado que tenía para el pueblo hebreo este elemento (cf. El Evangelio según san Mateo, Josef Schmid):

El juramento, ampliamente utilizado entre todos los pueblos, se basaba en la desconfianza de los hombres frente a la veracidad de los demás. Invocar a Dios como testigo de que se dice la verdad o de que se cumplirá una promesa servía para superar esa desconfianza y para que el que juraba se sintiera obligado a ser veraz. La importancia del juramento en la religión del AT se deduce de su repetida mención en la Sagrada Escritura y de los capítulos dedicados a tratarlo explícitamente en la ley; incluso a Yahveh se le atribuye frecuentemente su uso. Con esta amplia base en el AT, el juramento era muy apreciado entre los rabinos, aunque los esenios y la secta de Damasco lo rechazaban, a pesar de que los esenios se obligaban por los más terribles juramentos a la fidelidad con su institución y al secreto de sus reglas. Filón afirmaba que lo mejor era no jurar, porque la palabra del sabio debía merecer la misma confianza que el juramento, una idea dentro de la esfera de influencia helenística (pitagóricos y estoicos). Los rabinos condenaban no sólo el perjurio, sino también el «juramento vano» o la ligereza en jurar en asuntos de poca importancia, considerándolo una profanación del nombre de Dios. El juramento judicial solo era admitido para personas sin tacha, «temerosos de Dios». Toda aseveración que se salga de la afirmación simple «proviene del Maligno», porque el empleo del juramento está provocado por la perversidad y la falacia humana.

Aunque entre los rabinos existían frases que encarecían la veracidad en general, nunca reprobaron el juramento en absoluto como lo hace Jesús. La reprobación de diversas fórmulas judías de juramento por Jesús proviene de un contexto diferente. Jesús no pretende aquí superar el AT, sino combatir una costumbre extendida entre los judíos. Los juramentos por el cielo, por la tierra y por Jerusalén tienen su fundamento en la aversión del judaísmo tardío a pronunciar el nombre de Dios, pero Jesús también reprueba su empleo, ya que son solo sustitutos del nombre de Dios. El juramento del versículo 36, «por la propia cabeza», también queda reprobado, porque sólo Dios tiene libre derecho de disposición sobre la vida humana. La afirmación que realizan algunos acerca de que Jesús mismo no se atuvo a su propio precepto durante su proceso es insostenible, ya que el requerimiento del sumo sacerdote Caifás no es una toma formal de juramento, sino una exhortación solemne a decir la verdad delante de Dios (cf. Mt 26,62-63).

Jesús introduce una prohibición del juramento sin más, superando así la prohibición del perjurio y del quebrantamiento del voto en el AT. Jesús reclama una actitud de veracidad absoluta, que haga suficiente el «sí» o el «no» sin necesidad de invocar a Dios como testimonio. La forma más exacta y originaria del precepto de Jesús probablemente se encuentra en Santiago 5,12: «Que vuestro sí sea sí, y vuestro no, no, así no incurriréis en juicio.». Jesús introduce frecuentemente sus palabras con un «amén» (= «en verdad»), una práctica extraña al judaísmo que no es una fórmula de juramento, sino una expresión de la autoridad ineludible de sus palabras.

Pero, después de poner en contexto esta palabra, viene la pregunta de rigor: y esto, ¿qué tiene que ver conmigo? En la medida en la que avanzaba en este comentario se me hacían visibles dos detalles ocultos en esta palabra y que he aprendido de Jesucristo a través de la Iglesia: humildad y justicia. Todo el Sermón de la montaña busca la «intencionalidad» de nuestro corazón que pone al descubierto la verdadera relación entre Dios y yo. ¡Qué humildad hay que tener para que mis respuestas no vayan acompañadas de justificación alguna! Un «sí» o un «no», sin moniciones, sin alegatos, sin defensas. Como recordaba san Pablo a los cristianos de Roma: «Si Dios está por nosotros, ¿quién estará contra nosotros?… ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es quien justifica» (Rom 8,31b; 33). Es una llamada a la confianza plena en Aquel que es mi Padre, en Aquel que me ha respondido siempre con amor. Ese «sí» o «no» nos libra de hacer juicio alguno, de caer en la trampa del Maligno; es un pasar la justicia al Padre que ve todo aquello que se hace «en lo secreto» (cf. Mt 6,6). Pero, al mismo tiempo, implica no temer el juicio de los hombres ante una respuesta sin defender, sabiendo «que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni las potestades, ni la altura ni la profundidad, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro» (Rom 8,38-39).

En definitiva, es la sencillez y no la elocuencia en nuestras respuestas la que hace presente a Dios; nos pone en armonía con el segundo mandamiento: «No tomarás el nombre de Dios en vano» y nos libra de caer en las trampas sutiles del Maligno.

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