Dijo Jesús a Nicodemo: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna.
Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios.
Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras.
En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios» (San Juan 3, 16-21).
COMENTARIO
A la luz de la Pascua se iluminan mejor las palabras de Jesús a Nicodemo: «Vino la luz al mundo…» Cristo, luz de las gentes, ha venido a descubrir a cada hombre el sentido de su existencia: que ha sido creado por amor, y para el amor.
-«Era necesario que el Mesías padeciera…», dirá Jesús a los de Emaús. ¿Para qué era necesario? Para que el hombre descubriera su situación de pecado y tinieblas; y, a la luz de la Resurrección, pudiera además saber que sus culpas están todas perdonadas.
-«Así tiene que ser levantado el Hijo del Hombre…» Jesús, levantado en la cruz, es signo de salvación para quien crea en El, como lo fue la serpiente de bronce que Moisés hizo levantar en el desierto, para curar a los israelitas del veneno de las serpientes. La cruz levantada nos habla de un amor sin límites, del inocente que da su vida por los culpables. Esta es la luz que vino al mundo, y que los hombres rechazaron, porque sus obras eran malas.
Los hombres han preferido las tinieblas, vivir en el autoengaño, ignorar y acallar su conciencia. Negar el valor absoluto de la verdad y en consecuencia condenar a Cristo, que venía al mundo como testigo de ella.
Aquel que, aun con sus pecados busca la verdad en sinceridad de conciencia, al mirar a Cristo en la cruz. reconoce en El, la luz que necesita para enderezar su vida; encuentra allí la fuerza que le falta para renunciar a sus vicios. Conoce, en fin, la salvación en el perdón que experimenta; se ve liberado del peso de su culpa, y comienza a vivir, en libertad, del amor gratuito de Dios.
Pero la fe en Cristo, aun siendo un don, no es algo que se posee de una vez para siempre. Hay que defenderla y confirmarla cada día en su seguimiento. Creer en Cristo implica seguir sus huellas. Ahí es donde a diario, hacemos agua, tropezamos con nuestras debilidades, nuestra cobardía o nuestro orgullo. De nuevo necesitamos mirar a la cruz levantada, para encontrar una vez más la misericordia, que nos recoge, nos levanta y nos anima a seguirle de nuevo.
Seguir a Cristo, Él lo señala supone negarse a sí mismo, tomar la cruz de cada día. No seguirle equivale a dejar de creer en El. Los cristianos nos vemos, por ello, en un dilema, a diario: seguirle, aceptando la cruz que se nos presenta hoy, o abandonarle.
Esta Palabra nos obliga a elegir entre la luz de Cristo crucificado, y las tinieblas de nuestro yo, soberbio y egoísta. Nada de lo que hicimos ayer nos exime de afrontar esta alternativa. Nuestra fe de la primera hora necesita ser alimentada cada día, mediante nuevas decisiones a favor de Jesús y frente a cualquier invitación a seguir un camino distinto. Con la conversión cotidiana a la llamada nueva que nos dirige el Señor.

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