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Ángel Pérez

Enseñame tu libertad y conoceré la medida de tu fe

By Ángel Pérez Martín5 de abril de 2013No hay comentarios5 Mins de lectura
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No se puede creer sin experimentar. El Credo es el resumen de una sabiduría regalada por Dios a los hombres que le abren sus puertas a su acción creadora. Creer en la comunión de los santos, en la resurrección de los muertos o en la vida eterna, ¿Qué significa? ¿Eres un visionario que tienes información privilegiada? Seguramente te podría preguntar tu vecino ateo. La fe, puede parecer, si no va acompañada de un modo de vida que la sostenga una pura falacia.

¿Dónde está entonces la dificultad? En un conocimiento profundo de Dios. El que conoce a Dios, conoce sus cualidades creadoras y paternales que se manifiestan en cada uno de los acontecimientos acaecidos en nuestra vida. Dios escribe recto en renglones torcidos, dice el refranero; cuando el Señor llama a Abraham con la intención de sacrificar a su hijo Isaac no analiza desde la lógica humana sino desde la fe. Y ¿cuál es la fe de Abraham? La fe de Abraham es toda una historia desde la llamada, dónde cada día él ha experimentado que DIOS ES, QUE EXISTE en cada uno de los acontecimientos que vivimos, que la vida del hombre es una constante relación con Dios.

El hombre de la carne es el resumen de una serie de miedos, de herencias psicológicas, de situaciones socio-económicas que le acorralan y le limitan, y por lo tanto, vive una “libertad condicional”. Dios es creador porque rompe esta realidad, imposible de destruir en tantas ocasiones por el propio hombre, y nos regala la libertad. Que todo esto no se quede en palabras bonitas ¿De qué libertad hablamos? De ser como yo soy en realidad, sin máscaras, sin condicionantes… El miedo a no ser aceptado, querido, valorado, animado, tenido en cuenta ¿sigo? El otro miedo al fracaso, a equivocarte… El pánico a NO SER, nos presiona cada día sumergiéndonos en un estrés espiritual que hace de nosotros unos “peleles” en manos del demonio que interpreta cada día los acontecimientos de amor que tiene el Padre con nosotros pero “escribiendo recto sobre renglones torcidos”.

Cuando un hombre es arrancado de en medio de las tinieblas de sus miedos, ve el cielo. Pero ¿cómo llegamos a esto? Es el amor del verdadero Padre; del modelo de Padre que el Señor nos quiere mostrar. Cuando un niño vive la época de los miedos a la oscuridad, solamente la cercanía del padre o de la madre le sosiegan. El amor del que te quiere como eres, te arranca del temor a fracasar, a no dar la talla. No hay mejor imagen de la paternidad de Dios que la que nos transmite aquella parábola del hijo pródigo, donde nos pinta a un padre que recupera a su hijo perdido, por aceptarle como es. Este hijo ha experimentado a Dios como Padre y como creador; nunca será como aquel que vivía en la casa antes de irse lejos a experimentar su autonomía, sus ansias de disfrutar de la vida según su criterio.

Bien es verdad que Dios es el mayor diseñador de exteriores y que observando lo que hay en la tierra, encima o debajo de ella nos quedamos boquiabiertos y sobrecogidos. No digamos más si analizamos el funcionamiento del cuerpo humano. Cuántos científicos cada vez que intentan profundizar en el conocimiento del comienzo de nuestra existencia, o del universo, se convencen de forma más intensa de que hay un Ser superior creador de todo esto.

Pero la gran obra de arte de nuestro Dios es Jesucristo. La gran creación dónde se resalta la mayor cualidad que Dios ha dado al hombre: LA LIBERTAD.

Cuando tenemos algo que resaltar en nuestra vida lo enseñamos: nos gusta enseñar nuestra casa cuando ésta es maravillosa, fardamos de coche cuando es de marca, nos enorgullecemos de aquel hijo que sobresale en los estudios o en su vida profesional, etc.

Sin embargo tenemos en nuestra vida “el secreto escondido a sabios, reyes e incluso a ángeles” y lo escondemos, como si de algo despreciable se tratara. Todas la dudas que tenemos los cristianos vienen de la “vida doble” que llevamos. Trapicheamos cada día, tantas veces, encendiendo una vela a Dios y otra al diablo. Nos cuesta desprendernos de “ese hombre de la carne”. Sin embargo Pablo enseña con orgullo lo más importante de su vida y proclama:

“Pero lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo. Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no con la justicia mía, la que viene de la Ley, sino la que viene por la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios, apoyada en la fe, y conocerle a él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos.

No que lo tenga ya conseguido o que sea ya perfecto, sino que continúo mi carrera por si consigo alcanzarlo, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús. Yo, hermanos, no creo haberlo alcanzado todavía. Pero una cosa hago: olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante, corriendo hacia la meta, para alcanzar el premio a que Dios me llama desde lo alto en Cristo Jesús.”

Este año de la fe se nos invita a hacer algo más que recitar diariamente el Credo; este mundo necesita ver que Dios existe al contemplar la obra creadora que ha realizado en cada uno de nosotros. Despreciemos nuestros miedos y vivamos de la misma libertad de la que alardea Pablo, al haber sido alcanzado por Cristo Jesús.

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