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Antonio Pavía

Del ecce homo al ecce Deus

By BuenaNueva4 de junio de 2017No hay comentarios5 Mins de lectura
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Culminamos este libro que, como hemos dicho repetidamente, es un intento de aproximación a los místicos de Israel incidiendo especialmente en los del Antiguo Testamento, con una semblanza acerca de “el Exegeta, el Buscador y el Místico” por excelencia: Jesucristo, Dios y hombre verdadero. Nos aproximamos a Él, la Palabra hecha carne, para, con los ojos del corazón, descubrirle como el Hijo de Dios. De ahí el título de este capítulo: Del ecce homo al  ecce Deus.

“Ecce homo”, ved aquí, ahí tenéis al hombre, dijo Pilato al pueblo mostrándoles a Jesús después de haberle azotado,  ridiculizado con una corona de espinas y revestido con un manto de púrpura (Jn 19,1-5).

Pilato no tenía la menor duda de que el hombre a quien habían entregado era inocente. Sin embargo, no había visto en él más que eso: un hombre, por lo que no iba a exponer su trono de vanidades, acumuladas a lo largo de su fatigosa vida, sólo por él. También es cierto que no tuvo mucho interés en profundizar sobre Jesús. De hecho, cuando le preguntó ¿qué es la verdad?, se dio media vuelta dejándole con la palabra en la boca (Jn 18,38).

La negligencia de Pilato de buscar, de interesarse por saber si detrás de “ese hombre” había Alguien que le llevase a proclamar ¡Ecce Deus!, había sido ya ejercida indolentemente por el pueblo de Israel. Fue víctima de la superficialidad hasta el punto de merecer, por así decirlo, esta interpelación de Jesús: ¿Por qué no reconocéis mi lenguaje? Porque no podéis escuchar mi Palabra… El que es de Dios escucha las palabras de Dios; vosotros no las escucháis porque no sois de Dios (Jn 8,43-47).

Cerrados sus oídos a su Palabra, tampoco sus ojos fueron capaces de ver en Jesús al Dios vivo encarnado. De ahí que cuando el gobernador de Judea les dio la posibilidad de escoger entre dos hombres, Jesús o Barrabás, decidieron escoger a este último, como diciendo: al menos éste tiene sangre en las venas para levantarse contra nuestros opresores.

Hemos titulado esta catequesis “Del ecce homo al Ecce Deus” para dejar bien sentado que la fe adulta implica un salto cualitativo en lo que respecta a la apreciación y experiencia de Jesús. Es absolutamente necesario tener conciencia por medio de datos salvíficos personalísimos escritos en nuestras entrañas, que el hombre de Nazaret es también el Dios que se hizo con y como nosotros: el Emmanuel.

El primero en proclamar que Jesús es el Ecce Deus, en dar testimonio de su divinidad, es Yhavé, Dios de Israel, su propio Padre. Recordemos el testimonio personalísimo que da acerca de Jesús en su bautismo: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco” (Mc 1,11). Por su parte, Mateo, en la teofanía de la Transfiguración, nos ofrece este testimonio del Padre no menos elocuente: “Éste es mi Hijo amado en quien me complazco; escuchadle” (Mt 17,5).

El testimonio del Padre en la Transfiguración, que nos viene transmitido también por Marcos y Lucas, añade una puntualización con respecto al que hemos visto en el Bautismo. Yahvé, Dios de los cielos, nos da a conocer su voluntad con respecto a su Hijo: que le escuchemos –“¡Escuchadle!”- Detrás de esta exhortación apremiante hay toda una revelación acerca del “carpintero de Nazaret”. Está diciendo a todos los hombres: ¡Él es mi Palabra viva! El que le escucha alcanzará la vida eterna. El mismo Jesús se hará eco de esta misión que tiene de dar vida eterna a los hombres por medio de su Palabra: “En verdad, en verdad os digo: llega la hora, ya estamos en ella, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan, vivirán” (Jn 5,25).

Ahí tenéis a mi Hijo, ahí está Emmanuel, dice el Padre. Ecce Deus, aquí está nuestro Dios, proclaman por el mundo entero toda una legión innumerable de hombres y mujeres que le han conocido y que han podido experimentar, ver y oír, que está vivo, que sus palabras son espíritu y vida, tal y como Él mismo lo anunció.

¡Qué bien entendió Pedro que las Palabras de Jesús eran realmente espíritu y vida! Fue esto lo que en realidad le sostuvo ante la tentación de abandonar, casi diríamos hasta de desprenderse –quitarse de encima-, del discipulado que de Él había recibido.

Recordemos los hechos. Cuando Jesús proclamó ante la multitud que sus palabras eran espíritu y vida, todos se escandalizaron. Sólo Dios tiene autoridad para decir que sus palabras tienen tal valor. ¿Cómo viene este hombre a decir semejante barbaridad? ¿Qué locura se ha apoderado de él? Así discurrían los miles de hombres que habían sido alimentados con los panes que Jesús había multiplicado. Se escandalizaron y se fueron. Quedó Jesús solo con los doce. No estaban menos escandalizados que los que se habían marchado. Sin embargo, había en ellos como un sello imborrable que ni siquiera sabían definir muy bien. Solamente sabían que las palabras que oían a Jesús tenían algo que las de los sumos sacerdotes y doctores de la ley no tenían. Las de Jesús eran como si tuviesen sabor… eso es, sabían a vida eterna. Eso es lo que, en nombre de todos, respondió Pedro a Jesús ante su interpelación de abandonar también ellos: “Señor, ¿donde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios” (Jn 6,68-69).

Antonio Pavía.

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