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Pedro Barrado

De dioses y hombres

By BuenaNueva17 de abril de 2015No hay comentarios3 Mins de lectura
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En el capítulo 14 de los Hechos de los Apóstoles leemos que, en la ciudad de Listra (en la actual Turquía), Pablo –acompañado por Bernabé– curó a un hombre cojo. La gente del lugar inmediatamente pensó que se trataba de dioses –Zeus y Hermes– bajo figura humana. No es una reacción extraña, ya que la tradición helenista contemplaba la idea de que a veces los dioses bajaban para mezclarse con los hombres.

Así al menos lo vemos en un mito griego, que cuenta que Zeus y Hermes llegaron a la ciudad de Tiana –en la región de Capadocia– una noche de tormenta bajo la apariencia de mendigos. Nadie quiso abrirles las puertas de sus casas, excepto una pareja de modestos campesinos ya ancianos: Filemón y Baucis. Estos les ofrecieron a sus huéspedes lo poco que tenían, pero pronto se dieron cuenta de que los viajeros no eran lo que aparentaban, ya que, por más vino que les servían, la jarra nunca se vaciaba. Por eso quisieron ofrecerles un alimento más acorde con el rango de sus invitados: el único ganso que poseían. Pero Zeus se negó a que mataran al animal. Descubierta su verdadera identidad, Zeus y Hermes pidieron a los ancianos que abandonaran su hogar y la ciudad, sin volverse a mirarla, ya que iba a ser anegada por las aguas como castigo a la falta de hospitalidad de sus habitantes. Desde lo alto de un monte, Filemón y Baucis vieron que lo único que se salvó de la ciudad fue precisamente su casa, convertida luego en templo. Los dos ancianos pidieron a Zeus poder vivir como sacerdotes en su antigua casa y morir a la vez. Tras su muerte quedaron convertidos él en un roble y ella en un tilo, que se buscaban el uno al otro.

La reacción de Pablo ante la multitud de Listra, que quería ofrecerle un sacrificio, fue recordarles que tanto él como Bernabé eran hombres como ellos que simplemente les anunciaban la Buena Nueva de Jesús, lo cual implicaba abandonar los ídolos y convertirse «al Dios vivo que hizo el cielo, la tierra y el mar y todo lo que contienen» (Hch 14,15). Lo que no consta es que san Pablo les dijera algo que bien les podría haber dicho: que la visita de Dios –anhelada por los seres humanos– ya se había producido con Jesucristo. Por eso fundamentalmente es Buena Noticia, evangelio.

                                                                                                                            Pedro Barrado

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