Tantísimas veces vivimos encerrados a cal y canto, sin dejar salir ni entrar a nadie, enclaustrados de tal manera que nos creemos el centro del mundo y que no necesitamos de nadie; todos deben hacernos reverencias. No nos acabamos de dar cuenta que más bien estamos sitiados, rodeados y no somos más que esclavos de nuestros propios gustos, apetencias o criterios del momento: el infierno es la propia soledad. Y ante esta situación, que no nos lleva a otro sitio sino a la propia asfixia, la pregunta es: ¿cómo se van a derribar esas murallas que nos aíslan, que nos ahogan, que nos matan?
“¿Qué es lo que puede volver a dar entusiasmo y confianza, qué puede animar al alma humana a encontrar el camino, a levantar la mirada hacia el horizonte, a soñar con una vida digna de su vocación? ¿No es acaso la belleza?”.[1] “La belleza salvará el mundo”,[2] dice Dostoievsky. La belleza es capaz de abajar las resistencias, ablandar la dureza, calentar lo frío, regar lo seco, curar lo enfermo. Y es precisamente mediante el arte como se refleja esta belleza que sobrepasa a la razón, que llega más profundamente que las palabras, que despierta el ser adormecido.
Ciertamente, la primera fuente de belleza ante la que nos quedamos asombrados es la de la Creación, con la sobreabundancia, el desborde, la variedad que muestra: “y vio Dios que era bueno” (Gén 1,11), que era bello, que era verdadero. Porque no se puede desvincular lo bello de lo bueno, no se puede disociar lo bueno de lo verdadero, no se puede enfrontar lo verdadero con lo bello. Y es precisamente a través del arte como entramos en relación y comunión con esta obra. Como cuando los tres jóvenes judíos en el exilio en Babilonia bajo el poder de Nabucodonosor, condenados a muerte por no adorar a la estatua de oro, dentro del horno entre las llamas, los tres unánimes cantaban “criaturas todas del Señor, bendecid al Señor” (Dan 3,57).
Sí, es cierto: hay noche y día, luz y tinieblas, rayos y nubes, sol y luna, frío y calor; también es cierto que la noche canta la belleza del día, y el día la de la noche. Es decir, en toda la creación hay una relación —una relación matemática—, en la que la rugosidad de la roca está al servicio de la tersura del firmamento, y ambas cantan una la belleza de la otra. O sea, en el universo desde las más grandiosas galaxias hasta las más imperceptibles partículas, existe una relación de servicio, de donación: una relación de amor. Por tanto no consiste en anular lo que a primera vista me resulta molesto o desagradable, lo que tal vez no llego a entender y considero “malo”. ¿Cómo “malo”, si tiene una función importantísima en el conjunto de toda la obra? Es en esto en lo que toma forma y valor todo el cuadro.
El punto está precisamente en descubrir el equilibrio, de manera que si consigo encontrar la medida justa de amarillo que tengo que poner, o los agudos que van a sonar, o la altura que construiré, entonces soy un artista, porque el artista es el que intuye y refleja esta fórmula.
solo a ti sea la gloria y la alabanza
Volviendo a los tres jóvenes envueltos en llamas, que de tan potentes abrasan a los mismos que los echan al horno, resulta primordial realzar un aspecto: es precisamente el contemplar y cantar esta proporción y relación que observan en la creación, y bendecir al Artista que la ha creado (por sus obras los conoceréis) lo que los preserva de ser quemados. Es más; baja el que es el “más bello de los hombres” y los envuelve con su inspiración, su aliento, su Espíritu.
Para terminar esta introducción sobre la incidencia del arte en la propia vida como algo válido y necesario, chispa de la belleza que despierta en nosotros una admiración, llenándonos de ánimo y elevando nuestro espíritu hacia el Bello, querríamos traer el último de los salmos contenido en el libro de las “Alabanzas”, el salmo 150.
Si el Salterio se abre con la bendición al que “se complace en la palabra del Señor y sus Salmos medita, musita, canturrea día y noche”, el libro termina con la invitación a participar en la alabanza “por sus obras estupendas” con todos los instrumentos de la orquesta. Incluimos una tabla[3] en la que se da a cada uno de los instrumentos citados en el Salmo la aplicación referida tanto a los humanos que la componen como a la circunstancia en la que se encuentra:
el Señor se complace en los que lo adoran
Es decir, empezando por el servicio del Templo hasta llegar “a todo ser que alienta”, cualquiera, sea cual sea su situación y formación, está llamado a participar en la interpretación de esta obra maestra. Y no es ninguna tontería esto de los instrumentos: “vosotros, santos, sed la trompeta, el arpa, la cítara, el coro, los instrumentos de cuerdas, y el órgano, los timbales de júbilo que emiten bellos sonidos, es decir, armoniosamente”,[4] dice San Agustín. Es en nuestra vida concreta, en los acontecimientos cotidianos, el lugar en donde podemos ejecutar, interpretar y elevar este canto por medio del instrumento que nos es dado: nuestro propio cuerpo.
Es lo que dice el Beato Juan Pablo II: “No todos están llamados a ser artistas en el sentido específico de la palabra. Sin embargo, según la expresión del Génesis, a cada hombre se le confía la tarea de ser artífice de su propia vida; en cierto modo, debe hacer de ella una obra de arte, una obra maestra”.[5]
O sea, es posible la victoria, es posible la liberación, es posible la comunión: sea tocando la trompeta o simplemente lanzando un alarido como se pueda, caen las murallas y se abre un nuevo horizonte. Y no hay por qué temer, puesto que, aun estando en casa de Rajab, la fuerza del arte incide en nosotros y somos rescatados, sacados, catapultados hacia afuera, hacia la libertad.
«La séptima vez, los sacerdotes tocaron la trompeta y Josué dijo al pueblo: “¡Lanzad el alarido, porque Yahveh os ha entregado la ciudad!” El pueblo lanzó el alarido y se tocaron las trompetas. Al escuchar el pueblo la voz de la trompeta, prorrumpió en gran alarido, y el muro se vino abajo» (Jos 6, 16.20).
[1] Benedicto XVI, Encuentro con los artistas en la Capilla Sixtina (22 de noviembre 2009).
[2] F. Dostoievski, El Idiota, p. III, cap. V.
[3] Biblia para la iniciación cristiana. Antiguo Testamento, ed. Secretariado nacional de Catequesis 1977, p. 319.
[4] San Agustín, In Ps. 150,8. Cf. Obras completas de San Agustín XXII.
[5] Juan Pablo II, Carta a los artistas.