Después entró en el templo y se puso a echar a los vendedores, diciéndoles: «Escrito está: “Mi casa será casa de oración”; pero vosotros la habéis hecho una “cueva de bandidos”». Todos los días enseñaba en el templo. Por su parte, los sumos sacerdotes, los escribas y los principales del pueblo buscaban acabar con él, pero no sabían qué hacer, porque todo el pueblo estaba pendiente de él, escuchándolo (San Lucas 19, 45-48).
COMENTARIO
El Señor viene hoy, con esta Palabra a hacernos un chequeo a nuestro modo de orar. Sí, Jesús viene a visitar nuestro templo, nuestra casa como hizo lo hizo en Jerusalén para ver que tenemos dentro, que es lo que hay en nuestro corazón: preocupaciones, planes, proyectos, ambiciones, ansiedades, gratitud, disponibilidad para hacer la voluntad de Dios…etc., ¿qué es lo encuentra dentro de nosotros? ¿nuestro corazón es una casa de oración o una cueva de bandidos? Si como afirma la Escritura “Mi casa será casa de oración” (v. 45): ¿Cómo oramos? ¿cuánto tiempo dedicamos al trato íntimo con el Señor? ¿Sabemos orar de verdad? En cierta ocasión, un periodista preguntó a la Madre Teresa de Calcuta: “¿de dónde sacan sus monjas la fuerza para atender a los pobres?”, y la respuesta dejó un tanto descolocado al periodista que la entrevistaba: “Del silencio”, le contestó Madre Teresa, “¿Del silencio?” preguntó, sorprendido, el periodista; “sí, continuó Madre Teresa, “el fruto del silencio es la oración; el fruto de la oración es la fe; el fruto de la fe es el amor; y el fruto del amor es la paz”.
Vivimos inmersos en ambientes llenos de ruidos, tanto en casa (tv, radio, internet, videoconsolas, música, etc.,) como en la calle (coches, bocinas…). No es fácil hoy, en el modus vivendi que nos hemos montado, encontrar tiempos de silencio para la oración, de ahí, la importancia de la noche como un espacio para adentrarnos en el silencio como caldo de cultivo donde se pueda nutrir una oración contemplativa, perseverante y de intercesión.
El Evangelio de Lucas nos presenta a Jesús como el Maestro modelo de oración, con su ejemplo, lo mismo que con su doctrina, nos enseña el deber y el modo de orar. La oración ha de ser humilde, sin pretensiones ante Dios, ni vanagloria ante los hombres. La oración ha de nacer del corazón más que de los labios, confiada en la bondad del Padre e insistente hasta importunar. La oración será ciertamente oída si se hace con fe como recomienda el mismo Señor: “Porque os digo: todo lo que pidáis en la oración, creed que ya lo habéis recibido y lo obtendréis” (Mc 11, 24). Además, debe ser hecha en nombre de Jesús para que sea eficaz: “Y todo lo que pidáis en mi nombre yo os lo concederé” (Jn 14,13). En la oración hay que pedir cosas buenas, hay que pedir a Dios el perdón, el bien de los perseguidores, pero, sobre todo, el advenimiento del Reino de Dios y el Don del Espíritu Santo.
Ahora bien, una condición necesaria para que nuestras oraciones suban al Cielo es que tengamos la conciencia limpia de cualquier perturbación, sobre todo estar en comunión con los demás, lo cual supone estar dispuestos a perdonar cualquier ofensa porque “si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas” (Mt 5, 14).
Orar no es fácil, orar siempre es un combate. Le preguntaban a un monje avezado en la vida espiritual qué es lo que más le había costado a lo largo de su ya experimentada vida monástica y respondía sin vacilar: la oración diaria. La oración es un don de la gracia y una respuesta decidida por nuestra parte. Supone siempre un esfuerzo. Los grandes orantes de la Antigua Alianza antes de Cristo, así como la Madre de Dios y los santos nos enseñan que la oración es un combate. ¿Contra quién? Contra nosotros mismos y contra las astucias del Tentador que hace todo lo posible por separar al hombre de la oración, de la unión con Dios. Se ora como se vive, porque se vive como se ora. El que no quiere actuar habitualmente según el Espíritu de Cristo, tampoco podrá orar habitualmente en su Nombre. El combate espiritual de la vida nueva del cristiano es inseparable del combate de la oración.
El Señor nos pone, hoy, ante esta elección: ¿Qué queremos ser, orantes o bandidos?

5 comentarios
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