En aquel tiempo, Jesús volvió a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo: «El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo; mandó a sus criados para que llamaran a los convidados, pero no quisieron ir. Volvió a mandar otros criados encargándoles que dijeran a los convidados: “Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Venid a la boda”.
Pero ellos no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios, los demás agarraron a los criados y los maltrataron y los mataron.
El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad.
Luego dijo a sus criados: “La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, llamadlos a la boda”.
Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?”. El otro no abrió la boca.
Entonces el rey dijo a los servidores: “Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes”.
Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos» (San Mateo 22, 1-14).
COMENTARIO
El Concilio Vaticano II nos recuerda que la Virgen María “asunta a los cielos, no ha dejado esta misión salvadora, sino que con su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna. Con su amor materno se cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y hallan en peligros y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada. Por este motivo, la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora. Lo cual, embargo, ha de entenderse de tal manera que no reste ni añada a la dignidad y eficacia de Cristo, único Mediador” (Lumen Gentium, 62).
El pasado día 15 de agosto hemos celebrado la Solemnidad de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María y hoy, siete días después, celebramos la Fiesta de la Bienaventura Virgen María Reina para poner en relación ambas celebraciones marianas y descubrir su conexión teológica: la Virgen María está en el Cielo como Reina tal y como la aclamamos en la oración del Santo Rosario en sus Letanías: desde Reina del Cielo a Reina de la Paz.
Hoy necesitamos mirar, de nuevo a nuestra Madre María para implorar la Paz, muy especialmente sobre la tierra que la vio nacer y en la que por desgracia en estos momentos solo hablan las balas del cañón y la sinrazón de la violencia, el odio y la guerra. Es el mismo Patriarca de Jerusalén quien nos lo pide al describirnos la situación real del conflicto bélico entre Israel y Palestina: “Varios meses han pasado desde el inicio de esta guerra terrible. Los sufrimientos causados por este conflicto no cesan de aumentar, alimentados por el odio, el resentimiento y el desprecio, que no hacen sino intensificar la violencia y rechazar toda posibilidad de encontrar soluciones. Después de haber pronunciado tantas palabras y hecho lo que hemos podido por ayudar y estar cerca de todos, y en particular de los más afectados, no nos queda más que rezar. Frente a tantas palabras de odio pronunciadas a menudo, queremos ofrecer nuestra oración, hecha de palabras de reconciliación y de paz…”.
Sí, hoy toca orar, unidos a María, por la Paz en la tierra: en todos los lugares donde hay encendidos focos bélicos que asolan las poblaciones y llenan de angustias y desesperanza la vida de los ciudadanos que solo anhelan vivir con justicia y en paz. Oremos, si, para que en esta larga noche que vivimos, la intercesión de la santísima Virgen María abra una esperanza de luz para todos aquellos que padecen la pesadilla de la violencia y la guerra y para que cada uno de nosotros trabajemos por ser constructores de Paz en nuestros ambientes.
El riesgo de una guerra total es una amenaza real que pende sobre nuestra generación; esta expresión la encontramos en un texto del Concilio Vaticano II que parece premonitorio de lo que estamos viviendo hoy al decir: “Sepan los hombres de hoy que habrán de dar muy seria cuanta de sus acciones bélicas. Pues de sus determinaciones presentes dependerá en gran parte el curso de los tiempos venideros. Teniendo esto es cuenta, este Concilio, haciendo suyas las condenaciones de la guerra mundial expresadas por los últimos Sumos Pontífices, declara: Toda acción bélica que tienda indiscriminadamente a la destrucción de ciudades enteras o de extensas regiones junto con sus habitantes, es un crimen contra Dios y la humanidad que hay que condenar con firmeza y sin vacilaciones. El riesgo característico de la guerra contemporánea está en que da ocasión a los que poseen las recientes armas científicas para cometer tales delitos y con cierta inexorable conexión puede empujar las voluntades humanas a determinaciones verdaderamente horribles. Para que esto jamás suceda en el futuro, los obispos de toda la tierra reunidos aquí piden con insistencia a todos, principalmente a los jefes de Estado y a los altos jefes del ejército, que consideren incesantemente tan gran responsabilidad ante Dios y ante toda la humanidad” (Gaudium et spes, 80).
Cuando las palabras no son suficientes, cuando las llamadas al diálogo, la reconciliación y la búsqueda de soluciones pacíficas caen en el vacío y se vuelven estériles e ineficaces, hemos de recurrir a la más contundente de las “armas” para deshacer trampas, derribar muros y superar la lógica del odio y la violencia que conduce siempre a la eliminación del “otro” y a la imposición aplastante de la guerra, ese arma es… ¡la oración! Y la mejor y más decisiva intercesora se llama María, la Reina de la Paz. Virgen María, ¡ruega por nosotros, derrama el don de la Paz en el corazón de todos los hombres de buena voluntad! Amén.

4 comentarios
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