A Isabel se le cumplió el tiempo del parto y dio a luz un hijo. Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y se alegraban con ella.
A los ocho días vinieron a circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre; pero la madre intervino diciendo: «¡No! Se va a llamar Juan».
Y le dijeron: «Ninguno de tus parientes se llama así».
Entonces preguntaban por señas al padre cómo quería que se llamase. Él pidió una tablilla y escribió: «Juan es su nombre». Y todos se quedaron maravillados.
Inmediatamente se le soltó la boca y la lengua, y empezó a hablar bendiciendo a Dios.
Los vecinos quedaron sobrecogidos, y se comentaban todos estos hechos por toda la montaña de Judea. Y todos los que los oían reflexionaban diciendo: «Pues ¿qué será este niño?»
Porque la mano del Señor estaba con él (San Lucas 1, 57-66).
COMENTARIO
Todo tiene un tiempo, y el tiempo es de Dios. Como le gusta decir al Papa Francisco el tiempo es superior al espacio. Nosotros sólo vemos el espacio que nos rodea, que a veces nos abruma, y hasta nos puede llegar a desesperar, pero el tiempo es más grande que el espacio. Y el tiempo es de Dios. Dios no actúa siempre cuando nosotros queremos, pero siempre llega a tiempo, puede que a nosotros nos parezca que tarde, pero nunca llega tarde.
Así fue la experiencia de Zacarías e Isabel durante años y años de esterilidad. Hasta que “a Isabel se le cumplió el tiempo del parto y dio a luz un hijo”. Y cuando Dios actúa en nuestra vida no nos podemos callar, saltamos de alegría y podemos decir con Zacarías e Isabel: “se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia”. En este tiempo de Navidad nos encontramos con muchos vecinos, parientes, compañeros de trabajo, y muchos de ellos no conocen al Señor y viven una vida pagana e impía que les hace sufrir muchísimo. Pidamos al Señor que ponga en nosotros palabras de vida, no de juicio, sí de amor a ellos para poder proclamarles la verdad: que el Señor nos ha hecho una gran misericordia.
Que el Señor nos conceda como a Zacarías que “inmediatamente se le soltó la boca y la lengua, y empezó a hablar bendiciendo a Dios” que podamos proclamar sus maravillas. Que podamos ver a nuestros parientes y vecinos con los ojos de Dios y que el Señor nos abra la boca para poder anunciar la venida del único Salvador.

4 comentarios
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