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Evangelio

LA MIRADA DE JESÚS

By Alfredo Esteban Corral17 de febrero de 20185 comentarios7 Mins de lectura
Reflexión sobre el evangelio de hoy Sabado
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Después Jesús salió y vio a un publicano llamado Leví, que estaba sentado junto a la mesa de recaudación de impuestos, y le dijo: «Sígueme». Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió. Leví ofreció a Jesús un gran banquete en su casa. Había numerosos publicanos y otras personas que estaban a la mesa con ellos. Los fariseos y sus escribas murmuraban y decían a los discípulos de Jesús: «¿Por qué ustedes comen y beben con publicanos y pecadores?». Pero Jesús tomó la palabra y les dijo: «No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores, para que se conviertan (San Lucas 5, 27-32).

COMENTARIO

Jesús está dando los primeros pasos de su ministerio público, ha dejado Nazaret y se ha establecido en Cafarnaúm, centro de su misión evangelizadora. De esta población ha llamado ya a dos parejas de hermanos para enseñarles a ser pescadores de hombres. Hoy, el relato de Lucas nos va a narrar la llamada del quinto discípulo y como dice el refrán: «No hay quinto malo», aunque éste lo pudiera parecer por las «apariencias» que le rodean. Se trata de Leví, un «publicano» recaudador de impuestos en Cafarnaúm y con amistades un tanto peligrosas. Los judíos «ortodoxos» veían con malos ojos a los publicanos, a los que tildaban de impuros, colaboracionistas de los romanos y amantes del dinero y la corrupción. Sin embargo, nos vamos a encontrar, una vez más, conque la mirada de Jesús no es como la nuestra, tantas veces concebida desde la apariencia externa, los prejuicios establecidos y los intereses creados. Jesús no nos ve así, Él nos mira el corazón y comprende todas nuestras situaciones, como afirma el Papa Francisco «lo que movía a Jesús en todas las circunstancias no era sino la misericordia, con la cual leía el corazón de sus interlocutores y respondía a sus necesidades más reales» (cf. Misericordiae vultus, 8) y esto lo vemos muy claramente en el relato lucano de la vocación de Mateo que hay que colarlo, también, en el horizonte de la misericordia. He aquí como describe el Papa esta escena tan querida para él: «Pasando adelante del banco de los impuestos, los ojos de Jesús se posan sobre los de Mateo. Era una mirada cargada de misericordia que perdonaba los pecados de aquel hombre y, venciendo la resistencia de los otros discípulos, lo escoge a él, el pecador y publicano, para que sea uno de los Doce. San Beda el Venerable, comentando este relato del Evangelio, escribió que Jesús miró a Mateo con amor misericordioso y lo eligió: «miserando atque eligendo». Siempre me ha cautivado esta expresión, tanto que quise hacerla mi propio lema» (Ibid., n. 9). En efecto, El papa Francisco ha conservado su lema episcopal al momento de elegir el pontificio: «Miserando atque eligendo«, que puede traducirse como «Lo miró con misericordia y lo eligió».

A la elección de Jesús del nuevo discípulo, le sigue una comida de comunión para sellar este momento de gracia en la nueva vida de Mateo, el texto continúa diciendo: «Leví le ofreció en su casa un gran banquete. Había un gran número de publicanos, y de otros que estaban a la mesa con ellos» (Lc 5,29) que sabemos, por labios de los fariseos y escribas, que eran considerados como «pecadores» (v. 30). En este contexto festivo y comensal, nos vamos a encontrar con uno de los objetivos de la misión de Jesús: «No he venido a llamar a conversión a justos, sino a pecadores» (v. 32).

Es un dato acreditado en el ministerio público de Jesús, sus comidas con los pecadores. Jesús ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido y su proximidad a los pecadores públicos (prostitutas, publicanos, marginados…) son la mejor muestra de cercanía a los pecadores. Los fariseos y escribas que estaban contemplando la «despedida del mundo de Mateo» eran incapaces de comprender lo que allí la Gracia estaba comenzando a construir en el corazón del neodiscípulo Mateo; ellos solo veían y murmuraban; Jesús, en cambio, miraba el corazón de este joven discípulo y con sus gestos misericordiosos (mirada, cercanía, compañía, comensalidad, elección…) despertaba en él el deseo de seguirle, de parecerse a Él, de vivir con Él y como Él.

Este mismo tipo de escenas se repetirán a lo largo del Evangelio de Lucas. En casa de Simón (Lc 7,36-49), el fariseo que había invitado a Jesús a comer, éste no hacía más que murmurar de Jesús en su corazón, escandalizado por los gestos de compasión que una mujer estaba mostrando con Jesús. Pero Jesús deja hacer a la mujer y explica a los presentes que su comportamiento manifiesta un gran amor y que, en consecuencia, sus numerosos pecados serán perdonados. «Tu fe te salva le dice vete en paz» (v. 50). Otro día, Jesús atravesaba la ciudad de Jericó (Lc 19,1-10). Vivía allí un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de los recaudadores romanos de impuestos. Se trataba de un hombre rico. Quería ver a Jesús, pero debido a su baja estatura no lo conseguía, pues una multitud se lo impedía. Entonces se adelantó y se subió a un sicómoro, para verle cuando pasara por allí. Llegado a ese lugar, Jesús le ve y le interpela: «Zaqueo, baja de ahí. Es necesario que me hospede en tu casa«. Zaqueo bajó pronto y recibió a Jesús con alegría. Viendo esto, todos le recriminaban: «Se ha ido a alojar en casa de un pecador» (v. 7). Zaqueo le dijo al Señor: «Mira Señor, donaré a los pobres la mitad de mis bienes y si he hecho mal a alguien le recompensaré con cuatro veces más» (v. 8). Jesús le respondió: «Hoy la salvación ha llegado para esta casa. En efecto el Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido» (v. 10).

La mirada que Jesús deja sobre el hombre pecador, sobre cada uno de nosotros, es una mirada de compasión y misericordia. No es una mirada que abruma, que condena o humilla, sino una llamada a la conversión, a empezar de nuevo, a un amor mayor. Es una mirada que rehabilita, que reconcilia. «Vete en paz«, le dice Jesús a los que perdona. Este llamamiento a la paz lo encontramos a todo lo largo del evangelio. Jesús desea que vivamos siempre en paz con Dios, con nuestros semejantes, con nosotros mismos.

Sólo Jesús es justo, verdaderamente justo. Pero esto no le induce jamás a despreciar a los demás. Al contrario. Su santidad no es brumadora con quienes Él se encuentra. Su vida entera fue un permanente sí a Dios: depositó toda su confianza en Dios, hizo suyos todos los deseos del Padre. Jesús supo llegar al límite de su amor por Dios y por nosotros: amando profundamente a los que salieron a su paso, les manifestó que la última palabra de su vida no fue el «no» de la ruptura, sino el «sí» de la reconciliación.

En el escándalo padecido por los pretendidamente justos ante el comportamiento de Jesús, está el nervio de la cuestión. Con su actuación, Jesús invierte el orden vigente entre estos dos factores: penitencia y salvación. En el comportamiento de Jesús lo primero es la oferta de la salvación como gracia; los acoge sin inquirir en su vida anterior. Así, «de la gracia brota la conversión». Esta inversión, fundada en el poder de la misericordia de Dios, es en realidad la única esperanza del pecador. Si nos salvamos es porque Dios es bueno, sólo Él lo es (Lc 18,19), no porque nosotros lo seamos; todos somos pecadores y todos necesitamos ser sanados. Las palabras de Jesús «No necesitan médico los que están sanos, sino los que están mal. No he venido a llamar a conversión a los justos, sino a los pecadores» (Lc 5,31-32) es para nosotros hoy, si nos reconocemos enfermos y pecadores. ¡Que así sea!

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5 comentarios

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