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Antonio Pavía

Barro glorioso

By Antonio Pavia27 de septiembre de 2013No hay comentarios4 Mins de lectura
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El origen de la intuición mística de nuestro israelita radica en que sabe que su espíritu está capacitado para integrar en su «elán» vital, como diría Henry Bergson, el misterio, por supuesto, el misterio de Dios. Hasta tal punto esta integración es fundamental que, cuando no acontece, de- viene el resultado contrario: la desintegración, el no ser. Se llega al no ser por el hecho de no haber sido visitado y, por lo tanto, tampoco habitado por el Aliento.

Una persona habitada por el Aliento, por el Misterio, se convierte en hijo de la Luz, en luz del mundo, como dice Jesús (ver Mt 5 14). En cuanto luz de Dios, es incorruptible, porque incorruptible es la luz que le reviste (ver Sb 18,4). He aquí la gran Manifestación de Dios que provoca la fe en el mundo. Que un astro, por ejemplo, una estrella, irradie luz, es induda-blemente un espectáculo bellísimo, maravilloso…; mas entra dentro de la normalidad ya que su función es irradiar luz.

Sin embargo, que un hombre de barro irradie la luz de Dios, engendra lo que no está al alcance de ninguna ciencia humana: el asombro de la fe, la fascinación de poder ver, oír y palpar el Misterio de Dios contorneado en personas concretas que, aun siendo portadores del Espíritu, no han dejado ni dejarán de ser de barro. Y éste es el milagro que espera y necesita con urgencia la humanidad. Necesita ser cautivada por un asombro que le descoloque; y éste le descoloca ya que no es propio del barro irradiar la luz.

Es, como ya he señalado, una auténtica provocación que alcanza al hombre, porque le abre, como mínimo, al interrogante de la fe. Le abre a la sorpresa y también al cuestionamiento, porque ambos, el que irradia y el irradiado, comparten el mismo barro.

Dicho esto, pasamos a señalar que tanto nuestro salmista como Teresa de Ávila, así como cualquier persona que desde su ser de barro —barro glorioso— haya sido visitado y habitado por Dios, enriquece al mundo, este nuestro mundo que es amado por Él (ver Jn 3,16). Lo enriquece con palabras que pueden ser diferentes, pero no diferente el testimonio: ¡Quien a Dios tiene, nada le falta

Por supuesto que también sin Dios hay vida con su correspondiente fiesta, con la particularidad de que esta fiesta está sujeta a un pro- ceso. Va de menos a más hasta que alcanza su cenit. A partir de su vértice, comienza el declive. La música pierde sonoridad, las luces se van diluyendo, el bullicio da paso a la soledad. Tiempo y desgaste hacen alianza contra el hombre, forcejean con él hasta que consiguen arrancar su máscara. Es entonces cuando salen a escena la penuria de los dioses que alimentaron la gran mentira de su vida. Mentira porque son dioses que «tienen boca y no hablan, tienen ojos y no ven; tienen oídos y no oyen, ni un soplo siquiera hay en su boca. Como ellos serán los que los hacen, cuantos ponen su confianza en ellos»

(Sal 135,16-18).

Volviendo a la mentira socialmente correcta, podemos afirmar que no hay mayor injusticia ni más brutal agresión contra el hombre que arrebatarle, desnudarle de su misterio, el suyo, el que su alma reclama y recla- mará sin cesar. Expoliarle del misterio supone amputar la esencia de su ser, dejarle desvalido, arrojarlo al sin sentido existencial. Sus «haceres», «teneres» y hasta sus amores, que habían de jugar su papel enriquece- dor en su integración consigo mismo y con Dios, se deshilachan por la contingencia que les sostiene haciendo de él un indigente.

El buscador de Dios es hijo de la Sabiduría; bajo su luz discernidora integra en su ser sus teneres, haceres y amores. Son bienes que la Sabiduría ha puesto a su alcance: «Por eso pedí y se me concedió la prudencia; supliqué y me vino el espíritu de Sabiduría… Con ella me vinieron a la vez todos los bienes, y riquezas incalculables en sus manos. Y yo me regocijé con todos estos bienes porque la Sabiduría los trae» (Sb 7,7-12). Una experiencia semejante nos testifica el autor del salmo 37. Su testimonio es muy enriquecedor ya que la buena noticia que de él se desprende está al alcance de todo hombre: «Ten confianza en Yahvéh y obra el bien, vive en la tierra y crece en paz, ten tus delicias en Dios, y él te dará lo que pida tu corazón. Pon tu suerte en Yahvéh, confía en él, que él actuará» (Sal 37,3-5).

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