En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?
No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielos» (San Mateo 5, 13-16).
COMENTARIO
Siempre me ha incomodado de alguna forma esta frase que hoy Jesús nos ofrece en su Evangelio: “si la sal se vuelve sosa”.
Meditando sobre ello, he llegado a la conclusión de que, con mucha probabilidad, estas palabras apelan a lo más profundo de nuestra alma y nos confrontan con la autenticidad de nuestra vida de cristianos.
Estas palabras, en condicional, contienen en su interior una posibilidad a la que nos tenemos que enfrentar habitualmente cuando nos ponemos ante Dios y le preguntamos ¿Señor, sigue estando viva mi fe? ¿La sal que necesita el mundo está en mí? ¿Entrego mi vida cada día en pequeños gestos para que mis hermanos puedan saborear los frutos de tu amor en ellos, al ver mis acciones?
Ser cristiano de verdad supone asumir que nunca dejamos de crecer, de “ser” en Cristo, de profundizar en su conocimiento y en su amor. Ser cristiano requiere estar alerta como las “vírgenes sabias”, con el candil encendido (Mateo 25), supone entregarnos por el mundo como hizo nuestro Señor, en cada gesto de paciencia, de bondad, de escucha, de perdón, de dolor por el “otro”.
Cristo nos enseñó, mejor que nadie lo que supone ser “sal de la tierra”, ser alimento para un mundo que se desvanece y que está poblado de seres hambrientos de corazón que se desesperan porque buscan el alimento donde no está, porque beben del agua estancada de los placeres inmediatos.
En palabras del profeta Jeremías, “Porque dos males ha hecho mi pueblo: me dejaron a mí, fuente de agua viva, por cavar para sí cisternas, cisternas rotas que no detienen aguas” (Jeremías 2,13).
Ser “sal de la tierra” es ir más allá de las oraciones, el culto y las devociones: ser “sal de la tierra” es dejarse como Jesús, romper y entregarse en la Cruz, entregando a los demás nuestra vida para que puedan ver, en ese gesto, el camino que les lleva a la Luz, la luz verdadera.
