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BuenaNueva 21

Tres árboles y tres serpientes

By BuenaNueva11 de junio de 2012Actualizado:4 de noviembre de 2012No hay comentarios8 Mins de lectura
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Hay un árbol y una serpiente ya en los anales de la creación; hay otro árbol y otra serpiente en el duro éxodo del pueblo hebreo en el desierto; finalmente hay un tercer árbol y una tercera serpiente en los evangelios. Cada una de ellas está vinculada a un árbol, de manera que en ninguno de los tres casos puede hablarse de cada una o cada uno por separado.

maldita serás entre todas las bestias

Comencemos por la serpiente del primer conjunto. La “bicha”, como despectiva y eufemísticamente denominamos todo el mundo a todo tipo de reptiles sin extremidades, culebras y víboras, como queriéndola alejar de nuestro lado no llamándola por su nombre, ha sido siempre objeto de repulsa, porque provoca rechazo, miedo a su mordedura y repugnancia a su presencia, con una mezcla de inclinación morbosa y miedo cerval. A decir verdad, de antiguo, de muy antiguo, le viene esa fama, porque desde el principio lleva en sí el peso de la maldición: “Maldita serás entre todas las bestias” (Gn 3,14). Es que se había enroscado en un árbol divino, al que Eva se había acercado ingenuamente ante el atractivo esplendoroso de aquella mítica manzana; y ya sabemos cómo acabó la cosa, con una enorme catástrofe y un lío indescriptible: maldiciones para los tres, para la serpiente, Adán y Eva. El árbol del paraíso perdió ese fruto…, quedando a la espera de que fuera repuesto uno nuevo y mejor, que luego tardó mucho tiempo en florecer.

Con el correr de los siglos, el árbol, por otro lado, además de sus muchas bondades, se convirtió, sin embargo, en un símbolo de tortura, el árbol de la cruz. La cruz, igualmente, ha tenido siempre mala fama, como la tuvo y la tiene la horca, la silla eléctrica, el garrote vil y, recientemente, la bestialidad de eliminar a un ser humano con guante blanco, o sea, con una inyección letal, sea para ajusticiar a alguien, sea para deshacerse de quien nos parece que sobra, molesta o juzgamos inútil. Mira por dónde la cruz es el signo de los cristianos —podía haber sido un cuadrado, por ejemplo, o un triángulo, por aquello de la Trinidad; pero no, es ese signo que dibujamos en nuestro cuerpo “desde la frente hasta el pecho y desde el hombre izquierdo al derecho”, como enseñaban los catecismos antiguos—; tal vez por eso tiene mala fama la cruz, ayer y hoy, y hoy, además, mala prensa, porque es un signo insoportable que hay que suprimir de la sociedad, pues nos hace presente algo que debe ser cancelado de las mentes y de los corazones: la muerte de Jesucristo en ella, Salvador del mundo.

dos fiestas de la Cruz de Cristo

La Iglesia, que va siempre contracorriente —¡ojo!, contracorriente del demonio, no del hombre—, tiene una sabia atracción por el árbol de la cruz. Desde antiguo celebra dos fiestas en su memoria: la de su Invención y la de su Exaltación; la primera, el 3 de mayo (¿quién no se acuerda de niño de aquellas fiestas en las calles poniendo altarcitos en recuerdo de “la Cruz de mayo”?) rememorando el hallazgo de la cruz en Jerusalén por Santa Elena, la madre del emperador Constantino, que había vencido “con ese signo” (“hoc signo vinces”) a los bárbaros a orillas del Danubio; y la segunda, el 14 de septiembre, Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, en conmemoración de la posterior construcción de la basílica del Santo Sepulcro, fijada por la Iglesia justo cuarenta días después —nuevamente el valor simbólico y bíblico del número 40— del episodio de la Transfiguración del Señor en el monte Tabor (el 6 de agosto), donde comentó a sus tres predilectos los sufrimientos de su próxima pasión y muerte.

como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre

Dejando de lado las leyendas que envuelven —y a veces enmarañan— los acontecimientos históricos de ambas fiestas, volvamos a nuestros árboles y nuestras serpientes. Éstas se cebaron con el pueblo hebreo en el desierto porque no hacían más que murmurar contra Dios y Moisés. La historia se volvía a repetir: el hombre se encara con Dios —que en el fondo es pretender suplantarlo— y siempre le sale el tiro por la culata: se hace daño a sí mismo. Así que Dios le dijo a Moisés que levantara en un poste (otro árbol) una serpiente de bronce, de modo que quien fuera mordido por alguna de aquellas y dirigiera la vista a la otra levantada hacia lo alto, se curaría (ver Nm 21,1-4).

Jesús sabía que debía recorrer aquel camino de su pueblo en el éxodo y cumplir, como nuevo Moisés, cuanto había acontecido “en figura” en el desierto (1Co 10,6 y 11). Jesús retoma aquella vieja historia y anuncia: “Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por él vida eterna” (Jn 3,14-15), en clara alusión a la nueva historia que Él iba a llevar a cabo en un nuevo árbol al que lo clavarían en lo alto como a una despreciable serpiente, a la que, con todo, quien dirigiera la vista hacia ella quedaría curado de aquella condena inicial. Esta nueva serpiente revocaría la pena de muerte inoculada por la antigua serpiente. Triste misión para la que había sido enviado y a la que había venido sin rechistar, “como cordero enviado al matadero” (Is 53,7), sin que su Padre tuviera conmiseración alguna con Él, pues “no perdonó a su propio Hijo” (Rm 8,32); dolorosa misión, sí, pero gozosa al mismo tiempo, porque su “manjar era cumplir la voluntad de su Padre y llevar a cabo su obra” (Jn 4,34), que consistía en que “no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite el último día” (Jn 6,39), pues “yo he venido para que tengan vida y vida en abundancia” (Jn 10,10).

San Pablo, después del decepcionante episodio del Areópago, donde los oyentes paganos se rieron de él y le dieron con la puerta en las narices por hablar de la resurrección (ver Hch 17,22-33), volvió grupas atrás y se refugió en el misterio de la cruz, árbol amantísimo del que ya nunca se separaría, de manera que “cuando fui a vosotros…, no quise saber más que de Jesucristo, y este crucificado” (1Co 2,1-2), hasta el punto de exclamar que “estoy crucificado con Cristo” (Ga 2,9) y “¡Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo es para mí un crucificado y yo un crucificado para el mundo!” (Ga 6,14).

mirarán al que traspasaron

¿Qué sentido tiene, pues, celebrar la fiesta de la Exaltación de la Cruz, en un mundo ávido de confort, en búsqueda insaciable de placer del que nunca queda ahíto? La Iglesia no adora la cruz porque se aferre a un árbol, madero o travesaño como si fuera un vulgar amuleto o talismán y menos porque a los cristianos nos guste el dolor, disfrutemos con el sufrimiento o nos encante la muerte —¡que no!: la cruz en sí no deja de ser un instrumento de tortura cruel y vil—, sino porque, justamente al contrario, se ha convertido en instrumento de salvación, por el que ha quedado vencido aquel sibilino y repugnante ofidio, es decir, el demonio, por el que han sido curados los pecados (como se curaban los hebreos de su mordedura en el desierto mirando a la serpiente de bronce) y por el que ha sido aniquilada la muerte con la muerte de la nueva serpiente evangélica, como estaba profetizado: “¡Oh muerte!, yo seré tu muerte” (Os 13,14), porque Dios “consumirá a la Muerte definitivamente” (Is 25,8).

Desde el acontecimiento del Gólgota hay un nuevo árbol de vida del que pende un fruto santo, muchísimo más divino que aquella manzana del edén, que es el mismo Hijo de Dios, que asumió en sí la maldición inicial a la perniciosa serpiente antigua, haciéndose Él mismo maldito, para, con su maldición, lograr la bendición: “¡Maldito el que cuelga de un madero!”, dice San Pablo fijándose en el Crucificado (Ga 3,13), porque en ese árbol “fue cancelada la nota de cargo que pesaba sobre nosotros” desde el Génesis (Col 2,14), convirtiéndose en lo contrario: “Venid, benditos de mi Padre” (Mt 25,34). El primigenio árbol de la vida ha sido restaurado y se ha restituido con creces aquel fruto mordido por nuestros primeros padres: el nuevo árbol de la cruz, pletórico de vida y vivificante ha cerrado las puertas de la muerte y reabierto las del paraíso. El Verbo Eterno de Dios, encarnado en el seno de la Virgen María, es el cordero inmaculado llevado entero al sacrificio, sin hueso alguno roto, porque era la nueva serpiente de bronce alzada en el desierto de nuestra vida: todo el que la mira queda a salvo de la mordedura de aquel otro reptil maligno fabricante de la muerte, cumpliéndose así, mucho más que al pie de la letra, lo que le sucedió a Constantino (“con este signo vencerás”), verificándose lo que estaba profetizado: “mirarán al que traspasaron” (Za 2,10, citado por Jn 19,37).

buenanueva21 Jesús-Esteban-Barranco
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