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BuenaNueva 11

Senaar, escuela para la ciudadanía

By BuenaNueva18 de junio de 2012Actualizado:5 de noviembre de 2012No hay comentarios9 Mins de lectura
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Y. mira por dónde, tenía que ser el campo de un alfarero o trabajador de la arcilla (Mt 27,7; Jr 32,6-9; Za 11,13). Por otro lado el cuerpo ya sin sangre del Señor vino a reposar en un sepulcro de piedra: “excavado en la roca” (Mt 27,60; Mc 15,46; Lc 23,53). El intríngulis de la Educación para la Ciudadanía está en la dialéctica “arcilla-piedra”. Son las dos categorías que encierran la clave para un estudio en profundidad de esta cuestión, ¿tan de hoy, exclusivamente? Es bien sabido que Platón escribió en el portal de su Academia, en Atenas: “No entre aquí quien no sepa Geometría”. También lo es que San Juan en su primera carta dijo para siempre que “Dios es amor” (1Jn 4,8).Toda la filosofía escrita después y toda la teología posterior son dos inmensas glosas a tan breves frases. Análogamente, todo lo fabricado sobre la tierra —templos, castillos, ciudades, calzadas, aviones y demás suerte de artilugios— no es otra cosa que una hermenéutica al letrero colocado a la entrada de la llanura de Senaar: “¡Ea, vamos a fabricar ladrillos y cocerlos al fuego!” (Gn 11,3). Karl Popper dedicó a este asunto reflexiones muy al caso de este escrito. Decía en “La responsabilidad de vivir” que si un rascacielos (la misma torre de Babel, ¿no?) o un puente se vienen abajo, bien pudiera ser por un error mental o creencia subjetiva falsa; pero no hay por qué descartar poder atribuírselo a una “teoría objetiva falsa”; porque las teorías son construcciones —ladrillo a ladrillo— elaboradas por la mente con los materiales que nos proporciona el mundo de ahí fuera: el mundo 1 popperiano en conjunción con el 2. Esto que no se pierda de vista. Pues bien, en la tierra de Senaar había una llanura o vega a la que vinieron a parar los hombres después del diluvio universal y traían el propósito de edificar una ciudad con una torre, la Torre de Babel, en la creencia de que podrían ejecutarlo. Una ciudad y una torre hasta el cielo es un resumen de la cultura humana de todos los tiempos, es decir, de la lucha contra la insuficiencia radical de la llanura para los intereses humanos. El hombre es lo que es y pervive en el medio, no porque se adapta a él (¡), sino porque adopta éste a sus propósitos. La Cultura es una exégesis creativa y productora de cosas e ideas sobre la realidad. Tengo un amigo que dice que la cultura es una pizza, algo grande, eso sí: sobre la base pelada echas los ingredientes, la cueces al horno y ¡ya está! Así pues, las culturas y las civilizaciones son fábricas de mundos en que colocamos nuestros reales, donde instalamos nuestros enseres y cachivaches, y nos quedamos a pernoctar… Porque a la intemperie no hay quien viva. Y lo mismo da si lo fabricado es un poblado, una ciudad amurallada o no, un imperio o la aldea global presente. Lo definitivo es que nos proteja: con una torre bien alta —hasta el cielo—, “por si nos desperdigamos sobre toda la haz de la tierra” (Gn 11,4). Y esto es, hasta aquí, bueno y legítimo. Nuestra condición de faber (hombre que hace o fabrica) es, junto con la de sapiens (hombre que sabe), la expresión de un mismo potencial creador que tiene su fuente en Dios (Gn 1,28-30). ¿Dónde está, entonces, la confusión o el error? ¿En qué nos ofuscamos o confundimos? La respuesta está en que utilizamos ladrillos, arcilla cocida al fuego, en vez de piedras extraídas de la roca. Hablamos de una Roca del todo singular porque es capaz de dar agua en el mismo desierto (Ex 17,6; Nm 20,10s; etc.), de la que San Pablo dio la interpretación correcta : “…y la Roca es Cristo “(1Co 10,4). Dicho de otra manera: la teoría que sostiene que en la fábrica de una ciudad es mejor usar ladrillos que piedras, es falsa. Como diría Popper, hay hechos que la refutan o falsean. Y si a sus hijos se les educa en esta doctrina resultarán “hijos de la confusión”, no personas cimentadas en la verdad, origen de la libertad humanizadora. Por otro lado, una mala lectura del pasaje bíblico ha confundido al Dios que por Amor hizo buenas todas las cosas, principalmente al hombre, con un Dios celoso del progreso humano. El verdadero debate sobre la Educación para la Ciudadanía ha de situarse frente a estas dos confusiones, por ser su lugar propio y apropiado. Sin olvidar la torcedura del designio primigenio de Dios que el pecado original introdujo en la tarea de humanizar el mundo. El ladrillo y el adobe han sido siempre en la Escritura símbolo del esfuerzo humano, del trabajo que condena al hombre a la ruina de sí mismo y agota sus esperanzas creadoras, destruyéndolo hasta su aniquilación. Decía Ortega en “La Historia como sistema”, que el hombre no es una cosa, sino un drama. Y es cierto. Basta mirar dicha Historia para hacerse idea cabal de los escombros y cenizas que deja tras de sí el empeño de amasar solos y por nuestra sola cuenta los ladrillos con los que levantar la ciudad. En Senaar se enseña a hacer ladrillos, o sea, que para ser ciudadanos auténticos nos bastamos y sobramos nosotros solos; Dios es más bien un estorbo, un impedimento. Aquella llamada a construir nuestro mundo (Gn 11,4), hoy suena así: “¡Ea, matemos a Dios y será nuestro el mundo entero!” Por esto hay que insistir en que la raíz de la cuestión sobre la “Educación para la ciudadanía” es de naturaleza teológica y ontológica; no sólo moral o axiológica. En juego está si Dios existe, si hay un Fundamento último (la Roca) de lo real, y de qué Dios y de qué hombre estamos tratando: si queremos personas o acaso meros inquilinos de la ciudad. Es muy importante no confundirse en esto. Hoy más que nunca tiene vigencia la pregunta por Dios y por el hombre. No nos equivoquemos y derivemos el asunto a cuestiones, insoslayables sí, pero subordinadas de la primera. El discurso relativista, débil en metafísica y corto de visión en epistemología, se traduce en flaco enunciado respecto de lo que se puede y no se puede hacer. “Cuanto es científicamente posible es moralmente admisible; y cuanto es legal también es ético” indica en su flojera argumental la patología que entraña en el fondo. Dios no estorba, ni es impedimento (adiós a Sartre): lo que anula lo mejor del ser humano es la pretensión errática de la emulación de Dios. El ciudadano, liberto de trascendencia, muere de debilidad, cansancio y, otras veces, de miedo. De la lectura de San Mateo sobre los talentos (25,24-30) impresiona el v.25; uno de aquellos ciudadanos, el que recibió tan sólo uno, dice al ajustar cuentas con su señor: “Tuve miedo, fui y lo escondí en la tierra”. Lo metí en la masa con que la que hago mi ladrillo diario. Una forma bien sutil de afanarse en exceso, de agotarse inútilmente, es decir, de “no hacer nada” consiste en esconder el talento en el adobe. Y así con la nada fabricar la “ciudad de la nada y soledad” (Is 24,7-13), o dedicarse a la caza de vientos (Qo 5,15 b; 816-17). Ciertamente, “si el Señor no construye la casa y no guarda la ciudad, en vano se cansan y vigilan constructores y centinelas “(Sal 126,1). En esta ciudad hueca y vacía se instalan nuestros miedos y alucinaciones que aúllan en la estepa de Senaar, aterrorizando las noches pasadas en blanco; de esto bien nos aleccionó el bueno de Job. Cansancio y miedo: dos síntomas preocupantes de nuestra cultura. La persona ha mudado en “buen ciudadano”. Fiel cumplidor de sus deberes cívicos, como trueque a los desvelos del “Padrenuestro Estado”; no en exceso culto, no vaya a salir díscolo o respondón, pero sí “suficientemente preparado”. Es decir, ahormado en la tolerancia y en el “tragatelotodo”, de anchas espaldas (¿platónico?), para llevar con cierta soltura los gravámenes inherentes a vivir en comunidad; no asustadizo ante las máscaras de los clérigos, que desde lóbregas sacristías vocean catástrofes; y caminante de paso firme, al son de la marcha intranscendente hacia ninguna parte, disfrutando de buenos hospitales, buenas universidades, buenos coches por buenas autopistas con un buen sueldo, una buena paga de jubilación… y unas buenas cenizas finales en una buena vasija (¡qué casualidad!) de arcilla que colocar encima del piano del salón de la buena casa, que fue construida…: ¿adivinan con qué ladrillos? Los Sumos Pontífices de Senaar quieren oficiar una Educación para sus ciudadanos, de tal corte y talante. ¡que Dios nos coja…¿confesados?…, ¿educados?…! Señora nuestra, Puerta del Paraíso celestial Pero mientras tanto, por la otra puerta, de espléndida fábrica en piedra, como las vidrieras y rosetones de las catedrales cristianas, se filtra en la Ciudad de Dios una luz venida de lo alto (cfr. Ap 21). A esta Luz caminarán las naciones y las ciudades, buscando la Jerusalén celeste (cfr. Is 60,3; Ap 21,23-24). Esta Puerta (la “Janua coeli” del Rosario) tiene un dintel en arco, hecho con doce piedras que son estrellas, y con la luna por basamento (Ap 12,1). La dovela del dintel se la encontraron los ángeles en la casa de Nazaret, como sostén de la columna central de su sótano, y se la llevaron, volando, al cielo; no sin antes, claro, dejar una copia perfecta para los arqueólogos, ¡que aún siguen creyendo que es la original! En esta piedra, los cristianos, que rezaban con Ella, en aquella casa, labraron con todo su amor “Jaire, María”. Si la Ciudad de Dios está así de bien guardada por una Puerta de tan maravillosa belleza y esplendor celestial, nuestra vida dentro está a buen recaudo. “Gracias, Santa Madre de Dios, Torre de Marfil y Refugio nuestro”.

buenanueva11 César-Allende
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