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Ángel Pérez

¿Por qué Dios mío, por qué?

By Ángel Pérez Martín31 de julio de 2013Actualizado:31 de julio de 20131 comentario6 Mins de lectura
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“Tan sólo un necio trata de consolar a una madre ante su hijo muerto». Esta frase de Santo Tomás de Aquino nos manifiesta el dolor tan grande que deben de estar viviendo estas familias que han perdido 80 seres queridos en el accidente del tren de Santiago de Compostela o los 40 que han sufrido lo mismo en el accidente de autobús ocurrido en Nápoles.

Pero no escribo sobre esto para hacer un comentario falaz, solicitar la cabeza del culpable, exigir responsabilidades al gobierno o cosas similares. Todo eso no va a devolver la vida de ninguna de estas personas que ya no están con nosotros.

Es más, estoy cansado de escuchar las tertulias en las que se debate sobre estos acontecimientos. Y ¿qué se debate? Pues… los posibles comentarios que el conductor del tren hacía sobre sus imprudencias con la velocidad, el buen comportamiento de la gente de Santiago ante la desgracia, la rapidez o lentitud de las fuerzas de seguridad locales… Por otra parte la demagogia de los políticos o personajes importantes que se aprovechan del acontecimiento para lavar, mejorar o recuperar su imagen…

Todo esto es como llenar el escenario de niebla para no ver con nitidez, cara a cara la realidad cruda de la muerte. La muerte inesperada de seres a los que ─según nuestros criterios─ no les tocaba. La muerte siempre es injusta para el hombre; siempre es cruel; te hace sentir impotente, pequeño, vulnerable.

Esta sociedad que ha escondido el sufrimiento y la muerte ─porque no encuentra una respuesta que justifique su existencia─ llena de palabras vacías, de búsquedas de respuestas, de promesas de futuro, de fotografías alentadoras, la herida profunda que deja en el fondo de nuestro interior este acontecimiento ineludible: la muerte.

El hombre y la mujer de hoy viven solamente fijándose en el exterior, cuidando la estética del cuerpo, del vestido, de la imagen y solo descubren que tienen una vida interior cuando el sufrimiento, la enfermedad o la muerte llaman a su puerta.

No voy a escribir nada más sobre este tema. No voy a ser tan necio de intentar consolar a esa madre que ha perdido el hijo. Ahora eso sí: voy a rezar por todos ellos para que puedan vencer esta batalla que nos hace presente el final de todo hombre: guapos y feos, ricos y pobres, vencedores y vencidos. Porque a mí la Iglesia me ha enseñado que la muerte es un tránsito, es una puerta que nos separa de la verdadera Vida donde el sufrimiento, la enfermedad y la muerte no tienen sitio. Esto no es una falacia, un cuento para salir consolados de acontecimientos como este; es mi experiencia y de mucha gente como yo. Hemos visto como el salmo 84 se cumple cuando dice “Pasando por el valle del llanto, Él lo cambia en bendición”

Si ante esta realidad de muerte ─como yo he vivido con mi madre─ o de enfermedad ─como he vivido con gente muy cercana─ tú clamas al Señor de la Vida, Él sí que puede consolar el dolor de la madre que ha perdido un hijo, porque Él es el Señor de la Vida, el Creador de nuestra existencia, el que puede dar sentido a cualquier acontecimiento por incomprensible que sea. El pánico que el hombre tiene a la muerte ha sido destruido por Jesucristo al entrar voluntariamente en la cruz. Ha asumido la injusticia humana y ha penetrado en lo profundo de nuestros miedos para que en acontecimientos como este, podamos ─unidos a Él─ atravesar esta árida travesía.

Todos estos seres queridos se han ido físicamente de nuestro lado, pero siguen ahí no han desaparecido y si hacemos silencio en nuestra existencia los podremos oír porque están cantando llenos de alegría al poder ver con sus propios ojos que DIOS EXISTE que está ahí y que quiere llenar ese hueco que tienen todos aquellos que se han quedado aquí ─en este valle de lágrimas─ solos, sin consuelo, mirando ─sin encontrar explicación─ la crueldad de la muerte.

María es una guía para aprender a pasar estos momentos. Quiero acabar con aquella composición cristiana del Stabat Mater, que se dice salió de manos franciscanas, donde se nos detalla la compostura guardada por María bajo la cruz. Dado que el original está en latín he querido transcribir la versión que Lope de Vega hizo sobre ella:

La Madre piadosa estaba
junto a la cruz y lloraba
mientras el Hijo pendía.
Cuya alma, triste y llorosa,
traspasada y dolorosa,
fiero cuchillo tenía.

¡Oh, cuán triste y cuán aflicta
se vio la Madre bendita,
de tantos tormentos llena!
Cuando triste contemplaba
y dolorosa miraba
del Hijo amado la pena.

Y ¿cuál hombre no llorara,
si a la Madre contemplara
de Cristo, en tanto dolor?
Y ¿quién no se entristeciera,
Madre piadosa, si os viera
sujeta a tanto rigor?

Por los pecados del mundo,
vio a Jesús en tan profundo
tormento la dulce Madre.
Vio morir al Hijo amado,
que rindió desamparado
el espíritu a su Padre.

¡Oh dulce fuente de amor!,
hazme sentir tu dolor
para que llore contigo.
Y que, por mi Cristo amado,
mi corazón abrasado
más viva en él que conmigo.

Y, porque a amarle me anime,
en mi corazón imprime
las llagas que tuvo en sí.
Y de tu Hijo, Señora,
divide conmigo ahora
las que padeció por mí.

Hazme contigo llorar
y de veras lastimar
de sus penas mientras vivo.
Porque acompañar deseo
en la cruz, donde le veo,
tu corazón compasivo.

¡Virgen de vírgenes santas!,
llore ya con ansias tantas,
que el llanto dulce me sea.
Porque su pasión y muerte
tenga en mi alma, de suerte
que siempre sus penas vea.

Haz que su cruz me enamore
y que en ella viva y more
de mi fe y amor indicio.
Porque me inflame y encienda,
y contigo me defienda
en el día del juicio.

Haz que me ampare la muerte
de Cristo, cuando en tan fuerte
trance vida y alma estén.
Porque, cuando quede en calma
el cuerpo, vaya mi alma
a su eterna gloria. Amén.

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1 comentario

  1. albañiles barcelona el 29 de agosto de 2013 05:37

    He leido vuestro post con mucha atecion y me ha parecido interesente ademas de claro en su contenido. No dejeis de cuidar esta web es bueno.
    Saludos

    Responder
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