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Evangelio

“No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el cielo, sino el que cumple la voluntad de mi Padre”

By Mª Nieves Díez Taboada7 de diciembre de 2023No hay comentarios4 Mins de lectura
Reflexion, evangelio, hoy
Comentario al evangelio de hoy Jueves
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En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.
El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca.
El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se derrumbó. Y su ruina fue grande»
(San Mateo 7, 21.24-27).

COMENTARIO

El evangelio de hoy  recoge unas palabras   tajantes de Jesús a sus discípulos, sobre el juicio de Dios: “No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre.”  La  liturgia de este día  ha suprimido un fragmento  del relato, en el que Jesús añade  duramente: ”Muchos vendrán y me dirán aquél día “Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, expulsamos demonios y en tu nombre hicimos muchos milagros? y entonces les declararé:  ‘Jamás os conocí; apartaos de mí agentes de iniquidad’.”  Jesús se dirige a los “suyos”, a los  que se creían entre  los amigos,  entre los buenos,  aquellos que, quizá,  incluso  usaron el nombre de Dios para hacer el mal.

Nos recuerda este pasaje  el  “Misericordia quiero no sacrificios”,  repetido varias veces en el Antiguo Testamento, que el profeta David expresa en el doloroso reconocimiento de su pecado. “ Si ofrezco un sacrificio no lo aceptarías; el sacrificio que Dios quiere es un espíritu contrito, un corazón contrito y humillado, oh Dios,  no lo desprecias” (Sal 50, 18-19). Porque de la  actitud del corazón entregado  nacerán las buenas obras, es decir,  la voluntad del Padre. En otro momento   Jesús se queja: “Este es un pueblo que me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”  (Mateo 15, 8).  Es necesaria la previa bajada  al interior que aconseja san Agustín en su “Noli foras ire, in te ipsum redi” para el encuentro con” la llama de amor viva” que canta san Juan de la Cruz, entonces  la oración  brotará de la intimidad e identificación con el Señor, y poco vale si no lleva a  la coherencia del obrar conforme a la fe.

La fuerza interior del Espíritu impulsa a seguir  los pasos de Cristo, y  a  ascender al Padre.  Dios entiende nuestra caída, nuestra debilidad, si el corazón está contrito y humillado, pero rechaza el exceso de los ritos y las leyes, que no salen de un interior dúctil y convertido e intentan solo cumplir con las normas  de nuestro  grupo.

En las religiones primitivas los rezos y los sacrificios, las promesas, tienen como fin aplacar la ira del Dios poderoso, terrible, posiblemente vengativo y veleidoso, halagarle para que sienta  su amigo al oran Tego,  le proteja, le conceda la salud y el bienestar. Pero lo que se nos exige en el evangelio es el impulso incendiario del amor, para  desear vivamente  seguir el  camino, a veces pedregoso y difícil.

¿Cuál es el camino? los salmos son reiterativos en pedir al Señor “muéstrame tus caminos, instrúyeme en tus sendas, guíame en tu verdad”  (Sal 24, 4-5); “tu palabra es antorcha para mis pasos y luz para mi sendero”(Sal 118, 105); “enséñame tu camino, Señor, guíame por senda llana” (Sal 26, 11).

Al meditar este pasaje vemos que  el  mensaje es siempre el mismo: Dios padre amoroso  nos promete  la felicidad, y nos pide  un dócil  comportamiento de hijos, con el  obligado  trato de hermanos a los que nos rodean.  Para ello nos envía al Hijo,  “en todo igual a nosotros menos en el pecado,”  ejemplo de hombre  justo, coherente, dispuesto a la misericordia y al  perdón.   Él es el Camino al Padre  y el Santo Espíritu  con sus dones nos ilumina y fortalece.

Nuestro cristianismo, no es una secta, ni club, es mucho más que una cultura, es una inmersión en amorosa en la voluntad de Dios que conforma  cada uno de los actos de nuestra vida, unidos a los hermanos.

Termina Jesús: “El que escucha estas palabras y  no las pone en práctica  se parece al hombre necio que construyó su casa sobre arena, cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa y se hundió totalmente”

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