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Evangelio

No hay mejor lotería que la fe

By BuenaNueva21 de junio de 20142 comentarios7 Mins de lectura
Reflexión sobre el evangelio de hoy Sabado
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«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero. Por eso os digo: No estéis agobiados por la vida, pensando qué vais a comer o beber, ni por el cuerpo, pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mirad a los pájaros: ni siembran, ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos? ¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida? ¿Por qué os agobiáis por el vestido? Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos. Pues, si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se quema en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe? No andéis agobiados, pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los gentiles se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso. Sobre todo buscad el reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura. Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le bastan sus disgustos”».  (Mt 6,24-34)


  1. Nos encontramos en la mitad del Sermón de la Montaña, conocido por muchos, olvidado por casi todos y practicado por muy pocos. El texto de hoy comienza con una frase apodíctica o incondicionalmente cierta, a modo de refrán («No podéis servir a Dios y al dinero», mamonás en griego o mammona en latín), que en español clásico se entiende muy bien: «No se puede nadar y guardar la ropa», «No se puede repicar y andar en la procesión», y cosas así). Y lo primero en que hay que fijarse es en los términos de la comparación: no dice «No podéis servir a Dios y al prestigio, o a la política, los placeres, la economía, la salud, los afectos, las joyas, el culto al cuerpo, el deporte…», sino «a Dios y al dinero»; y no porque esas cosas sean malas en sí, sino que lo serían si cualquiera de ellas se antepusiera a Dios, chocando directamente con el primer mandamiento. La verdad es que todo lo que sea trastocar la escala de valores, poniendo a Dios en segundo plano y, en muchos casos, en lugares muy posteriores, nos autoposicionaría fuera de plan salvífico de Dios. Y, como quiera que todas esas cosas dimanan de la única fuente —¡el dios dinero!—, este segundo término de la comparación abarca todas esas otras cosas: las que hemos apuntado y un sinfín de otras más que cada uno reconoce muy bien. En efecto: «La raíz de todos los males es el amor al dinero» (1 Tim 6,10), es decir, no es el dinero en sí lo que nos separa de Dios, sino el amor al dinero (filargyría dice el original griego, traducido como cupiditas por la Vulgata latina): no, pues, amor en sentido bíblico —ese amor que procede y refleja el único Amor: «Donde hay caridad y Amor, allí está Dios», cantamos el Jueves Santo—, sino la codicia o avaricia de lo material, el deseo pasional del dinero, con las ataduras que acarrea, propias de todas las pasiones de los siete pecados capitales: por ese amor al dinero viene toda clase de corrupción, guerras, drogas, abortos, trata de blancas (y negras, como suelo apostillar), venta de armas, niños soldados, eliminación de ancianos improductivos (eutanasia), la negación o recorte de medicinas a los pueblos subdesarrollados o el chantaje que sufren (de la ONU, por ejemplo) para que se vuelvan estériles si quieren participar de ayudas dinerarias, divorcios, secuestros, luchas fratricidas por reparto de herencias con odios perennes…
  2. De hecho, nuestra perícopa evangélica de hoy enraíza en ese amor al dinero varias consecuencias que ocupan y «pre-ocupan» nuestra vida diaria, apartándonos frecuentemente del Shemà («Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas»: Dt 6,4), robándonos así, miserablemente, el tiempo para dejar de lado a ese Dios impertinente, y alienándonos en tantas cosas de tejas para abajo que nos obnubilan la transcendencia: ¿Qué sabrá ese Dios charlatán y lejano de lo que necesitamos y nos conviene? ¡Cómo se ve que en la práctica ignora, Él mismo, que una cosa es predicar y otra dar trigo!; ¿o es que no ve, acaso, cuánta miseria, hambre y desnudez hay en el mundo? ¿Por qué no deja de repetirnos machaconamente su predilecto Sermón de la Montaña y se ocupa un poquito más de las terribles hambrunas que asolan a muchos países, cosas de las que bien se encarga la televisión de mostrárnoslas en toda su desnudez y tragedia, para quedarnos, en el mejor de los casos, en la solidaridad, como si esta fuera la salvación del hombre? Pero yo guardo como un tesoro el aviso de San Pablo, refiriéndose a la gran apostasía, al impío, al hijo de la perdición «… el que se enfrenta y se pone por encima de todo lo que se llama Dios o es objeto de culto, hasta instalarse en el templo de Dios, proclamándose él mismo Dios» (2 Tes 2,3-4), ¡el dios dinero!
  3. Y hablando de desnudez, ¿tal vez no ve ese Señor los harapos de tantos millones de seres humanos?, si bien muchas veces esa crítica viene de estómagos satisfechos y de gentes cuyos espejos están hartos de reflejar continuamente la misma persona que se regodea con sus nuevas compras y vestidos… Son péndulos reñidos con la estabilidad en Cristo: rinden honores al propio azogue, que, venido a menos, corrompe incluso al propio espejo.
  4. Si alguno espera una respuesta humana a estos serios problemas, habrá que decirle que empiece por sí mismo a «hacer algo». Yo sé que no tengo ni respuesta humana suficiente ni receta curalotodo. Teresa de Calcuta diría algo así como «Conviértete y el mundo irá algo mejor». Sí pido fe para acoger la Palabra: «No andéis agobiados pensando qué vais a comer, o con qué os vais a vestir». Yo sé que esta es una preocupación (toda «pre-ocupación» es mala porque quiere ganarle la mano a la Providencia) propia de paganos. Es difícil entender y acatar la Providencia divina cuando sufren y mueren los inocentes, cuando nos sobreviene la enfermedad que nos preanuncia el final de esta vida, cuando una madre se las ve y se las desea para dar de comer a sus siete hijos pequeños (¿por qué no recordar a la madre de los siete hermanos macabeos: ver 2 Mac 7)…: «Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso».
  5. Este evangelio nos grita y denuncia para que cambiemos de mentalidad: mientras no sea el hombre el centro de todo quehacer humano —en el Génesis Dios pone al hombre como centro de la creación: ver Gén 1,28-29 y 2,19-20)—, y sea el dinero quien mande y regule todo, estaremos marchitando y estropeando la Historia de la Salvación. Por eso aquel Dios cercanísimo, nada charlatán sino Palabra pura, insiste: «Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura». La «receta» yo me la quiero aplicar todos los días, al levantarme, desde que pongo el pie en el suelo: como un pobre cristianito de a pie, que ha perdido tanto tiempo en los andurriales del pecado, ahora, en la vejez, quiero poner mi cuerpo a disposición de la evangelización, a veces con dificultades y otras con reticencias; quiero seriamente cambiar la mammonología (o «dinerología») por la auténtica antropología, que, en definitiva, procede del primer hombre, Jesucristo —pues «Adán era figura del que tenía que venir» (Rom 5,14)—, antropología que, en el fondo, se basa en la Cristología: no es la «dineroterapia» la que cura y salva al hombre, sino la «Cristoterapia».

Jesús Esteban Barranco

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2 comentarios

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