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Ciencia y Fe

«No existe pecado tan grave que anule el amor de Dios»

By BuenaNueva12 de febrero de 20165 comentarios7 Mins de lectura
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Jesús Higueras y Víctor Hernández, misioneros de la misericordia

 hace un misionero de la misericordia? ¿Cuál es su función? ¿Qué instrucciones tienen?

Víctor Hernández: Lo primero que hay que decir es que un misionero de la misericordia es un signo del amor de Dios. Un signo de su misericordia. ¿Cómo? Predicando la misericordia y haciéndola eficaz con el sacramento de la Reconciliación.

Jesús Higueras: Estaremos a disposición de las diócesis para dar retiros a familias, sacerdotes… En Madrid, por ejemplo, participaremos en los Encuentros en Emaúsdurante la tercera semana de Cuaresma.

El lema de este Año Jubilar es Misericordiosos como el Padre. ¿Esto no es apuntar muy alto?

JH: El que ha recibido la misericordia la puede transmitir. Uno da lo que tiene. Si en tu vida has experimentado el amor del Padre, entonces podrás dar lo que has recibido. El modelo es el Padre, porque Él nos ama gratis y sin condiciones. No se trata de buscar la perfección, sino simplemente de dar lo que has recibido.

En la oración oficial del Jubileo, el Papa menciona a Zaqueo, a Mateo, a la Magdalena, a la adúltera, a Pedro y al buen ladrón. Estos no eran perfectos, sino grandes pecadores…

VH: Todos somos grandes pecadores. Y el Papa nos está llamando a todos a la conversión. Todos ellos recibieron primero la misericordia de Dios y luego vieron transformada su vida, se sintieron hijos de Dios, amados de Dios. Ese amor que recibieron es el que luego transmitieron.

A los confesores el Papa les pone deberes para este Año Jubilar: «Que quien se acerque a uno de ellos se sienta esperado, amado, perdonado por Dios». ¿Es difícil?

JH: En absoluto, porque ser confesor se aprende siendo uno mismo penitente. Los mismos confesores debemos vivir el sacramento de la Reconciliación sabiéndonos amados. Si hemos experimentado en la Confesión esa misericordia, así trataremos a los demás nosotros al confesar. Y es precisamente en este sacramento donde mejor se percibe que Dios nos ama en nuestra debilidad. Por eso el Papa quiere centrar este Año Jubilar en este sacramento.

Cuando al padre Leopoldo Mandic –cuyas reliquias están expuestas en la basílica de San Pedro hasta este 11 de febrero– le acusaban de ser muy permisivo, respondía: «Si el Crucificado me reprochara que soy de manga ancha, le diría: “Ese mal ejemplo me lo has enseñado tú”». ¿Se puede pecar por exceso de misericordia?

VH: Misericordia es el amor de Dios. Partimos de ahí. Pero este mismo amor de Dios nos mueve a desear cambiar nuestra vida, nos mueve a conversión, nos mueve a retomar la vida nueva del Bautismo. No se trata de decir: «No importa» o de ser permisivo, sino de subrayar que no hay pecado tan grave que anule el amor de Dios, y que impida que este amor transforme tu vida.

JH: Lo mejor que podemos hacer es reconocer que somos débiles, heridos, con carencias, y necesitamos el amor de Dios. Y luego ese amor del Padre nos hará plenamente humanos.

VH: El Santo Padre decía hace poco: «No hay santo que no tenga su pasado, y no hay pecador que no tenga su futuro». Ahí están la responsabilidad y el cambio de vida, en buscar ese futuro pero partiendo del amor de Dios.

Esto es una novedad porque, como ha dicho el Papa, este mundo es muy laxo con el pecado pero muy duro con el pecador.

JH: Este mundo fomenta lo que condena. El servicio de la Iglesia es mostrar la salvación de Jesús. El Papa habla de la Iglesia como «hospital de campaña», porque hay muchas personas heridas. «Jesús es el médico y la medicina», como decía también san Leopoldo Mandic.

Pero muchos tienen miedo de acercarse a confesarse con un sacerdote. ¿Qué les dirían?

JH: Que hagan la experiencia, porque, de verdad, la Confesión es un encuentro directo con Cristo crucificado y resucitado. Él toma tu pecado y lo hace suyo, y te devuelve a cambio una vida nueva, la Suya. Es una experiencia preciosa, que transforma la vida. Ambos tenemos la experiencia de muchos años confesando, y hemos visto cómo la vida de miles de personas ha quedado transformada por el sacramento del Perdón.

VH: Y da alegría. Cuando uno se siente amado y mirado por Dios, recupera entonces su propio valor como hijo de Dios, por encima de pecados, caídas y condicionantes. Desde ahí se vive la alegría auténtica, la de verdad.

Hay muchos que dicen: «Yo me confieso directamente con Dios»…

JH: Dios siempre ha querido la mediación humana, hasta el punto de que el mismo Dios ha tomado carne humana para llegar a nosotros. Es muy bonito saber que el amor de Dios nos llega a través de seres humanos como María o los apóstoles, al igual que utiliza a pobres instrumentos como los sacerdotes.

¿Qué se puede hacer para que el sacramento de la Confesión sea un sacramento de evangelización directa, que llegue a los alejados, no solo a los que se confiesan habitualmente?

VH: Bueno, este sacramento es ya un sacramento de evangelización. ¿Cómo se puede fomentar? Primero, estando disponibles para confesar a quien lo pueda pedir. Y, segundo, manifestando la alegría que has experimentado al confesarte. A nuestras peregrinaciones a Lourdes vienen también personas que se declaran ateas, y que después de ver a los que salen alegres de la Confesión, se acercan para decirte: «Quiero hablar contigo, quiero sentir lo que esta persona ha sentido». Es muy bonito decirles: «Dios te ama, y aunque no creas en Él, Él si cree en ti». Recuerdo a un hombre que había pasado 25 años en la cárcel, la mitad de su vida, y que quería esa alegría que veía. Al cabo de un año de esa experiencia, se confesó por primera vez e hizo su Primera Comunión en Lourdes.

JH: Cuando los sacerdotes estamos disponibles, cuando estamos dispuestos a confesar, eso es atractivo para la gente. Y hace falta también que los laicos contagien esa alegría que han experimentado en su confesión.

VH: De hecho, hay una fórmula de despedida de este sacramento que dice: «Vete en paz, y anuncia la alegría del perdón». Es la que yo suelo emplear, para que la gente anuncie la alegría de saber que Dios nos ama.

La misericordia no solo tiene que ver con la confesión. ¿Cómo puede un católico ser misionero de la misericordia en el día a día?

JH: Es verdad que hay unos cuantos sacerdotes que hemos sido nombrados misioneros de la misericordia para este Año Jubilar, pero el Papa quiere que todos los bautizados seamos de algún modo anunciadores de la misericordia de Dios. ¿Cómo lo podemos hacer? Primero, mirando más el corazón de las personas. El Papa nos pide un cambio en la mirada, que nos lleve a no juzgar a los otros. Tenemos que aprender a mirar a los demás como Dios nos mira a nosotros. Ante el otro, ante cosas que veamos que no están bien, deberíamos preguntar a Dios: «Señor, ¿Tú cómo miras a esta persona?». Con eso ya estás viviendo y anunciando la misericordia.

Además, hay muchas heridas de las que apenas somos conscientes…

JH: Claro, hay enfermedades corporales, heridas emocionales y psicológicas, y también enfermedades espirituales. De los tres tipos. Cristo entra en la dimensión completa del ser. Ahí es donde, en su enfermedad, nuestra humanidad es amada.

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