En aquel tiempo, habló Jesús a la gente y a sus discípulos, diciendo: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos: haced y cumplid todo lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos dicen, pero no hacen. Lían fardos pesados y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar. Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y agrandan las orlas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias en las plazas y que la gente los llame “rabbí”.
Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar “rabbí”, porque Uno solo es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos.
Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque Uno solo es vuestro Padre, el del cielo.
No os dejéis llamar maestros, porque uno solo es vuestro maestro, el Mesías.
El primero entre vosotros será vuestro servidor.
El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido» (San Mateo 23, 1-12).
COMENTARIO
Nadie ha nacido por casualidad. Nadie es ignorado por Dios. Nadie está excluido de la plenitud del cielo. Ni el Covid, ni el calor, ni las vacaciones, ni nada de nada debe alejarnos de reconocernos hijos de Dios, aún más, como nos señala Jesús en este pasaje: “uno solo es vuestro Padre”. Qué beneficioso para el alma hacer la oración personal, pausadamente, sobre esta hermosa realidad: Dios mi Padre. Tiene ¡tanta luz! nos otorga la dicha de querer servirle sin componendas, de ser servidores de los demás, aunque nos cueste, aunque no lo reconozcan.
Además servir humildemente, y en muchos casos sin ser reconocidos, no tiene que llevarnos a repasar demasiado lo que hacemos, lo que no nos valoran ¡qué más da! Lo propio de un hijo de Dios es el “además”, el dar y dar siempre, el dar lo mejor de uno mismo.
Es propio del hijo de Dios tener cabeza alta, el corazón firme, la mirada en el cielo.
Con esta actitud ni pondremos cargas inadecuadas en los demás, ni estaremos buscando constantemente nuestro reconocimiento, aunque el demonio bien se encargue de llevarnos en esa línea.
Recto amor a uno mismo. Recto amor a los demás. Porque somos hermanos. Porque tenemos a Dios como Padre, porque el cielo está después.

3 comentarios
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