En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.
Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?»
Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo.
Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo.
Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra».
E inclinándose otra vez, siguió escribiendo.
Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos.
Y quedó solo Jesús, con la mujer en medio, que seguía allí delante.
Jesús se incorporó y le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?».
Ella contestó: «Ninguno, Señor».
Jesús dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más» (San Juan 8, 1-11).
COMENTARIO
Nos resulta familiar durante el mes de marzo que la estética de las calles y de los medios de comunicación que nos rodean se tiña del dominio del color morado. No precisamente por el tiempo litúrgico de la cuaresma, sino porque es el color asociado a la reivindicación de la mujer. Aunque tampoco sé el porqué de la elección de este color. Sus razones tendrán.
Es cierto y además plausible que en los últimos se ha avanzado mucho en cuando a reconocimiento de los derechos y dignidad de la mujer. (No en cuanto a su consecución, porque los “derechos” no se “conceden”; van inherentes a la persona y su dignidad. Sencillamente se respetan o no, pero no son una concesión graciosa de nadie).
Todavía queda camino por recorrer. El mismo Papa Francisco, con motivo del 8 de marzo, pone de manifiesto que las mujeres en muchas partes del mundo “siguen sufriendo violencia, desigualdad y maltratos.” Desgraciadamente, dos mil años después, el episodio que nos encontramos en el relato evangélico de hoy se sigue repitiendo en nombre de no sé que preceptos religiosos en los que justificarse.
Y no me refiero solo a la barbarie de la lapidación, todavía vigente en algunos lugares; también hay que tener en cuenta, y es mucho más sutil, las “neo-religiones” de carácter civil, casi tan inquisitoriales o más que los llamados “fundamentalismos religiosos” que imponen sus “dogmas” de lo políticamente correcto, que instrumentalizan a la mujer, no porque les importe, sino porque les sirve de coartada para la implantación de su ideología.
Volvamos al relato de hoy. Lo que menos les importa a los acusadores es la situación de esta mujer o el celo por la Ley de Dios. La situación la tenemos así: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?” … A lo que añadirían al público partícipe del circo que se estaba montando: “No soltéis las piedras de las manos, que hoy, seguro, ¡hay lapidación!:
“¡Maestro!, caben dos posibilidades; una que digas que sí, que la ley es la ley, y que caiga el peso de la ley contra los infractores, pero ¿entonces dónde queda tu mensaje de perdón y misericordia? La otra; que digas que no. Pero, entonces, te lapidamos a ti por “blasfemo”, por tener la osadía de corregir a Dios mismo.
En realidad, hubo lapidación. El peso de la piedra cae sobre la conciencia de cada uno, a los que la misericordia de Dios pone ante el espejo de su realidad. Por lo que tuvieron que marcharse con la piedra en el suelo y el rabo entre las piernas.
Y quedaron solos, Jesús y la mujer. Esto sí es reconocer y devolverle su dignidad como persona. No la justifica. La perdona y le da una palabra que no solo le cambia la vida, sino que le devuelve la vida.
Jesús trata a las mujeres con una audacia inusitada para su tiempo. En un mundo donde el testimonio de la mujer era nulo, él las hace ser las primeras testigos de la resurrección. Se la anticipa a Marta antes de resucitar a su hermano. “Ya sé que resucitará en el último día (para largo me lo fiais). Y Jesús le anticipa ese “último día”: “Yo Soy la resurrección y la vida, ¿crees esto?
Por otra parte, algunos teólogos han propuesto identificar esta mujer anónima sorprendida en adulterio con María Magdalena. Es cierto que es muy improbable, pero en todo caso las dos tienen algo muy importante en común: Son las primeras testigos directas de la Resurrección: Magdalena porque ante la sorpresa del sepulcro vacío, tiene un encuentro con el Resucitado que la envía a anunciar a los apóstoles este acontecimiento. La segunda porque ella misma ha sido resucitada. Simplemente, le quedaban diez minutos de vida.
Por cierto. El “adulterio” que se sepa, al menos es cosa de dos. ¿Dónde estaba el “adúltero”?… Quien sabe si, también, con la piedra en la mano. Al menos así funcionan los “neoinquisidores”. Tengo mis dudas de si habrían dejado la piedra o habría puesto en marcha el ventilador.
