En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto.» Le dice Felipe: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta.» Le dice Jesús: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que os digo, no las digo por mi cuenta; el Padre que permanece en mí es el que realiza las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Al menos, creedlo por las obras. En verdad, en verdad os digo: el que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún, porque yo voy al Padre. Y todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré (San Juan 14, 7-14).
COMENTARIO
La exigencia de Felipe es mi exigencia tantas veces, es la exclamación que haríamos todos. Dame pruebas Señor, manifiéstate, que te vean mis ojos, borra en mi la duda y… ¿cuál es tu respuesta Señor? “Al menos creedlo por las obras”. Esta es la clave, pero para ello es necesario que recibamos unas gafas nuevas y unos oídos nuevos capaces de ver donde otros no ven y oír donde otros no oyen. Eso es lo que ha hecho tu Iglesia conmigo; llevar adelante esa palabra que tú mismo dijiste a quienes te seguían: “A vosotros se os ha dado el misterio del Reino de Dios, pero a los que están fuera todo se les presenta en parábolas, para que por mucho que miren no vean, por mucho que oigan no entiendan” Mc 4, 11-12. Tu que me has creado, que me diste la vida, me has llamado por mi nombre para seguirte. Por mi bautismo, este pobrecillo ha sido elegido primeramente para recibir las gafas de la fé y extirparle los tapones de los oídos para poder escuchar la buena nueva de ese Reino tuyo que no tiene fin, al que me has llamado a pertenecer siguiendo tus huellas y haciendo carne en mi vida tus palabras: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí” Jn 14,6. para anunciar a mis compañeros de viaje por este mundo que Tu y solo Tú eres el camino de regreso a nuestro Buen Padre del cielo, que Tu y sólo Tú tienes la verdad y el conocimiento perfecto de todo y que Tu y sólo Tú tienes la vida que no acaba porque has vencido la muerte para ganarnos un lugar junto al Padre. Ese Padre bueno y misericordioso que siempre tiene los brazos abiertos como tú mismo nos muestras en la cruz para abrazarme, para decirme cada mañana, cada día y cada noche: “¡Te quiero! Ten ánimo, yo he vencido la muerte, nada ni nadie te podrá separar de mi amor porque yo estoy y estaré siempre contigo porque soy tu Padre, quien te ha dado la vida, el que te lleva y te ofrece la mano cada instante para guiarte sin que tropieces. No te sueltes de mi mano.” Y esas palabras resuenan como un eco cada mañana en mi corazón “no te sueltes de mi mano”, … No quiero soltarme nunca de tu mano Señor porque yo sin ti seguro que me pierdo.
¡Qué bueno eres Señor…especialmente con los pecadores!
