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Medio milenio y nada que celebrar

By BuenaNueva1 de noviembre de 20174 comentarios6 Mins de lectura
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La Iglesia nunca ha considerado la mal llamada ‘Reforma’ como otra cosa que un tristísimo drama, ni a su iniciador sino como un hereje especialmente nocivo.

“Este hermano aislado yerra con seguridad al alzarse contra el pensamiento de toda la cristiandad, pues si él tuviera razón, la cristiandad habría andado errada desde hace más de mil años”.

No he podido dejar de repetirme una versión actualizada de esta frase, pronunciada por el Emperador Carlos V en 1521, en la Dieta de Worms, al leer la “Declaración conjunta de la Federación Luterana Mundial y el Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos al finalizar el 31 de octubre de 2017, el año de conmemoración común de la Reforma” que acaba de hacerse pública y que puede consultarse ya en la página web del Vaticano.

Al dilema del emperador, la Iglesia dio un respuesta clara y tajante: Martín Lutero, el “hermano aislado” -al que pronto habrían de sumarse tantos- erraba, ciertamente; era, de hecho, un heresiarca que venía a introducir la división en el Cuerpo de Cristo. Y no, la cristiandad no había andado errada sus primeros mil años, y con esa idea permanecería casi otro medio milenio.

La Iglesia nunca ha considerado la mal llamada ‘Reforma’ como otra cosa que un tristísimo drama, ni a su iniciador sino como un hereje especialmente nocivo. Por eso es, quizá, comprensible que el lenguaje del citado documento resulte un poco desconcertante, con ese “agradecimiento” en su primer párrafo a “los dones espirituales y teológicos recibidos a través de la Reforma”.

Uno podría interpretar la frase en un sentido inteligible y católico, en el sentido de que la Providencia saca siempre del mal abundancia de bien, y que “a través de” la irrupción de la herejía luterana obtuvimos los dones teológicos derivados de Trento y de la espiritualidad de San Ignacio de Loyola, entre otros muchos santos que se enfrentaron al protestantismo con las armas de la fe.

Solo en ese sentido se nos ocurre que podríamos hablar de “dones” logrados a merced de drama tan lamentable, en el mismo en que una enfermedad nos puede hacer más paciente o la muerte de un ser querido nos hace más fuertes. En cualquiera de los dos casos, creo, se vería extraño ‘celebrar’ ambas circunstancias penosas, como hace el escrito y su preparación, de la que ya hemos escrito en otras ocasiones. Por decirlo a modo de ‘hashtag’, #NadaQueCelebrar.

El ecumenismo, ese esfuerzo por centrarnos en lo que tenemos en común quienes creemos en la Divinidad de Cristo y cerrar la herida abierta en la unidad por cismas y herejías, siendo no solo deseable sino necesario, ha tenido siempre el riesgo obvio de convertirlo en una ‘negociación’ al estilo político o empresarial, es decir, un intento por llegar a un acuerdo mediante cesiones de las dos partes.

Pero entre el error y la verdad no hay transacción posible, y el único fin legítimo de los esfuerzos ecuménicos debe ser la reintegración de quienes se han apartado del rebaño en el Pueblo de Dios, no una especie de fusión o amalga por ‘acuerdo de mínimos’.

Pero nada en el documento publicado nos anima por un momento a pensar que estemos en el primer caso, al contrario. De las inevitables buenas palabras y términos delicados -¿cómo, si no, acordar una declaración conjunta?- sobresale una referencia que puede ponernos sobre aviso acerca del que podía ser el próximo paso: la misa.

Leemos en la declaración: “Muchos miembros de nuestras comunidades anhelan recibir la Eucaristía en una mesa como expresión concreta de la unidad plena. Sentimos el dolor de quienes comparten su vida entera, pero no pueden compartir la presencia redentora de Dios en la mesa de la Eucaristía. Reconocemos nuestra conjunta responsabilidad pastoral para responder al hambre y la sed espirituales de nuestro pueblo de de ser uno en Cristo. Anhelamos que sea sanada esta herida en el Cuerpo de Cristo. Este es el propósito de nuestros esfuerzos ecuménicos, que deseamos que también progresen mediante la renovación de nuestro compromiso con el diálogo teológico.”

Es decir, el objetivo es una misa común para católicos y luteranos. Pero católicos y luteranos creen hacer cosas muy distintas en misa. Para el católico, la misa es el sacrificio real pero incruento de Cristo en la cruz, que se hace realmente presente en la Eucaristía. “Real” es la palabra clave aquí, porque fue precisamente el Luteranismo el que introdujo el subjetivismo en materia de fe.

Pero todo este regocijo desconcertante, toda esta celebración gozosa en torno a una fecha marcada en negro en la historia de la Iglesia y en la que una sola parte parece ceder -la que custodia, precisamente, el depósito de la fe- es, incluso desde el punto de vista humano y ‘político’, curiosamente pobre en alcance.

Por un lado están los católicos, mil millones de fieles, arriba o abajo. Ignoremos por un segundo que se trata de la Iglesia de Cristo, única verdadera. Por el otro no está, en cambio, Iglesia alguna, sino la Federación Luterana Mundial que, en teoría, representa a las distintas denominaciones luteranas.

Pero es que el primer efecto de la herejía luterana fue su inmediata fragmentación en una miriada de ‘cristianismos’ de toda laya, cada uno con sus diminutos dogmas y sus modos de entender el mensaje de Cristo, consecuencia lógica de la doctrina del “libre examen”.

Hay, de hecho, más de treinta mil -30.000- denominaciones ‘reformadas’. Las luteranas, mayoritarias, representan solo en torno al 20% del total.

Es decir, incluso en el caso de que esta declaración y otras que avancen en el mismo sentido llegarán a buen puerto, a la unión anhelada; e incluso en el improbable caso de que esa ‘federación’ fuera obedecida por todas las denominaciones que representa, aún quedaría fuera del fraternal abrazo el 80% de las confesiones protestantes y/o reformada.

El principal resultado de la Reforma fue la rotura de la unidad, con efectos devastadores, que llevó en sí misma el germen de la división que, como hemos visto, se ha resuelto en incontables sectas. A su vez, esta división en cientos de fragmentos en pugna de lo que es, en esencia, Uno, la Verdad, engendró o estimuló en indiferentismo religioso y, finalmente, la increencia generalizada que marca nuestra época. ¿Cómo creer en un cristianismo que dice una cosa en Munich y otra distinta en Leipzig?

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