Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo.
El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo.
José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: – «José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.»
Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor (San Mateo 1, 16.18-21.24a).
COMENTARIO
El Evangelio de hoy dice que José “hizo lo que le había mandado el ángel del Señor”” algo que resulta casi desapercibido dentro del texto pero que es una frase troncal para comprender la catequesis que el Evangelio de hoy nos suscita.
La obediencia, como clave del discipulado, se nos resiste habitualmente a los cristianos en nuestro camino de fe porque supone renunciar a nuestra propia lógica, a nuestros razonamientos, a nuestro sentido común, y seguir el camino que Dios nos presenta.
Pero la obediencia, que supone morir a nosotros mismos, morir para volver a nacer, es la clave del crecimiento en la fe.
Existen muchas referencias a “hacer lo que el Señor dice” en el Evangelio.
Recordemos aquellas bodas de Canaán, donde María habla, en una de sus pocas intervenciones en la Palabra escrita, para decir “haced lo que Él os diga” (San Juan 2:5). En esa frase de la Virgen se recoge la respuesta al desconcierto que ocurre en aquel lugar y que representa la desazón ante acontecimientos inesperados e inexplicables que ocurren en nuestras vidas y no comprendemos. Ante esa confusión, la respuesta es hacer lo que Jesús nos diga.
Es imposible imaginar el sentimiento de José, a quien hoy celebramos cuando conoció la situación de María, su mujer. Es inimaginable desde el punto de vista humano vivir esa situación y, a continuación recibir la Palabra venida de Dios, a través del Ángel que rompe esquemas, hace violencia en su interior y en su sentido común y le invita a tomar una decisión que ni él mismo comprende, pero, lo más importante, José cree y como tal, confía.
En Isaías 42, escuchamos la voz de Dios: “Conduciré a los ciegos por un camino que no conocen”
Obedecer es precisamente eso: abrir los oídos ante la confusión, escuchar al Señor y , a continuación, dejarse guiar por Él porque confiamos, porque sabemos que Él es nuestro Padre, nos toma de la mano y , sólo Él sabe cómo, nos llevará al lugar que nos corresponde.
Pidamos a Dios esa fe que nos hace dóciles a la Palabra de Dios porque no existe otra Verdad igual, porque Dios no falla, porque su promesa siempre se cumple.
