Al sexto mes envió Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y, entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.» Ella se conturbó por estas palabras y se preguntaba qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande, se le llamará Hijo del Altísimo y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin.» María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?» El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y se le llamará Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez
y este es ya el sexto mes de la que se decía que era estéril, porque no hay nada imposible para Dios.» Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.» Y el ángel, dejándola, se fue (San Lucas 1, 26-38).
COMENTARIO
Celebramos en este día la plenitud de gracia concedida por Dios a María en virtud de la redención de la humanidad realizada por Cristo y en función de nuestra santificación, preservando del pecado original a la que iba a ser, madre de su Hijo encarnado, nuestro salvador, y arquetipo de la Iglesia.
La fiesta fue instituida en Roma el año 1476, por el Papa Urbano IV y fue hecha su declaración dogmática en el año 1854 por el Papa Pío IX.
La palabra de esta liturgia nos presenta el llamado “Protoevangelio” o anuncio de la victoria de Cristo sobre el diablo, cuyo primer fruto es precisamente la inmaculada concepción de la Santísima Virgen María que hoy
contemplamos.
Por la unión indisoluble de Dios con la naturaleza humana, ha sido rota la cadena del pecado y ha comenzado la gracia de la regeneración de la humanidad. María es la primera redimida y santificada, “llena de gracia” como
le fue anunciado por el arcángel Gabriel. De esta gracia nos beneficiamos todos, llamados gratuitamente a la santidad que Dios ha hecho brillar en ella, y a la nueva creación de la que ella es prototipo en Cristo Jesús. En ella somos ennoblecidos con la belleza del más bello de los hombres, con la que ha engalanado a su madre.
Como en todas las fiestas de la Virgen, le dirigimos nuestra mirada, en primer lugar, para contemplar la obra del Señor en ella, y en segundo lugar, la que el Señor quiere realizar en nosotros según su promesa. En ambos casos
nos encontramos ante la gracia del Señor. Por gracia fue ella preservada del pecado y por gracia somos nosotros purificados de él. Ella para dar a luz en la carne al que llevaba en su seno por el Espíritu, y nosotros para dar a luz en la fe, al que quiso asumir de ella nuestra carne. Ella no dijo no, a esta gracia, para que nosotros pudiéramos decir sí, por pura gracia. Ella no dijo no, porque nosotros no podíamos decir sí.
En María somos hoy invitados a acoger la buena noticia de nuestro rescate, a creer en el amor gratuito de Dios, y a decir con María que se haga en nosotros su voluntad. De manera que: “El Espíritu Santo venga sobre nosotros, y el poder del Altísimo nos cubra con su sombra, para que el que nazca de nosotros sea santo y se le llame hijo de Dios.”
