«Mientras les decía esto, se acercó un jefe de los judíos que se arrodilló ante él y le dijo: «Mi hija acaba de morir. Pero ven tú, impón tu mano sobre ella y vivirá». Jesús se levantó y lo siguió con sus discípulos. Entre tanto, una mujer que sufría flujos de sangre desde hacía doce años, se le acercó por detrás y le tocó la orla del manto, pensando que con solo tocarle el manto se curaría. Jesús se volvió y al verla le dijo: «¡Ánimo, hija! Tu fe te ha salvado». Y en aquel momento quedó curada la mujer. Jesús llegó a casa de aquel jefe y, al ver a los flautistas y el alboroto de la gente, dijo: «¡Retiraos! La niña no está muerta, está dormida». Se reían de él. Cuando echaron a la gente, entró él, cogió a la niña de la mano y ella se levantó. La noticia se divulgó por toda aquella comarca» (San Mateo 9, 18-26).
COMENTARIO
Queridos hermanos: Hoy la Palabra de Dios nos introduce en un doble signo de salvación: la curación de una mujer que sufría desde hacía años, y la resurrección de una niña que yacía muerta. Ambos milagros nos abren el camino hacia una comprensión más profunda del misterio de Cristo, especialmente desde la vivencia sacramental que hemos recibido en la Iglesia.
Los dos encuentros con Jesús, a través del contacto con Él, traerán la salvación a una mujer que se iba en sangre y a una niña que acababa de morir. Decía San León Magno que “lo que era visible en Jesucristo, ahora ha pasado a los sacramentos”, es decir, hoy, podemos tocar a Jesús en la Eucaristía y quedar sanados y resucitados, el tacto de la fe se realiza en los signos sacramentales. La mujer que sufre hemorragias desde hace doce años no tiene nombre en el relato, como queriendo representar a toda alma herida, a toda humanidad sangrante que busca una fuente de vida. En su desesperación, ella se acerca y toca el borde del manto de Jesús. Este gesto, aparentemente insignificante, está cargado de fe: «Si logro tocar siquiera su manto, quedaré sana».
Aquí se revela el poder del signo, el poder del gesto, cuando va unido a la fe. En la Iglesia, el Señor ha dejado signos visibles que, al ser acogidos con fe, nos comunican su poder sanador y vivificante. ¿Acaso no es esto lo que ocurre en los sacramentos? En ellos tocamos al Señor y, más aún, somos tocados por Él: en el Bautismo somos lavados; en la Eucaristía alimentados; en la Reconciliación, sanados. No basta el rito externo: es la fe la que abre el corazón al poder de Cristo.
La mujer quedó curada en el mismo instante en que tocó el manto, pero es Jesús quien revela que no fue magia, sino encuentro: «Tu fe te ha salvado». Aquí se nos muestra que los signos son verdaderamente eficaces cuando hay una apertura del corazón. Así es nuestra vida sacramental: signos visibles que comunican la gracia invisible de Cristo.
Mientras Jesús habla con la mujer, llega la noticia de que la hija del jefe ha muerto. A los ojos del mundo, ya no hay nada que hacer. Pero Jesús se acerca a la casa, entra en la habitación, toma a la niña de la mano, y ella se levanta. ¡Qué imagen más hermosa del misterio pascual!
Aquí podemos ver reflejado el Bautismo como paso de muerte a vida. Entramos en la fuente como muertos al pecado, y salimos renacidos, como la niña que se levanta. En la Vigilia Pascual, la Iglesia canta: «Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él» (cf. Rm 6,8). En la habitación cerrada, donde solo entra Jesús y los suyos, vemos la intimidad del misterio: el encuentro personal del alma con Cristo resucitado, que la toma de la mano para levantarla.
Este gesto anticipa la resurrección de todos los que creen. En cada Eucaristía, el Señor nos toma de la mano para levantarnos del letargo, del pecado, de la desesperanza. Él es la Vida que vence a la muerte.
También, es muy elocuente la pedagogía de Jesús que hace callar a la multitud y echa fuera a los que se burlan. Solo en el silencio y en la fe puede darse el milagro. En la vida cristiana, necesitamos aprender esta pedagogía: el misterio de Dios no se impone, se revela a los sencillos, a los que acogen en silencio, a los que esperan.
La liturgia es también este espacio sagrado donde Jesús entra, hace callar nuestras voces exteriores e interiores, y actúa con discreción y poder. La comunidad mistagógica, aquella que ha sido introducida en los misterios de Cristo, aprende a vivir este silencio reverente, donde Dios actúa.
Hoy, en este Evangelio, se nos ha revelado el poder de Cristo que sana y da vida. Pero no de manera abstracta o lejana: nos sana en los sacramentos, nos levanta en la Eucaristía, nos toca en la fe, nos resucita ya ahora a una vida nueva. Como aquella mujer, como aquella niña, también nosotros somos invitados a acercarnos al Señor con fe viva y a dejarnos tocar por Él.
Que, en cada celebración de los misterios santos, podamos decir con verdad: «Jesús ha pasado por mi vida. Me ha tocado. Me ha levantado. Me ha salvado». Hoy, se lo vamos a decir a Jesús en la Eucaristía: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”. Que así sea. Amén.
