(Gn 9, 8-15; Sal 24; 1 Pe 3, 18-22; Mc 1, 12-15)
Comentario
Las lecturas de hoy nos enmarcan en la cuarentena. El período del diluvio y la estancia de Jesús en el desierto concuerdan en el tiempo. Esta concurrencia evoca la duración de una generación. Y se toma como referencia para el tiempo cuaresmal, que ha comenzado el miércoles.
Tanto con Noé como con Jesús, en ambos casos, las escenas terminan de manera positiva. Al final del diluvio, Dios hace un pacto con Noé y como señal, cuelga su arco de guerrero para asegurar que Él no volverá a matar al hombre. En el segundo, Jesús supera la tentación, los ángeles le sirven y se nos muestra la victoria del nuevo Adán.
Es muy significativo el texto del Génesis. Su sentido profético se comprende al contemplar a Jesús levantado en alto. Si en la primera alianza Dios promete que no matará al hombre y cuelga su arco de guerrero como señal de paz, en la Alianza Nueva, Jesús es levantado en alto y redime a todos los humanos. A esto se refiere San Pablo cuando dice: “Cristo murió por los pecados una vez para siempre: el inocente por los culpables, para conduciros a Dios”.
Volvamos al Génesis. La revelación divina es progresiva, y en parte por acomodarse a la capacidad cultural de cada momento. En los primeros tiempos, y aún hoy, se proyectaba sobre Dios la imagen terrible de un gran guerrero, temible por su destreza. El arma más mortífera era la flecha, y quien destacaba como mejor tirador ese era el más fuerte. Así se le consideraba a Saúl, el primer rey. Pero la revelación positiva deshace esta proyección deísta de identificar a Dios como un guerrero que mata, y lo presenta colgando el arco en señal de paz.
El arco iris sobre el firmamento fue interpretado como signo salvífico, y sorprendentemente, al llegar la plenitud del tiempo, el verdadero arco, que nos traerá la paz reconciliadora entre Dios y la humanidad, es el Crucificado.
Gracias a Jesucristo levantado en alto, sobre el árbol de la cruz, imagen de la señal del arco colgado, no somos víctimas irremediables del Tentador, aunque por debilidad nos acuse nuestra conciencia, porque Quien se ha ofrecido a Sí mismo como víctima, nos alcanza el perdón de los pecados.
La victoria de Jesús en el desierto nos anima a luchar en el combate de la vida para unirnos a su victoria. La Cuaresma es tiempo propicio para reemprender el retorno a casa, a la mesa del Señor, al abrazo reconciliador, a la renovación bautismal, que se siente en el regalo del vestido de fiesta que nos ofrece el Padre.
¿Tienes algún proyecto cuaresmal?

4 comentarios
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