En aquel tiempo, vinieron a Jesús su madre y sus hermanos, pero con el gentío no lograban llegar hasta él.
Entonces le avisaron: «Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte».
Él respondió diciéndoles: «Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen» (San Lucas 8, 19-21).
COMENTARIO
La familia busca a Jesús. Los parientes llegan a la casa donde estaba Jesús. Probablemente habían venido de Nazaret. De allí a Cafarnaúm hay sólo unos 40 km. Su madre estaba con ellos. No entran, pues había mucha gente, pero le mandan un recado: “Tu madre y tus hermanos están fuera ahí fuera, y quieren verte”. Según el evangelio de Marcos, lo que quieren los parientes, no es ver a Jesús sino llevárselo a casa. Pensaban que Jesús se había vuelto loco (Mc 3,20-35). Probablemente, tenían miedo a los romanos porque aparecía con un fuerte liderazgo popular, su influencia era enorme y estaría bajo vigilancia (He 5,36-39). En Nazaret, en la sierra, estaría más seguro que en la ciudad de Cafarnaúm.
En este evangelio, la reacción de Jesús es firme: “Mi madre y mis hermanos son los que oyen la Palabra de Dios, y la ponen en práctica.” En Marcos es más concreto: “Quien cumpla la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mc 3,35). ¡Jesús amplia la familia! No permite que la familia lo aleje de la misión: ni la familia (Jn 7,3-6), ni Pedro (Mc 8,33), ni los discípulos, ni nadie. La Palabra es la que crea la nueva familia de Jesús: “Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios, y la ponen en práctica.” Dice el evangelio de Juan: “En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios” Jn 1, 10-12
La familia, los parientes, no entendieron a Jesús (Mc 3,21). La nueva comunidad la forman sólo aquellos que reciben la Palabra y creen en Él. Estos nacen de Dios y forman la Familia de Dios. En la época de Jesús, la fuerza del clan, impedía que las personas se uniesen en comunidad. Ahora, para que el Reino de Dios pudiera manifestarse, había que superar la estrechez de la pequeña familia y abrirse a la gran familia, a la Comunidad. Jesús dio el ejemplo. Cuando su familia trató de apoderarse de él, reaccionó y abrió la familia. Creó comunidad. Por eso, no importa la discusión entre católicos y protestantes sobre si María le dio a Jesús más hermanos o fue hijo único.
Más allá de lo obvio: aquellos que siguen a Cristo y hacen la voluntad de Dios están destinados a formar parte de su familia, podemos decir que escuchar la Palabra de Dios es no solo oírla, escuchar es algo más, interpelarse: ¿pero esto que tiene que ver conmigo? ¿Qué me está diciendo a mí esta palabra?, ¿tiene algo que ver con mi vida? Solo a partir de ahí, nuestra vida cambia. Los enemigos de Jesús oían la Palabra de Jesús, pero estaban cerca de él para encontrar un error, para hacerle tropezar, y que perdiera autoridad. Nunca se preguntaban: “¿qué me dice Dios en esta Palabra?”
Poner en práctica lo que se escucha no es fácil, porque es más fácil vivir tranquilamente sin preocuparse de entender o reflexionar la voluntad de Dios). (Cf Homilía de S.S. Francisco, 23 de septiembre de 2014, en Santa Marta). Nos es más fácil manipular la Palabra, ver que beneficios o milagros podemos sacar por el hecho de estar a su lado o tener a Dios de nuestra parte, como hacía el gentío que lo rodeaba.
¿No es posible que tú hagas lo mismo? Analicemos nuestras actitudes. Dice SS el Papa Francisco que algunas respuestas concretas a esta pregunta nos las dan los mandamientos (que no cumplimos) y las bienaventuranzas (que no queremos entender). Sin la ayuda de Dios en el milagro de cada día es imposible para nosotros, poner en práctica la Palabra de Dios. Tantas veces nuestro corazón escucha pero finge no entender o sencillamente no puede aceptar: Amar al enemigo… Poner la otra mejilla… No resistirse al mal… Perdonar…
Tantas veces no tenemos ningún deseo de: Humildad… Sencillez… Alabanza incondicional…
Abrámonos, unámonos en la oración, compartamos nuestra vida con el otro, con los que desean la voluntad de Dios por encima de la propia, juntémonos, hagamos comunidad, salgamos de nuestra casa, de nosotros mismos y seremos familia del mismo Dios, así será posible escuchar la Palabra y ponerla en práctica.

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