En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y el oleaje, desfalleciendo los hombres por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues las potencias del cielo serán sacudidas.
Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria.
Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación.
Tened cuidado de vosotros, no sea que se emboten vuestros corazones con juergas, borracheras y las inquietudes de la vida, y se os eche encima de repente aquel día; porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra.
Estad, pues, despiertos en todo tiempo, pidiendo que podáis escapar de todo lo que está por suceder y manteneros en pie ante el Hijo del hombre» (San Lucas 21, 25-28.34-36).
COMENTARIO
Estrenamos año litúrgico que no ciclo, al menos en el sentido “circular” de la palabra. Los ciclos litúrgicos no son un retorno trienal de lecturas. Ni el mundo, ni nosotros somos los mismos que hace tres años. Si hoy no tenemos claro que potencias que creíamos cimientos inamovibles se tambalean, que lo más sólido es muy frágil y que lo más seguro puede ser lo más volátil, entonces no hemos aprendido nada.
Hay signos, y muy elocuentes, en el sol, la luna y las estrellas, y también en la tierra en la superficie y el núcleo; en lo macroscópico y en lo microscópico. Y si hay signos son para ser interpretados. Me parecen imprescindibles, al menos, dos claves de interpretación: Por un lado, o el Evangelio, por definición es “Buena Noticia” o no es evangelio. Y segundo: la Biblia, toda ella, puede ser cualquier cosa menos un libro pesimista y mucho menos catastrofista sobre el futuro; más bien al contrario, es la experiencia de la voluntad salvadora de un Dios que se revela en el acontecer cotidiano de un pueblo sin interferir en su libre albedrío. Serán los profetas los encargados de interpretar los “signos de los tiempos” manteniendo la esperanza e invitando a la conversión.
En esta línea profética nos tenemos que situar ante el texto de hoy. Conviene recordar que la Biblia no es un libro que intente explicar científicamente el origen del mundo, tampoco su final. Sí trata de mostrar a un Dios magnánimo ante el mal, artista y creador ante el caos y ante cuya obra solo cabe exclamar: “vio Dios cuanto había hecho y todo estaba muy bien hecho” (Gn. 1, 31). También, haciendo una interpretación analógica y no científica, se podría decir que Lucas, el evangelista que nos acompañará este año, es el descubridor de la teoría de “Big-Bang”, del “Bing-Bang” evangélico, quiero decir. A ver si me explico.
En su primer libro, el evangelio, Lucas va concentrando toda la fuerza y el mensaje de la “Buena Nueva” en la propia persona de Jesús haciendo recorrer su vida pública desde la periférica aldea de Nazaret en la denostada Galilea hasta la ciudad santa de Jerusalén y su fastuoso templo. El culmen acontece con el misterio pascual. La gran explosión que dará lugar a la gran expansión: “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines de la tierra”. (Act. 1,8). Este versículo bien podría ser el índice del segundo libro de Lucas, los Hechos de los Apóstoles: Tiempo de la Iglesia, tiempo de la misión. Y, ¿qué mejor manera de expresar el advenimiento de un mundo nuevo que hace saltar por los aires el “mundo viejo”? Aparentemente se pinta una situación caótica en la que cabría esperar lo peor. Sin embargo, lo que aparece es una figura majestuosa:
Miedo y ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo. Pero ¿qué es lo que se nos viene encima?: Pues, la venida del Hijo del Hombre. No se trata de meter miedo, sino de infundir ánimo y confianza en medio de las dificultades del camino. Lo realmente trágico y destructivo es instalarse en la mentalidad del “carpe diem” aferrarse al presente porque no se controla el presente, por miedo a la incertidumbre o simplemente porque no hay futuro.
En realidad, no estamos hablando del “fin del mundo”, sino del inicio del mundo según el plan inicial de Dios (Todo fue creado por Él y para Él – Col. 1,16). Lo que llamamos “fin del mundo” habría que llamarlo “futuro del mundo”. Es la transformación del mundo, no su aniquilación.
Frente a la desesperanza, alzad la mirada, levantaos. Es el tiempo del “bang”, de la expansión de la “buena nueva”. Desde este humilde rincón de internet, los colaboradores habituales del “Evangelio del día” trataremos de poner nuestro granito de arena para que cada día del año que empieza recibamos un mensaje que nos invite al ánimo, a la esperanza, a la conversión o, simplemente, a la gratitud por la cercanía del Dios que vino, viene y vendrá.

1 comentario
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