Un grupo de compañeras comentaba las desventuras e incomodidades que les producía el estar preparándose para participar en un concurso de promoción interna de la Comunidad de Madrid.
Eran auxiliares y aspiraban ascender al grupo de administrativos. Con una determinada antigüedad y tras superar varios exámenes podían conseguirlo.
A fin de prepararse mejor dichas pruebas se habían matriculado en una academia a la que acudían dos tardes a la semana, que las ayudaba a estudiar un temario que no a todas les resultaba fácil.
Estas cinco compañeras, con una edad en torno a los treinta y tantos años, estaban casadas y tenían entre uno y tres hijos cada una. Todos los días en el trabajo se lamentaban de la molesta situación a la que este deseado ascenso las estaba llevando en su vida diaria. Así, entre la academia y los estudios en casa, hacía un mes que casi no veían a los hijos; con los maridos discutían a menudo, puesto que no se sentían ayudadas en las tareas domésticas y tampoco podían salir a divertirse los fines de semana por tener que estudiar; apenas limpiaban la casa y ya no tenían tiempo ni siquiera para “ir a darse las mechas”, como comentaba más de una con verdadera lástima. Es más, la madre de una de ellas se había roto la uña de un dedo del pie, lo que le impedía ir a la guardería a buscar a uno de los niños. ¡Vaya fastidio! En fin… que estaban más que enfadadas con todo el mundo.
Después de varios días escuchando los mismos comentarios, no pude por menos que intervenir:
—¿Y os compensa toda esa tensión familiar por 20.000 pesetas al mes? —(Yo todavía hablaba en pesetas), pregunté dirigiéndome al grupo.
—Por eso y por la jubilación.
—¿Y quién os dice que vais a llegar a la jubilación?
—¡Mujer, qué cosas tienes! — respondieron casi al unísono.
Dos días más tarde, el 14 de marzo de 2004, una de ellas, Berta, moría en el atentado terrorista de Madrid en la estación de cercanías de El Pozo.
No me comentaron nada acerca de lo que les había dicho el martes día 12. De hecho, creo que a los cinco minutos de acabarse la conversación ya lo habían olvidado. Sin embargo yo no lo olvidé y, todavía, cuando me acuerdo de la escena —la mesa de Berta está aquí, a mi lado, ocupada ahora por su marido—, mi vida, es decir, mi actitud en la situación en la que me encuentre, cambia radicalmente durante al menos un rato.
He aprendido que las cosas que les dices a los demás de parte de Dios, vuelven a ti para tu propio beneficio espiritual. Puede que a ellos no les provoque nada en su interior, pero sí para el que las pronuncia.
Ya lo decía San Agustín: “Estudia como si fueras a vivir siempre; vive como si fueras a morir mañana”
4 comentarios
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