«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mi no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará. Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos”». (Jn 15,1-8)
Hoy celebra la Iglesia la festividad de Santa Brígida, una de las santas patronas de Europa, y el evangelio que proclama la Santa Misa del día corresponde a los primeros versículos del capítulo 15 de San Juan. Al recordar la vida de esta santa y al releer este Evangelio, me parece que se puede establecer una cierta relación, muy animante, para mejorar en el empeño por la santidad personal. Cada persona, según los planes previstos de Dios para ella, y con esa buena terquedad de descubrir en las dificultades la mano providencial de Dios —siempre Padre— que nos anima a no cejar nunca, no en empeños tontos sino en ese serpentear los inconvenientes que a todos nos llegan y ver detrás de ello una ocasión de crecer para adentro, de tener unos buenos secretos con nuestro Padre, de dar más fruto.
La vida de Santa Brígida es fascinante: hija, esposa, madre de ocho hijos, viuda, princesa y consejera de reyes, religiosa, fundadora. Brígida Birgersdotter es una santa del siglo XIV, nacida en el seno de la aristocracia. Perteneció a los círculos políticos más influyentes de la Suecia medieval. Fue la fundadora de la Orden del Santísimo Salvador, vigente en la actualidad. Desde niña Brígida tuvo visiones. Una vez vio a la Virgen María colocarle una corona en su cabeza. En otra ocasión vio ante ella a Jesucristo torturado y muerto en la cruz. Estos dos hechos marcaron su profunda devoción a la Virgen María y a la Pasión del Señor.
Brígida recibió la misión de llevar mensajes tanto a políticos como a líderes religiosos, lo que le condujo a viajar a muchos lugares, en las durísimas condiciones de la época: Roma, Tierra santa…, y termina retirándose en las inmediaciones del convento de Alavastra. Allí, una calurosa mañana del 23 de julio de 1373, en Roma, mientras Pedro de Alavastra celebraba la Misa en su celda, Brígida entregaba su alma a su Señor mientras musitaba: «Señor, en tus manos encomiendo mi espíritu», en el mismo momento de la Consagración.
Mirando algunos retazos de su vida impresiona todo lo que Dios le pidió, no sólo en ese aspecto apostólico sino también en su mismo corazón. Cuando Brígida tenía unos diez años murió su madre; tres años más tarde fue dada en matrimonio, contra su voluntad, a Ulf Gudmarsson. Fue madre de ocho hijos, entre ellos, santa Catalina de Suecia. Cuando muere su marido, Brígida reparte sus bienes entre sus herederos y los pobres.
En el evangelio de hoy, Jesucristo se acerca a cada uno diciéndonos que si permanecemos unidos a su Padre celestial, daremos fruto. Y aún más, nos dice que al que da fruto, Jesús lo poda para que dé más. Para ello el Señor emplea el símbolo de la vid y de los sarmientos. Una imagen que se utiliza en el Antiguo Testamento para significar al pueblo de Israel, al elegido. Jesucristo nos viene a decir que si nos unimos a Él formamos el nuevo Israel de Dios, la Iglesia, recibiendo así la gracia vivificante de la Comunión de los Santos. Es una imagen que habla también de unidad, de esa “organización” que supone el Cuerpo Místico de Cristo, en el que cada miembro tienen una función; que no está aislado, sino que aporta y recibe.
A algunos, Dios les pide cosas extraordinarias, como a Santa Brígida. A la mayoría, Jesús cuenta con que busquemos la santidad en lo ordinario. Y esta es la lección: cada uno, con sus “cadaunadas”, si lucha por estar unido al Señor, por cumplir su misión, será eficaz. Llénenos de paz también ante las contrariedades. Dios en ellas nos espera y nos ayuda.
Gloria María Tomás y Garrido

2 comentarios
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