En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, corno no puede dejarlos ningún batanero del mundo. Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús.
Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.»
Estaban asustados, y no sabía lo que decía.
Se formó una nube que los cubrió, y salió una voz de la nube: «Éste es mi Hijo amado; escuchadlo.»
De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos.
Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: «No contéis a nadie lo que habéis visto, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»
Esto se les quedó grabado, y discutían qué querría decir aquello de «resucitar de entre los muertos» (San Marcos 9, 2-10).
COMENTARIO
Nadie lo había previsto ni imaginado, ni el mismísimo Demonio, que Dios habría de elegir, para salvar a los hombres del pecado y de la muerte, el camino del fracaso, del sufrimiento y de la muerte de su Hijo amado, Jesús. Y, sin embargo esta es la gran estrategia del Dios de la Revelación, que ya lo había anticipado a través de la Ley y de los Profetas, en palabras de Jesús: “¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria? Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, ¿les explicó lo que había sobre él en todas las escrituras?” (Lc 24, 26-27).
Ni le mejor estratega del mundo podría haber ideado un plan tan “sorprendente”: que muriendo a manos del enemigo, el enemigo sería vencido. Jesús lo tenía claro y, por tres veces se lo anticipó a sus discípulos, que andaban “a uvas”: “Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser matado y resucitar al tercer día” (Mt 16, 21). Es más, al hilo de esta revelación, Jesús propone a sus discípulos una condición para seguirle: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí la encontrará” (Mt 16, 24-25). Si, Jesús camina hacia el fracaso, hacia la muerte y no quiere que sus amigos se peguen un susto por vivir alienados y engañados. El camino que el Padre ha preparado para su Hijo, es el camino de la cruz, es el camino de la obediencia, de la humildad y de la entrega total de su vida
En el monte Tabor, el Padre nos anticipa el regalo de la Pascua: la luz que vence las tinieblas; y el Hijo, consuela a sus discípulos, como afirma el Prefacio de la Misa del 2º Domingo de Cuaresma: “Jesús, después de anunciar su muerte a los discípulos, los mostró en el monte santo el esplendor de su gloria, para testimoniar, de acuerdo con la ley y los profetas, que la pasión es el camino de la resurrección”.
Efectivamente, el acontecimiento deslumbrante de la Transfiguración prepara aquel otro dramático, pero no menos luminoso, del Calvario. Pedro, Santiago y Juan contemplan al Señor Jesús junto a Moisés y Elías, con los que – según el evangelista Lucas- habla “de su partida, que iba a cumplir en Jerusalén” (9, 31). Los ojos de los apóstoles están fijos en Jesús que piensa en la Cruz. Allí su amor virginal por el Padre y por todos los hombres alcanzará su máxima expresión; su pobreza llegará al despojo de todo; su obediencia hasta la entrega de la vida.
Los discípulos somos invitados a contemplar a Jesús exaltado en la Cruz, fijos los ojos «sólo en Él»: su silencio y soledad, afirman proféticamente la absoluta trascendencia de Dios sobre todos los bienes creados: Jesús crucificado vence en su carne nuestro pecado y atrae hacia sí a cada hombre y mujer, dando a cada uno la vida nueva de la resurrección, porque a través de la Cruz, «nuestro Salvador Jesucristo, destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal«.
En plena estación estival, cuando tenemos la tentación de sumergirnos en las seducciones que el mundo nos ofrece; en este tiempo en el que todos, de un modo u otro, intentamos evadirnos y buscar espacios, tiempos y momentos de “luz”, reposo y paz, el Señor nos recuerda que no hay otro lugar en el que podamos descansar mejor que en la cruz de nuestra vida: “Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera” (Mt 11, 28-30).
He aquí la meta de nuestra peregrinación y, también, de este tiempo veraniego: llevar nuestra cruz de cada día con Cristo, aprendiendo de él a ser manso y humilde de corazón y, así descubrir que su “yugo”= cruz es suave y la carga ligera. ¿Cuál es tu cruz? No te bajes de ella, ¡sólo en ella y a través de ella encontrarás la luz! ¡Por la cruz a la luz!

4 comentarios
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