“Eres un ángel de Dios para mí”, dice un secuestrador a su rehén, que lo convenció para entregarse.
Pistola en mano, él entró en la casa de ella, huyendo de la policía. “Mírame, ya estoy muerto”, dijo. Ashley, viuda y madre de una niña, le dio de comer y le habló de Dios.
Sucedió hace ya algún tiempo una mañana en la ciudad de Atlanta, en Estados Unidos, y la prensa local lo recogió con lujo de detalles. Brian Nichols sería el responsable de la muerte de cuatro personas en un juzgado, al estar acusado de disparar a un juez, un periodista, un policía y un agente de aduanas, al que quitó su camión en el que huyó. Y a las dos de la madrugada llegó a una puerta por casualidad, la de Ashley.
Ashley Smith, viuda de 26 años, empleada en trabajos temporales para mantener apenas a su hija de cinco años, acababa de mudarse y estaba ordenando cajas en su casa. A las dos de la madrugada se tomó un descanso, abrió la puerta para fumar un cigarrillo y se encontró con Brian Nichols que la encañonaba con una pistola. El hombre se quitó la gorra y ella reconoció el rostro que las cadenas de televisión habían emitido, el acusado de cuatro muertes ese día.
Brian ató a la joven viuda de pies y manos, dejó su pistola a un lado y se duchó. Dijo a su rehén que necesitaba relajarse. Luego la desató. “He tenido un día muy largo”, explicó.
Los dos empezaron a hablar. La joven enseñó al fugitivo su álbum de fotos, explicó su condición de madre viuda, habló de su hijita a la que tenía que ver por la mañana en la iglesia. Habló de su marido, que murió en una pelea con navajas. Ashley le pidió que no la matase, que eso dejaría sola a su hijita.
Brian sólo quería un sitio para comer “algo de comida de verdad”, diría luego Ashley a la CNN, y también ver la televisión. Pero ella llevó el tema a las víctimas, a hacer que Brian pensase en las familias de los hombres que había matado. Y Ashley pidió a Brian que se entregase.
“Él necesitaba esperanza para su vida”, explicó luego Ashley. “Me dijo que ya estaba muerto. Dijo: mírame, mira mis ojos, yo ya estoy muerto. Yo le dije: no estás muerto, estás aquí delante de mí».
Ashley entonces le enseñó el libro que estaba leyendo, “The Purpose Driven Life” (La vida conducida por un propósito). Le leyó un fragmento y el asaltante quedó impactado y le pidió que lo leyera otra vez:
“Servimos a Dios sirviendo a los otros. El mundo define la grandeza en términos de poder, posesiones, prestigio y posición. Si puedes exigir servicios de los otros, ya estás en lo alto. En nuestra cultura de autoservicio, con su mentalidad del yo-primero, actuar como un servidor no es un concepto popular.”
Vieron juntos la televisión, las noticias sobre el tiroteo en el juzgado. Brian no podía creer que hablasen de él.
Al amanecer salieron; él fue a buscar el camión robado para dejarlo en otro lugar a varias millas; ella le seguía en su coche y lo recogió para llevarlo de nuevo a la casa. “Vaya, no huiste, pensé que te fugarías”, le dijo él a ella.
En casa Ashley le preparó un desayuno: zumo de naranja, huevos fritos, tortitas de harina. Él le dio 40 dólares y le dijo “eres un ángel que Dios envió para mí”. Le ayudó a colgar algunas cortinas y cuadros, amontonados por la mudanza. Ashley le prometió visitarle en prisión.
Después ella llamó a la policía, explicando que Brian Nichols estaba en su casa. Él salió ondeando una tela blanca y se entregó pacíficamente.
Hoy en este mundo en el que nos movemos, donde los medios para comunicarse unos con otros son tan avanzados (radio, televisión, Internet, teléfonos, etc.), podemos comprobar fehacientemente la enorme soledad que muchos seres humanos padecen, al no poder encontrar a otra persona que, cara a cara, la escuche, la ayude dándole gratis un poquito de su tiempo y, quizá, hasta un buen consejo.
Es el caso de Brian, basado en un hecho real, un asesino de cuatro personas, que, según nuestra sociedad, merecería el mayor de los castigos. Pero ¿podríamos analizar el porqué de semejante acción? ¿Qué le pudo llevar a realizarla?. ¿Qué hubiese podido pasar si antes de ese terrible asesinato, se hubiera encontrado “casualmente” con aquella mujer, Ashley, en esa conversación en la que ella le habló de Dios, seguramente dándole ánimos, dándole esperanza en que la vida no termina aquí, que esta vida nuestra es el pasaporte para poder alcanzar otra infinitamente mejor…
¡Cuantas personas se suicidan hoy en día, unos por no querer escuchar la Buena Nueva del Evangelio y otros por no haber tenido ni siquiera esa posibilidad!
3 comentarios
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