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Juan Ignacio

El sacramento del matrimonio en San Juan Pablo II – Parte IV

By BuenaNueva23 de octubre de 2014No hay comentarios9 Mins de lectura
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Sobre el número de bodas decrecientes entre los jóvenes y el aumento de las convivencias, se indicó que prima la idea de que el matrimonio es más un gesto social con un fuerte esfuerzo económico, que un sacramento, y que esto lleva muchas veces a recibir el sacramento en un segundo momento para evitar los gastos excesivos. Sínodo día 5°, Zenit.org. Entrada sábado 11.09.2014, 20h15.

Si Jesucristo Resucitado es invitado a las bodas, el agua se transforma en vino. Nosotros hemos visto su gloria y damos testimonio, como en las Bodas de Caná de Galilea (Jn 2, 1-11), ‘¡es el Señor!’ No sólo porque carga con los gastos, cambiando el agua en vino, y el vino en su Sangre al llegar su ‘Hora’, sino principalmente porque hoy la Iglesia anuncia el Evangelio del Matrimonio como presencia atenta de María y de su Hijo, a través de alegrías y conflictos, de experiencias de comunión y de peleas, de arrobamientos e incapacidades de amar.

¿Qué tiene esto que ver con el sacramento del matrimonio, sacramento de la santificación de los esposos, y de la entera célula familiar? La vocación de la Familia persiste, como sacramento primordial y misterio de la redención del hombre histórico, para ser sal, luz y fermento precisamente en una sociedad donde ésta misma célula primaria está siendo sometida a tantas influencias que la desmienten: desestructuración, hijos nacidos fuera del matrimonio, rechazo de todo proyecto en común con la decisión del ‘singel’, desprotección salarial, manipulaciones por parte del Estado.

Entre las recientes intervenciones sinodales, recogemos la siguiente:

La vocación al matrimonio no tiene que centrarse como en un contrato, sino en el amor como don.

Si es don, también es tarea: ethos.

El concepto de redención unido al lenguaje profético del cuerpo, al ethos, a la creación, al sacramento, y al misterio, se repite más de 50 veces en las catequesis 101-108. Esta gran densidad soteriológica nos permite adelantar que la mirada de San Juan Pablo II está orientada hacia una doble contemplación del misterio de la cruz: hacia el Esposo-Redentor de la Iglesia en el ‘mysterium magnum’, y al mismo tiempo hacia los esposos en su particular participación de ese misterio, eminentemente pascual, por medio del Anuncio y de los sacramentos del Bautismo, de la Eucaristía, de la Confirmación, de la Penitencia y del Matrimonio.

Se trata del gran misterio de la muerte y de la resurrección de Cristo anunciado al hombre contemporáneo para que pase de la muerte a la Vida (Hb 2,14),  goce de la perfecta santificación, sea ‘imagen y semejanza’ de Dios trino; templo en su cuerpos del Espíritu Santo, ‘una sola carne’ con Cristo. Entonces se entiende que los esposos cristianos son ‘una señal’ puesta sobre la montaña, para manifestar al mundo que Dios en Cristo está amando al hombre histórico1.

La redención se le da al hombre como gracia de la nueva alianza con Dios en Cristo, y a la vez se le asigna como ethos:

El matrimonio como sacramento

Es un signo eficaz de la acción salvífica de Dios «desde el principio».

Este sacramento constituye también una exhortación dirigida al hombre, varón y mujer, a fin de que participen concienzudamente en la redención del cuerpo.

El matrimonio como sacramento, le es asignado como ethos a cada hombre, varón y mujer; se le asigna a su «corazón», a su conciencia, a sus miradas y a su comportamiento. (cf. Mt 19, 4)

En el sermón de la montaña (…) Cristo (…) se adentra en la profundidad misma del misterio humano. Por esto apela al «corazón», a ese «lugar íntimo», donde combaten en el hombre el bien y el mal, el pecado y la justicia, la concupiscencia y la santidad. Hablando de la concupiscencia (de la mirada concupiscente: cf. Mt 5, 28), Cristo hace conscientes a sus oyentes de que cada uno lleva en sí, juntamente con el misterio del pecado, la dimensión interior «del hombre de la triple concupiscencia: de la carne, de los ojos y del orgullo de la vida», Cfr. 1 Jn 2, 16). Precisamente a este hombre de la concupiscencia se le da en el matrimonio el sacramento de la redención como gracia  y signo de la alianza con Dios, y se le asigna como ethos.

«Porque todo lo que hay en el mundo, concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y orgullo de la vida, no viene del Padre, sino que procede del mundo» (1 Jn 2, 16). El matrimonio, como sacramento primordial y a la vez como sacramento que brota en el misterio de la redención del cuerpo del amor nupcial de Cristo y de la Iglesia, «viene del Padre». No procede «del mundo», sino «del Padre»

102. Matrimonio sacramental y la vida según el Espíritu (1-XII-82/5-XII-82).&7

El matrimonio -como sacramento que nace del misterio de la redención y que renace, en cierto modo del amor nupcial de Cristo y de la Iglesia- es una expresión eficaz de la potencia salvífica de Dios, que realiza su designio eterno incluso después del pecado y a pesar de la triple concupiscencia, oculta en el corazón de cada hombre, varón y mujer. Como expresión sacramental de esa potencia salvífica, el matrimonio es también una exhortación a dominar la concupiscencia. Frutode ese dominio es la unidad e indisolubilidad del matrimonio, y además el profundo sentido de la dignidad de la mujer en el corazón del hombre (como también de la dignidad del hombre en el corazón de la mujer), tanto en la convivencia conyugal, como en cualquier otro ámbito de las relaciones recíprocas.

102. Matrimonio sacramental y la vida según el Espíritu (1-XII-82/5-XII-82), & 1..2

Durante el Concilio Vaticano II, las intervenciones del Cardenal Wojtyla despertaron interés por su genuina aportación a la teología del matrimonio. Sus oportunas consideraciones quedaron fijadas como doctrina en el capítulo sobre el Matrimonio y la Familia de la Constitución pastoral Gaudium et Spes2. Las actuales catequesis retoman el argumento principal de aquellas aportaciones conciliares, el Amor conyugal es algo más que un ‘remedio a la concupiscencia’.

Remedium concupiscentiæ.

San Pablo, enseña explícitamente que al matrimonio corresponde un «don» particular y que en el misterio de la redención el matrimonio es concedido al hombre y a la mujer como gracia, expresa en sus palabras, sugestivas y a la vez paradójicas, sencillamente el pensamiento de que el matrimonio es asignado a los esposos como ethos. En las palabras paulinas «Mejor es casarse que abrasarse», el verbo «abrasarse» significa el desorden de las pasiones, proveniente de la misma concupiscencia de la carne. En cambio, el «matrimonio» significa el orden ético, introducido conscientemente en este ámbito. Se puede decir que el matrimonio es lugar de encuentro del eros con el ethos y de su recíproca compenetración en el «corazón» del hombre y de la mujer, como también en todas sus relaciones recíprocas.

La vida según el Espíritu

En la medida en que la «concupiscencia» ofusca el horizonte de la visual interior, quita a los corazones la limpidez de deseos y aspiraciones, del mismo modo la vida «según el Espíritu» (o sea, la gracia del sacramento del matrimonio) permite al hombre y a la mujer volver a encontrar la verdadera libertad del don, unida a la conciencia del sentido nupcial del cuerpo en su masculinidad y feminidad.

La vida «según el Espíritu» se manifiesta, pues, también en la «unión» recíproca (cf. Gén 4, 1), por medio de la cual los esposos, al convertirse en «una sola carne», someten su feminidad y masculinidad a la bendición de la procreación: «Conoció Adán a su mujer, que concibió y parió…, diciendo: He alcanzado de Yahvé un varón» (Gén 4, 1).

La «vida según el Espíritu» se manifiesta también en la conciencia de la gratificación, a la que corresponde la dignidad de los mismos esposos en calidad de padres, esto es, se manifiesta en la conciencia profunda de la santidad de la vida (sacrum), a la que los dos han dado origen, participando -como padres-, en las fuerzas del misterio de la creación.

                          Dimensión escatológica

Cada hombre, llamado a participar de la realidad de la resurrección futura, trae al mundo esta vocación, por el hecho de que en el mundo visible temporal tienen su origen por obra del matrimonio de sus padres. Así, pues, las palabras de Cristo, que excluyen el matrimonio de la realidad del «mundo futuro», al mismo tiempo desvelan indirectamente el significado de este sacramento para la participación de los hombres, hijos e hijas, en la resurrección futura.

Se refiere al texto «Los hijos de este siglo toman mujeres y maridos. Pero los juzgados dignos de tener parte en aquel siglo y en la resurrección de los muertos, ni tomarán mujeres ni maridos, porque ya no pueden morir y son semejantes a los ángeles e hijos de Dios, hijos de la resurrección» (Lc 20, 34-36). &8.

Ese matrimonio sacramental se cumple y se realiza en la perspectiva de la esperanza escatológica.

En virtud de esta esperanza es dominada la concupiscencia de la carne como fuente de la tendencia a una satisfacción egoísta y la misma «carne», en la alianza sacramental de la masculinidad y feminidad, se convierte en el «sustrato» específico de una comunión duradera e indisoluble de las personas (communio personarum) de manera digna de las personas.

El matrimonio como sacramento sirve inmutablemente para que el hombre, varón y mujer, dominando la concupiscencia, cumpla la voluntad del Padre. Y «el que hace la voluntad de Dios, permanece para siempre». (1 Jn 2, 17).

El matrimonio, como sacramento del «principio» humano, como sacramento de la temporalidad del hombre histórico, realiza de este modo un servicio insustituible respecto a su futuro extra-temporal, respecto al misterio de la «redención del cuerpo» en la dimensión de la esperanza escatológica. & 11.

102. Matrimonio sacramental y la vida según el Espíritu (1-XII-82/5-XII-82). && 3 a 11.


1 El hombre «histórico», después del pecado y a causa de su estado pecaminoso hereditario, debe volver a encontrar la dignidad y la santidad de la unión conyugal «en el cuerpo», basándose en el misterio de la redención. 101. El matrimonio, «ethos» de la redención del cuerpo (24-XI-82/28-XI-82), &4.6.7. 

2 Cfr. En particular, los pasajes Santidad del matrimonio y de la familia y Amor conyugal && 48-49.

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