“Os lo he dicho y no creéis; Las obras que yo hago en nombre de mi Padre, esas dan testimonio de mí. Pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi lado” (San Juan 6, 22-29).
COMENTARIO
Resulta entrañable esta referencia constante de Jesús al Buen Pastor, aquel que cuida de sus ovejas, que las conoce a todas, que las llama por su nombre, y que todas lo conocen a Él. Sin esta simbiosis mística, que nace del amor más entrañable, y de los cuidados que se aplican en el trato cotidiano, de absoluta confianza y de entrega desinteresada, no resultaría posible una unión tan estrecha entre el pastor y su rebaño.
Y así, todos nosotros, como ovejas del rebaño de Jesús, atravesaremos sin temor y con esperanza las cañadas más oscuras de esta vida terrena, conscientes y confiados en la dirección que nos marca su vara y su cayado.
Pero esta condición de “oveja del rebaño de Cristo”, ya cuenta ahora y para siempre para ser ratificada, y tal como se nos recuerda en este Evangelio, con el testimonio de las obras que Jesús realiza en nombre de su Padre, que también, como se nos recordó en su ascensión gloriosa a los cielos, es Padre nuestro, y por esta condición de hijos suyos, nos promete la Vida Eterna, de modo y manera que no pereceremos para siempre, y nada ni nadie nos arrebatará del cuidado de sus manos misericordiosas.
Y esta es la confirmación más sublime y segura de la esperanza divina.

2 comentarios
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