En aquel tiempo, Jesús, se dirigió al mar de Galilea, subió al monte y se sentó en él.
Acudió a él mucha gente llevando tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros; los ponían a sus pies, y él los curaba.
La gente se admiraba al ver hablar a los mudos, sanos a los lisiados, andar a los tullidos y con vista a los ciegos, y daban gloria al Dios de Israel.
Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: «Siento compasión de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer. Y no quiero despedirlos en ayunas, no sea que desfallezcan en el camino».
Los discípulos le dijeron: «¿De dónde vamos a sacar en un despoblado panes suficientes para saciar a tanta gente?».
Jesús les dijo: «¿Cuántos panes tenéis?».
Ellos contestaron: «Siete y algunos peces».
Él mandó a la gente que se sentara en el suelo. Tomó los siete panes y los peces, pronunció la acción de gracias, los partió y los fue dando a los discípulos, y los discípulos a la gente.
Comieron todos hasta saciarse y recogieron las sobras: siete canastos llenos (San Mateo 15, 29-37).
COMENTARIO
En esta ocasión y, por primera vez, tras leer este texto muchas veces en mi vida, mis ojos se han fijado en una frase que habitualmente, me había pasado desapercibida: así actúa Dios.
Me refiero en concreto a la frase “Los tendieron a sus pies y los curó”. De nuevo el Señor en su Evangelio, nos habla de personas tendidas a sus pies, buscando la curación.
Los pies sobre los que aquella mujer en Betania derramó su perfume (Juan 12), o los pies al lado de los que María, hermana de Lázaro escuchaba la Palabra (Lucas,10), pies que llevaron a Jesús de un lado a otro por el mundo, mientras que estuvo con nosotros y representan, su Evangelio.
Decía San Pablo en Romanos 10:15: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas!
Los pies de Jesús son el lugar donde nace toda nuestra unión con él, son el lugar donde Él con su Palabra, nos envía a anunciar su Buena Nueva y también son el lugar ante el que nos arrodillamos para reconocerle como Señor y Dios nuestro.
La pequeñez que el hombre alcanza cuando se arrodilla a los pies de Jesús, le coloca en el lugar exacto desde donde nacer como discípulos: el servicio, la entrega a Él y su Palabra, el reconocimiento de que somos sus siervos.
Decía el poeta italiano Alessandro Manzoni del siglo XVIII, ““El hombre crece cuando se arrodilla” y , en esta frase, se recoge todo el secreto, pequeño y enorme de ser cristiano.
En el Evangelio de hoy, leemos “Acudió a él mucha gente, que llevaba consigo tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros enfermos. Los tendieron a sus pies y él los curó”.
Los tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos… somos nosotros que caminamos por el mundo con nuestra mochila de enfermedades a la espalda, y también hoy, necesitamos arrodillarnos a los pies de Jesús para ser sanados, curados de nuestra enfermedad.
El Evangelio que leemos cada día con el corazón entregado, es el lugar en el que nos arrodillamos ante los pies de Jesús para que Él nos cure como a aquellos hombres y mujeres: no olvidemos esta oferta de vida eterna y abramos cada día las hojas de este hermoso libro que es la Palabra de Dios.
