Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros» (San Mateo 5, 1-12).
COMENTARIO
Comienza noviembre. Un mes que la Iglesia nos enseña y ayuda a tener una mirada más transcendente, más hacia el cielo. En este mes celebramos la fiesta de todos los santos, a la que hemos de aspirar; es decir, a la mayoría no nos abrirán un proceso de canonización, pero luchando y amando, con la ayuda de Dios, llegaremos al cielo, a ese abrazo eterno con nuestro Padre. También en este mes, fomentamos y cuidamos la oración por los fieles difuntos, tantos conocidos, tantos de nuestra familia que ya han fallecido y que esperan de nosotros muchos sufragios.
Desde esta perspectiva, nos introducimos en este maravilloso Evangelio. Se ha dicho que las bienaventuranzas forman el pórtico del Discurso de la Montaña. Es el primero de los cinco grandes discursos en los que San Mateo reúne las enseñanzas de Jesús sobre el Reino de Dios. En este primero el Señor nos muestra una síntesis de quienes son los que pertenecen o pueden hacerlo al Reino. Jesús recoge las promesas hechas al pueblo elegido desde Abrahán y da una nueva perspectiva, con esa apertura al cielo. Copio el número 1717 del Catecismo de la Iglesia que recoge de una manera preciosa y práctica lo que Jesús nos transmite en este estar de paso en la tierra para llegar a la meta definitiva. Dice así: “Las bienaventuranzas dibujan el rostro de Jesucristo y describen su caridad; expresan la vocación de los fieles asociados a la gloria de su Pasión y de su Resurrección; iluminan las acciones y las actitudes características de la vida cristina; son promesas paradójicas que sostienen la esperanza en las tribulaciones; anuncian a los discípulos las bendiciones y las recompensas ya incoadas; quedan inauguradas en la vida de la Virgen María y de todos os santos”.
Vamos a acogernos a esta bella doctrina con nuestra vida ayudando a los que nos rodean y dejándonos también ayudar. Vale la pena.

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