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Ciencia y Fe

Ángeles del convento

By Valentin De Prado11 de junio de 20184 comentarios6 Mins de lectura
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luz»

La Hermana Patricia no pudo evitar las lágrimas al echar la última mirada justo antes de que se cerrara tras ella la pesada puerta del convento de San Francisco de Betanzos. En él había pasado muchos años de su vida, retirada, en plena dedicación a contemplar, guardar y perpetuar la obra de Dios junto a sus compañeras de clausura. Pero, año tras año, las Hermanas Misioneras de María fueron siendo menos. Las más ancianas dejaban este mundo sin que hubiera jóvenes que quisieran tomarles el relevo. El convento franciscano, en pie desde 1.289, acabó vacío.

Esas paredes centenarias acogieron la soledad de las últimas moradoras de la orden religiosa y se quedaron después sin vida. Hasta que casi dos años más tarde ocurrió algo prodigioso…

La extraña presencia

– Todos celebramos que haya venido tan pronto. ¿Qué ha pasado con su predecesora? -el párroco hablaba con la trabajadora social que acababa de llegar al pueblo.

– Tiene una baja temporal. No creo que sea por mucho tiempo.

– ¿Sabe cuál era la regla de San Francisco cuando creó su orden? La austeridad, carecer de bienes propios y vivir de la caridad. Eso es lo que vamos a hacer y reabriremos el convento: caridad, pero no económica, sino caridad del alma. No tardará en saber cuánta gente aquí sufre de soledad. ¿Pero cuántos querrían tener una familia? ¿Por qué no ofrecérsela nosotros?

– ¿Nosotros?… –se hizo la sorprendida.

Estaban sentados en un banco bajo la frondosa copa de un árbol. De repente se desató una extraña brisa en la que confluían fuerza y suavidad. La mujer sintió que el ambiente de Betanzos se llenaba de una suerte de partículas mágicas en suspensión. Miró al sacerdote, le sonrió y dijo: «¡Trabajaremos juntos!». El acuerdo fue formar una «Familia Aberta» a quienes necesitaran compañía, organizándose ellos mismos su día a día en las instalaciones monacales.

Una decena de voluntarias constituyeron una especie de ejército de ángeles en la tierra. Eran mujeres que llevaban viviendo en Betanzos varias generaciones, por lo que conocían a fondo a sus vecinos, su devenir cotidiano y los secretos que se ocultaban pudorosos detrás de puertas y ventanas cerradas a cal y canto. Allá donde se escondía una historia de soledad o tristeza, intentaban franquear dichas barreras para que el vecino de turno accediera a ser ayudado por la trabajadora social de la zona. Hacían de intermediarias, de localizadoras de identidades solitarias.

Una decena de voluntarias constituyeron una especie de ejército de ángeles en la tierra

En un universo reducido y rural los problemas no distan demasiado de los de las populosas ciudades. Porque, en el fondo, se trata del alma humana, que no necesita paisaje para definirse. Jubilación… Viudedad… Divorcio… La muerte del familiar al que llevaban toda la vida cuidando… La falta de los padres… El no tener hijos… O tenerlos, que es peor, y sentirse igual de solo… Las historias se repiten. Sin embargo, en la comunidad de Betanzos, cuando la noche cae y la luna cubre con su mirada de plata el sueño de los casi trece mil habitantes, la soledad se multiplica sin que a nadie la parezca mentira, como si fuera lo natural.

Catuxa (68 años) nunca salió del pueblo. Ni se casó. Vivió siempre en la casa familiar, junto a sus padres, respondiendo a lo que ellos decían que tenía que ser una buena hija. Llegado el momento entregó su vida a cuidarlos. Treinta años hacía que había muerto su padre, y quince, su madre. Ahora no tenía quien la cuidara a ella; quien llenara de compañía siquiera unas simples horas. Fue la primera en franquear la puerta de entrada al convento, recién abierto, donde le explicaron que allí iba a formarse una gran familia que organizaría tiempo y actividades igual que se hace en cualquier hogar. Le gustó la idea. Al salir se cruzó con otro vecino, Antonio (59), jubilado anticipado y recién divorciado, padre de dos hijos que hacían su vida lejos. Cruzaron dos palabras sin imaginar que acabarían compartiendo mucho más.

Una verdadera familia

– ¿Cómo ha sabido que me siento sola? –al abrir la puerta de su casa, Afonsina se sorprendió de la visita inesperada de la nueva trabajadora social.

– Es que nosotros nos enteramos de todo –respondió la mujer en un tono cómplice.

– Claro –replicó Afonsina-, ahora me dirá que se lo ha contado un pajarito.

– No –la cortó en seco-. Han sido ángeles.

Aunque creyó que le tomaba el pelo, Afonsina se comprometió a acudir a desayunar al convento. «Ah, oiga, y que sepa que yo no soy tonta –quiso aclararle cuando la desconocida se marchaba-. Ya sé que los ángeles no existen, podía haber inventado otra cosa».

Catuxa y Antonio habían superado la primera semana de la novedosa experiencia de la «Familia Aberta», a la que se sumó Berta (75), una viuda que llevaba años sufriendo la lacerante huella de la soledad. En pocos días, parecía otra persona.

La trabajadora social y el párroco siguieron empleándose para ampliar la familia, mientras sus miembros se repartían las tareas. Antonio se adjudicó el cuidado del maltrecho jardín, «¡esto me ha devuelto la vida!». Poco a poco, en un incesante goteo, acudían lugareños interesados en la extraña familia.

El convento parecía un corazón reanimado. Desde la mañana hasta la noche no cesaba la actividad

Mientras, en un rincón del centro de Betanzos, Afonsina persistía en su empeño de no salir de casa. La nueva funcionaria de los servicios sociales fue a visitarla por tercera vez. «Hemos pasado de los pajaritos a los ángeles, ¿y ahora qué? ¿Usted no se cansa?», se quejó Afonsina al verla de nuevo. «Es imposible cansarse cuando se tiene una buena misión en la Tierra», le respondió con su habitual sonrisa y se marchó.

Transcurrido un mes, el convento parecía un corazón reanimado. Desde la mañana hasta la noche no cesaba la actividad. Lo más divertido era el desayuno, que ya aglutinaba en torno a magdalenas recién hechas y humeante café a quince «familiares» diarios.

– Hoy, dieciséis –se hizo un silencio-. Soy Afonsina.

Por fin decidió dejar de estar sola y se unió a ellos. Terminado su primer día en la comunidad fue a saludar a la insistente mediadora. «Por cierto, ¿usted cómo se llama?», preguntó Afonsina recelosa. «Mi nombre es Ángeles». La mujer le regaló su habitual sonrisa al despedirse y salió a la calle. Afonsina fue tras ella en la noche cerrada y la vio a lo lejos (no era posible que hubiera caminado tan deprisa, pensó) hasta que misteriosamente su silueta se desdibujó en el horizonte. Entonces se produjo un fugaz destello luminoso que dio paso a una estrella refulgente en el cielo de Betanzos.

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