«En aquel tiempo, Jesús atravesó de nuevo
en barca a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor, y se quedó junto al lago. Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies, rogándole con insistencia: “Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para
que se cure y viva”. Jesús se fue con él, acompañado de mucha gente. Llegaron de casa del jefe de la sinagoga para
decirle: “Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?”. Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: “No temas; basta que tengas fe”. No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y encontró el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos. Entró y les dijo: “¿Qué estrépito y qué lloros son éstos? La niña no está muerta, está dormida”. Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos y, con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes, entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo: “Talitha qumi” (que significa: “Contigo hablo, niña, levántate”). La niña se puso en pie inmediatamente y echó a andar; tenía doce años. Y se quedaron viendo visiones. Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña”». (Mc 5,21-24.35b-43)
“La niña no está muerta, está dormida” ¡Ambas cosas son ciertas! El Salvador nos está diciendo: Para vosotros está muerta, y es verdad, pero para mí está dormida. Pocos cristianos conocen el significado que encierra la palabra “cementerio”. En realidad, es una palabra más bien malsonante de un lugar indeseable. Pero si conociéramos su origen, cambiaría nuestra forma de ver las cosas. Cementerio viene de la palabra griega koimeteros, que literalmente significa “dormitorio”, el lugar de descanso temporal. Los primeros cristianos cambiaron radicalmente la terminología y costumbres funerarias de su tiempo para proclamar el misterio central de nuestro destino en la resurrección. Así, desecharon el concepto de necrópolis (ciudad de los muertos) para adoptar el de koimeteros; en lugar de las plañideras (“se lamentaban a gritos”, parte de aquel ritual funerario), salmos, etc. Y así otros muchos aspectos.
Además, estas bellísimas historias son simbólicas de otras grandes verdades del mensaje de Cristo. En primer lugar, poco se puede
decir más cierto de Jesús que el hecho de que era un sanador por excelencia. Era “medico” integral en el sentido bíblico (no el sentido que aportó más tarde la cultura griega): Que Dios quiere que vivamos, y que vivamos en plenitud. Por tanto, los milagros de Jesús no quieren precisamente demostrar su divinidad, o su aversión al fenómeno natural, como el de la muerte, sino que nos revelan el cambio radical que su misión trajo al mundo: enfermedad, muerte y corrupción han sido cortadas de raíz para siempre.
Las dos historias de sanación nos invitan a lo esencial: a madurar en nuestra fe y a vivir en la total confianza de la presencia liberadora del Salvador en nuestro camino diario; especialmente cuando vivimos “asustados” o “estamos en las últimas”. La mujer y la niña nos representan a todos: “Tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud”. Por tanto, acepta
la invitación de Jesús a vivir en salud y santidad. Y nunca olvides aquel dicho de San Ignacio de Loyola
: “Debemos trabajar como si todo dependiera de nosotros, pero rezar como si todo dependiera de Dios”.
Germán Martínez

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