En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, entró en la casa de Simón.
La suegra de Simón estaba con fiebre muy alta y le rogaron por ella.
El, inclinándose sobre ella, increpó a la fiebre, y se le pasó; ella, levantándose enseguida, se puso a servirles.
Al ponerse el sol, todos cuantos tenían enfermos con diversas dolencias se los llevaban, y él, imponiendo las manos sobre cada uno, los iba curando.
De muchos de ellos salían también demonios, que gritaban y decían: «Tú eres el Hijo de Dios».
Los increpaba y no les dejaba hablar, porque sabían que él era el Mesías.
Al hacerse de día, salió y se fue a un lugar desierto. La gente lo andaba buscando y, llegando donde estaba, intentaban retenerlo para que no se separara de ellos.
Pero él les dijo: «Es necesario que proclame el reino de Dios también a las otras ciudades, pues para esto he sido enviado».
Y predicaba en las sinagogas de Judea (San Lucas 4, 38-44).
COMENTARIO
Cuántas veces, en el Evangelio, escuchamos a Jesús enfrentándose al mal en todas sus expresiones. En este caso, es la fiebre de la suegra de Pedro que delata su enfermedad, otras tantas veces al mal en forma de dolor que afecta a los seres humanos.
Es difícil entender porqué sufrimos dolor y es difícil también abrazarlo cuando nos impacta: abrazar el dolor, aceptarlo es un ejercicio imposible para nosotros que somos parte del mundo y que hemos sido creados de forma que el dolor nos desagrada. La Palabra de Jesús, como siempre, llena de esperanza nos invita a comprender el dolor como vía de abrazarnos a Él y hacer su camino para abrir nuestros ojos a la salvación.
Resulta escandaloso creer que alguien puede alegrarse ante el dolor y , ciertamente no es así, pero si miramos a nuestras vidas y observamos con los ojos del alma la forma en la que Jesús ha acompañado tantas veces los momentos duros y difíciles para sentarnos en la escuela de su amor, entonces comprenderemos la forma en la que Él , que es la bondad infinita, entra en nuestro dolor para transformarlo en paz y para cambiar nuestro corazón.
Nadie que aspire a gozar de la presencia de Dios puede aspirar a hacerlo sin pasar por la puerta estrecha, la que no es sencilla ni fácil, la que no se presenta apetecible ni atractiva, pero, si lo hacemos acompañados de su esperanza inquebrantable, ese paso, dará lugar a una luz inmensa que nos permitirá gozar de su rostro y su gloria un poco más.
Cada paso en el dolor, de la mano de Jesucristo, nos permite pasar, como en la Cruz, desde el dolor, a la puerta de entrada del paraíso, ya en este mundo.
