En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Como sucedió en los días de Noé, así será también en los días del Hijo del hombre: comían, bebían, se casaban los hombres y las mujeres tomaban esposo, hasta el día en que Noé entró en el arca; entonces llegó el diluvio y acabó con todos.
Asimismo, como sucedió en los días de Lot: comían, bebían, compraban, vendían, sembraban, construían; pero el día que Lot salió de Sodoma, llovió fuego y azufre del cielo y acabó con todos.
Así sucederá el día que se revele el Hijo del hombre.
Aquel día, el que esté en la azotea y tenga sus cosas en casa no baje a recogerlas; igualmente, el que esté en el campo, no vuelva atrás. Acordaos de la mujer de Lot.
El que pretenda guardar su vida, la perderá; y el que la pierda, la recobrará.
Os digo que aquella noche estarán dos juntos: a uno se lo llevarán y al otro lo dejarán; estarán dos moliendo juntas: a una se la llevarán y a la otra la dejarán».
Ellos le preguntaron: «¿Dónde, Señor?»
Él les dijo: «Donde está el cadáver, allí se reunirán los buitres». (San Lucas 17, 26-37).
COMENTARIO
La Iglesia proclama hoy en la celebración eucarística este pasaje del evangelio de san Lucas, un texto que podríamos considerar «incómodo». José Luis Sicre Díaz, en su libro El evangelio de Lucas, comenta: «El lector medianamente culto del siglo XXI que lee este pasaje difícilmente sintoniza con él. Le parece trasnochado, más propio de sectas exóticas que del cristianismo actual. Para entenderlo, hay que tener en cuenta dos detalles: 1) Jesús se dirige «a los discípulos», pero no debemos pensar en los Doce y en las mujeres que lo acompañan, sino en los cristianos de finales del siglo I, para los que escribe Lucas. 2) Lucas no agota un tema cuando lo trata por vez primera. Lo desarrolla y completa en pasajes posteriores».
Existen muchas interpretaciones de expertos que intentan explicar esta primera incursión de Lucas en el ámbito apocalíptico. Sin embargo, suelen ser explicaciones técnicas que, bajo mi punto de vista, no siempre ayudan a discernir el significado concreto que este pasaje tiene para nuestra vida espiritual y nuestro crecimiento en la fe.
Si que proporciona una clave interpretativa al describir a los destinatarios de este evangelio: personas pobres, sufrientes, que vivían tiempos convulsos y mantenían una tensa espera de la venida de Jesús, como también muestran algunas cartas de san Pablo. Esa expectativa de un final inminente condicionaba profundamente la vida de muchos creyentes de la época.
En este contexto, el evangelio nos enfrenta a una realidad que todos llevamos dentro: la necesidad de saber cuándo y cómo llegará nuestro «momento». Queremos controlar nuestra vida incierta, dirigir el rumbo de nuestra existencia y evitar la precariedad y la incertidumbre. Pero, en esta búsqueda de seguridad, olvidamos la importancia de vivir plenamente el «hoy».
La preocupación excesiva y errónea por el futuro nos hace perder de vista el presente. Al centrarnos en lo que vendrá, olvidamos que Dios y su Reino no están limitados a un momento o lugar específico ni dependen de signos espectaculares o de nuestras suposiciones. Cuando nos inquieta lo que pueda suceder, corremos el riesgo de desconectarnos de lo que Dios nos ofrece aquí y ahora. La presencia de Dios es constante y se revela en las experiencias sencillas de la vida, en nuestras relaciones y en la forma en que vivimos el amor y la justicia.
No sabemos ni el día ni la hora, y aunque el evangelio nos hable de Noé o de Lot, esta realidad se hace palpable en nuestra vida cotidiana. En acontecimientos recientes en la Comunidad Valenciana hemos visto cómo «unos han sido tomados y otros dejados». Solo Dios conoce su plan. Los cristianos tenemos la responsabilidad de construir ya en el hoy nuestro mañana, para no encontrarnos ante Dios desprovistos o distraídos por las cosas o intereses que nos desvían de lo esencial.
Por lo tanto, en lugar de intentar predecir el futuro o buscar señales extraordinarias, nuestra tarea es vivir con atención y entrega el momento presente. Es en el día a día donde encontramos a Dios y donde su Reino se hace presente y real. Recordemos el texto final de la carta a los Hebreos proclamado el domingo pasado: «La segunda vez aparecerá, sin ninguna relación al pecado, para salvar a los que lo esperan». Estamos llamados a vivir una «vida teologal», construida e iluminada por las virtudes que solo vienen de Dios. Que el Señor nos conceda la gracia de «saber esperar», para que, venga cuando venga, seamos salvados.

5 comentarios
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