En aquel tiempo, alzando Jesús los ojos, vio unos ricos que echaban donativos en el arca de las ofrendas; vio también una viuda pobre que echaba dos reales, y dijo: «Sabed que esa pobre viuda ha echado más que nadie, porque todos los demás han echado de lo que les sobra, pero ella, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir» (San Lucas 21, 1-4).
COMENTARIO
Estamos a las puertas del Adviento y la Iglesia nos presenta esta palabra que nos muestra ya a Jesús en Jerusalén cerca de vivir su Pasión. Es una palabra corta, clara en lo que respecta al texto y que puede pasar desapercibida, o que simplemente toque un poco nuestro «ser moral». Personalmente, es una palabra que me plantea una pregunta en este momento de mi vida. A ver, Ángel, ¿cómo vas a vivir el Adviento, desde una mentalidad de «funcionario religioso» (fariseo) o desde la necesidad de ser salvado?
Decía hace poco Raúl Orozco, en un curso al que asistí de cristología en la Universidad San Dámaso, que muchas veces —haciendo una interpretación mundana de todo lo divino— nos quedamos en que «salvación» simplemente significa ser «redimido de los pecados», cuando se trata de mucho más (aunque aquello esté incluido): participar de la santidad de Dios y sobre todo que en nosotros se dé la «plenitud», de tal forma que podamos gustar ya la «vida eterna» en el mundo presente. Esto es lo que nos ofrece la próxima Navidad: «plenitud». Es decir que Dios sea todo en nosotros (como deseaba la viuda). Fijaos que estamos hablando de una viuda —imagen de lo inferior en la sociedad de aquellos momentos— que entrega esas dos moneditas que representan «todo lo que tiene para vivir»: toda su seguridad. Para mí esas dos moneditas significan el conocimiento que tiene de Dios que le lleva a amarlo con «todas sus fuerzas». Mientras que los ricos —seguramente religiosos públicos— echaban de «lo que les sobraba», ella dio, a semejanza de María, su «hágase» hecho visible en aquella entrega. Cambió su pobreza por la riqueza de Aquel que posee todo. Aquellos otros no podrían tener acceso a la «plenitud» que representa Dios y su amor porque dentro de ellos continuaba su «ego» representado en toda la riqueza que mantenían en su poder, que les daba control y seguridad.
Dice san Juan Pablo II en sus catequesis de la teología del cuerpo que el cristiano es aquel que su comportamiento es producto de una «espontaneidad madura» ¿Qué quiere decir esta frase? Pues que el comportamiento del cristiano no es forzado, ni es producto de una moral o una ética aprendida. Es el resultado de un conocimiento de Dios que ha madurado en su interior de tal forma que con facilidad hace las obras de Jesucristo. La virgen María y esta pobre viuda mostraron su espiritualidad madura con sus obras fácilmente presentadas, porque tenían un gran conocimiento de Dios. Que el Señor nos ayude a entrar en este Adviento, con el espíritu de la viuda o, al menos, con su mismo deseo: la plenitud que solo viene de Dios encarnado. Que la oración, junto con nuestras intenciones preparen nuestro interior para que en nosotros se dé esta «plenitud» que haga presente en este mundo, como la viuda, que nuestro conocimiento de Dios va más allá de las ideas.

3 comentarios
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