Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías, mandó a sus discípulos a preguntarle: «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?». Jesús les respondió: «Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los cojos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y los pobres son evangelizados. ¡Y bienaventurado el que no se escandalice de mí!».
Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan: «¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? ¿O qué salisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Mirad, los que visten con lujo habitan en los palacios. Entonces, ¿a qué salisteis?, ¿a ver a un profeta? Sí, os digo, y más que profeta. Este es de quien está escrito: “Yo envío a mi mensajero delante de ti, el cual preparará tu camino ante ti”. En verdad os digo que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él (San Mateo 11, 2-11).
COMENTARIO
¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro? Tercer domingo de Adviento, el conocido como el domingo de la alegría. Alegría de la espera. Alegría por la cercanía del Señor, razón de nuestra alegría. Alegría por el encuentro con él en la oración perseverante, alegría por la vida que nos regala, alegría para vivir en permanente agradecimiento por lo que recibimos de Él.
Si confiamos en Dios todo el mundo verá la gloria del Señor, y los hombres creerán en Cristo, y no tendrán que preguntar más: «¿eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?». ¡Estamos alegres, porque reconocemos su gran misericordia y su infinita bondad!
Debemos aprender cada día a anunciar la buena noticia a partir de lo que nosotros mismos sentimos y vemos. El testimonio fraterno e indispensable para comunicar el evangelio. En unos pocos días celebraremos la Navidad, la fiesta de su venida, ¡del Dios que se ha hecho niño para compartir nuestra condición humana!
¡Virgen María, que esperaste y preparaste, silenciosa y orante, el nacimiento del Redentor abre mi corazón a la alegría! ¡Ven Jesús!
