Al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo: “Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados. Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo, que de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros» (San Mateo 5, 1-12).
COMENTARIO
Cristo “abriendo su boca” enseñó a sus discípulos las Bienaventuranzas, el camino de la felicidad, de la bienaventuranza. También a nosotros nos abre su boca en su Palabra, en la celebración de la Palabra en comunidad, en Iglesia. Y también a nosotros nos anuncia la verdadera dicha para la que hemos sido creados desde el primer día de la creación. Este es el designio del Padre que nos ha manifestado el Hijo, Jesucristo, y que nos concede gratuitamente el Espíritu Santo. Vivir con alegría las bienaventuranzas.
No se trata de un programa de actuación política, de un método de autoayuda, de unos buenos consejos utópicos, de una idea filosófica de como deberíamos actuar idealmente sus discípulos en esta vida. Se trata de vivir ya aquí la vida eterna, de un modo real, con hechos concretos, de pregustar ya aquí en medio de nuestra debilidad y nuestras limitaciones, el reino de los cielos.
Acabamos de celebrar la fiesta del Corpus Christi, la fiesta de la Eucaristía. Pues bien, sin la eucaristía no se entiende este evangelio. Sin comer del cuerpo y sangre de Cristo, del pan y el vino transformados en cuerpo y sangre de Cristo por el Espíritu Santo, es imposible vivir este evangelio. Cristo es la Cabeza, la Iglesia es su Cuerpo. Cristo es el Esposo, la Iglesia es su Esposa. Cristo es el Esposo que tan enamorado está de su Esposa, la Iglesia, que quiere darle de su Espíritu para ser Uno con Él.
Para vivir así hemos sido creados. Todo lo demás es vanidad. Todo lo considero basura por amor a Cristo, dice San Pablo. Sólo hay una tristeza en el mundo, la de no ser santos, dijo el poeta francés León Bloy. Y sólo cabe una alegría en este mundo: la de vivir las bienaventuranzas. Incluso cuando seamos perseguidos. Todavía más alegres si cabe cuando seamos odiados y perseguidos por el Evangelio: “Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo, que de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros”.

2 comentarios
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