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Evangelio

Pasión de Nuestro Señor Jesucristo

By Alfredo Esteban Corral2 de abril de 20217 comentarios12 Mins de lectura
Comentario al evangelio de hoy Viernes
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En aquel tiempo, salió Jesús con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, y entraron allí él y sus discípulos. Judas, el traidor, conocía también el sitio, porque Jesús se reunía a menudo allí con sus discípulos. Judas entonces, tomando la patrulla y unos guardias de los sumos sacerdotes y de los fariseos, entró allá con faroles, antorchas y armas. Jesús, sabiendo todo lo que venía sobre él, se adelantó y les dijo: «¿A quién buscáis?» Le contestaron: «A Jesús, el Nazareno.»

Les dijo Jesús: «Yo soy.»

Estaba también con ellos Judas, el traidor. Al decirles: «Yo soy», retrocedieron y cayeron a tierra. Les preguntó otra vez: «¿A quién buscáis?» Ellos dijeron: «A Jesús, el Nazareno.»

Jesús contestó: «Os he dicho que soy yo. Si me buscáis a mí, dejad marchar a éstos»

Y así se cumplió lo que había dicho: «No he perdido a ninguno de los que me disteis». Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al criado del sumo sacerdote, cortándole la oreja derecha. Este criado se llamaba Malco. Dijo entonces Jesús a Pedro: «Mete la espada en la vaina. El cáliz que me ha dado mi Padre, ¿no lo voy a beber?»

La patrulla, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, lo ataron y lo llevaron primero a Anás, porque era suegro de Caifás, sumo sacerdote aquel año; era Caifás el que había dado a los judíos este consejo: «Conviene que muera un solo hombre por el pueblo.» Simón Pedro y otro discípulo seguían a Jesús. Este discípulo era conocido del sumo sacerdote y entró con Jesús en el palacio del sumo sacerdote, mientras Pedro se quedó fuera a la puerta. Salió el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote, habló a la portera e hizo entrar a Pedro. La criada que hacía de portera dijo entonces a Pedro: «¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?» Él dijo: «No lo soy».

Los criados y los guardias habían encendido un brasero, porque hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos de pie, calentándose. El sumo sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de la doctrina. Jesús le contestó: «Yo he hablado abiertamente al mundo; yo he enseñado continuamente en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada a escondidas. ¿Por qué me interrogas a mí? Interroga a los que me han oído, de qué les he hablado. Ellos saben lo que he dicho yo». Apenas dijo esto, uno de los guardias que estaban allí le dio una bofetada a Jesús, diciendo: «¿Así contestas al sumo sacerdote?»

Jesús respondió: «Si he faltado al hablar, muestra en qué he faltado; pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?»

Entonces Anás lo envió atado a Caifás, sumo sacerdote. Simón Pedro estaba en pie, calentándose, y le dijeron: «¿No eres tú también de sus discípulos?» Él lo negó, diciendo: «No lo soy».

Uno de los criados del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro le cortó la oreja, le dijo: «¿No te he visto yo con él en el huerto?»

Pedro volvió a negar, y enseguida cantó un gallo. Llevaron a Jesús de casa de Caifás al pretorio. Era el amanecer, y ellos no entraron en el pretorio para no incurrir en impureza y poder así comer la Pascua. Salió Pilato afuera, adonde estaban ellos, y dijo: «¿Qué acusación presentáis contra este hombre?»

Le contestaron: «Si éste no fuera un malhechor, no te lo entregaríamos».

Pilato les dijo: «Lleváoslo vosotros y juzgadlo según vuestra ley».

Los judíos le dijeron: «No estamos autorizados para dar muerte a nadie».

Y así se cumplió lo que había dicho Jesús, indicando de qué muerte iba a morir. Entró otra vez Pilato en el pretorio, llamó a Jesús y le dijo: «¿Eres tú el rey de los judíos?»

Jesús le contestó: «¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?»

Pilato replicó: «¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?»

Jesús le contestó: «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí».

Pilato le dijo: «Conque, ¿tú eres rey?» Jesús le contestó: «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz».

Pilato le dijo: «Y, ¿qué es la verdad?»

Dicho esto, salió otra vez a donde estaban los judíos y les dijo: «Yo no encuentro en él ninguna culpa. Es costumbre entre vosotros que por Pascua ponga a uno en libertad. ¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?» Volvieron a gritar: «A ese no, a Barrabás».

El tal Barrabás era un bandido. Entonces Pilato tomó a Jesús y lo mandó azotar. Y los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le echaron por encima un manto color púrpura; y, acercándose a él, le decían: «¡Salve, rey de los judíos!»

Y le daban bofetadas. Pilato salió otra vez afuera y les dijo: «Mirad, os lo saco afuera, para que sepáis que no encuentro en él ninguna culpa».

Y salió Jesús afuera, llevando la corona de espinas y el manto color púrpura. Pilato les dijo: «Aquí lo tenéis».

Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron: «¡Crucifícalo, crucifícalo!»

Pilato les dijo: «Lleváoslo vosotros y crucificadlo, porque yo no encuentro culpa en él».

Los judíos le contestaron: «Nosotros tenemos una ley, y según esa ley tiene que morir, porque se ha declarado Hijo de Dios».

Cuando Pilato oyó estas palabras, se asustó aún más y, entrando otra vez en el pretorio, dijo a Jesús: «¿De dónde eres tú?»

Pero Jesús no le dio respuesta. Y Pilato le dijo: «¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y autoridad para crucificarte?»

Jesús le contestó: «No tendrías ninguna autoridad sobre mí, si no te la hubieran dado de lo alto. Por eso el que me ha entregado a ti tiene un pecado mayor».

Desde este momento Pilato trataba de soltarlo, pero los judíos gritaban: «Si sueltas a ése, no eres amigo del César. Todo el que se declara rey está contra el César».

Pilato entonces, al oír estas palabras, sacó afuera a Jesús y lo sentó en el tribunal, en el sitio que llaman «el Enlosado» (en hebreo Gábbata). Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia el mediodía. Y dijo Pilato a los judíos: «Aquí tenéis a vuestro rey». Ellos gritaron: «¡Fuera, fuera; crucifícalo!»

Pilato les dijo: «¿A vuestro rey voy a crucificar?» Contestaron los sumos sacerdotes: «No tenemos más rey que al César».

Entonces se lo entregó para que lo crucificaran. Tomaron a Jesús, y él, cargando con la cruz, salió al sitio llamado «de la Calavera» (que en hebreo se dice Gólgota), donde lo crucificaron; y con él a otros dos, uno a cada lado, y en medio, Jesús. Y Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él estaba escrito: «Jesús, el Nazareno, el rey de los judíos.» Leyeron el letrero muchos judíos, porque estaba cerca el lugar donde crucificaron a Jesús, y estaba escrito en hebreo, latín y griego. Entonces los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato: «No, escribas: «El rey de los judíos», sino: «Éste ha dicho: Soy el rey de los judíos»». Pilato les contestó: «Lo escrito, escrito está».

Los soldados, cuando crucificaron a Jesús, cogieron su ropa, haciendo cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin costura, tejida toda de una pieza de arriba abajo. Y se dijeron: «No la rasguemos, sino echemos a suerte, a ver a quién le toca».

Así se cumplió la Escritura: «Se repartieron mis ropas y echaron a suerte mi túnica». Esto hicieron los soldados. Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo».

Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa. Después de esto, sabiendo Jesús que todo había llegado a su término, para que se cumpliera la Escritura dijo: «Tengo sed».

Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: «Está cumplido».

E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu. Los judíos entonces, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día solemne, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis. Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura: «No le quebrarán un hueso»; y en otro lugar la Escritura dice: «Mirarán al que atravesaron.» Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo clandestino de Jesús por miedo a los judíos, pidió a Pilato que le dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato lo autorizó. Él fue entonces y se llevó el cuerpo. Llegó también Nicodemo, el que había ido a verlo de noche, y trajo unas cien libras de una mixtura de mirra y áloe. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo vendaron todo, con los aromas, según se acostumbra a enterrar entre los judíos. Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para los judíos era el día de la Preparación, y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús (San Juan 18, 1-19, 42).

COMENTARIO

En todos los rincones de la tierra los cristianos vivimos hoy la Pasión de nuestro Señor Jesucristo. Caminamos con Él la Cruz por la vía dolorosa hasta el Calvario.  Queremos acompañarle a llevar la Cruz con el corazón de Simón de Cirene, y lo hacemos pidiéndole perdón por nuestros pecados, y desagraviándole por tantas ofensas que recibe en todo el mundo.

Te contemplamos, Señor, clavado en la Cruz, y rogando a Dios Padre que perdone a todos los que te estamos crucificando. Señor, danos tu Gracia para que abramos nuestro corazón ante tus llagas, y después de pedirte perdón, queramos recibir tu Amor, vivir tus mandamientos y tus enseñanzas. Te mueres para redimirnos Jesús:  y al pedirte perdón y arrepentirnos, nuestra mente y nuestro corazón quieren abrirse para recibir tu amorosa misericordia.

“Tengo sed”. De Tu costado atravesado por la lanza “brota sangre y agua”.  ¿Quién puede saciar tu sed, Señor? Tú te conformas con poco; y nosotros apenas podemos ofrecerte otra cosa que nuestra débil Fe, nuestra frágil Esperanza, nuestra poco ardiente Caridad.

Viéndote clavado en la Cruz creemos firmemente que eres Dios y hombre verdadero; que eres el Redentor y el Salvador del mundo, de cada uno de nosotros. Que Te has muerto de amor por cada uno de tus hermanos los hombres.

Enséñanos, Jesús, a acompañarte y a mirarte como lo hizo el buen ladrón. Y que con nuestra vida demos testimonio de nuestra Fe en Ti, como la dio él ante su compañero que te echó en cara que, si Tú eras Dios, ¿por qué no lo salvabas?

Y al mirarte como él, que tengamos la osadía de pedirte lo que él te pidió: “Acuérdate de mí, cuando estés en tu reino”. El buen ladrón te miró compasivo, y descubrió el Cielo en tu mirada, Jesús. Y Tú le dijiste esas palabras divinas que todos los que te acompañamos con la cruz de cada día, te recibimos en la Eucaristía y te adoramos en tu Gloria, anhelamos oír en el momento que nos llames a morir en la tierra: “Hoy estará conmigo en el paraíso”.

“Padre, ¿por qué me has abandonado?” Sólo eres Tú el Hijo de Dios y verdadero hombre, quien puede cargar con el pecado del mundo, “hacerse pecado”. Y vives la soledad y la angustia del pecador que se queda solo con su pecado. Y nosotros queremos vivir contigo el abandono en las manos de Tu Padre Dios –“en Tus manos encomiendo mi espíritu”- y vivir así contigo el triunfo sobre el pecado y la muerte.

José de Arimatea y Nicodemo, “tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos, con los aromas, como es costumbre dar sepultura entre los judíos”.

Al caer la tarde, toda la Iglesia vive hoy el silencio de Cristo en el sepulcro, y lo vive en la Fe y en la Esperanza de la Resurrección. Este año no podemos besar la Cruz en el momento de adorarla; nos arrodillamos ante ella; y con nuestro cuerpo se arrodilla nuestro corazón, pidiendo al Crucificado y Sepultado, que nos de la gracia, a nosotros y a todos los pecadores, de reconocer nuestras culpas, nuestros pecados, y pedirle nuestra conversión y la de todos los hombres y mujeres del mundo, viviendo el perdón de nuestros pecados en el sacramento de la Reconciliación.

Nos alejamos en silencio dejando el sepulcro cerrado, dándonos golpes de pecho y mirando al firmamento, acompañando a tu Santísima Madre, que nos has dado como Madre nuestra en el derroche de Tu Amor en la Cruz. Con Ella esperamos el alba de tu Resurrección.

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7 comentarios

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