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Ciencia y Fe

John y Rebecca Jackson, expertos en la Sábana Santa: «Me di cuenta de que era un rostro, y me miraba»

By Valentin De Prado22 de noviembre de 20184 comentarios9 Mins de lectura
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En octubre se cumplieron 40 años del Proyecto de Investigación de la Síndone de Turín (STURP, por sus siglas en inglés). A la cabeza estaba el doctor en Física teórica y miembro de las Fueras Aéreas de EE. UU.  John P.  Jackson (Colorado, 1946). Durante días trabajaron contra reloj haciendo experimentos de todo tipo con la Sábana Santa. John y su mujer Rebbeca (Nueva York, 1948) dirigen hoy el Centro de la Síndone en Colorado Springs

¿Cómo empezó su interés por la Sábana Santa?

Con 13 o 14 años, mi madre me enseñó una foto del rostro de la Sábana. Nunca la había visto. Entendí que era la imagen de cuerpo entero, y me esforzaba por imaginarme que el pelo eran los brazos; la cara, el cuerpo; y unas manchas, la cabeza. Pensé: «¡Qué raro era Jesús!». De repente, me di cuenta de que estaba mirando a una cara, y que esa cara me miraba. Fue una experiencia muy profunda para la que no estaba preparado, y que me ha acompañado siempre.

Empezó a investigar, y en 1976 concluyó que la imagen del cuerpo reflejaba una figura tridimensional.

El primer libro sobre este tema que leí, del químico francés Paul Vignon, postulaba que el brillo de la imagen de la Síndone variaba con la distancia entre la tela y el cuerpo sobre el que estaba. Pero en 1902 no tenía forma de demostrarlo objetivamente. En 1976 analizamos la imagen con equipos digitales y pudimos demostrarlo. El brillo de la imagen tenía correlación con las características geométricas de un cuerpo; es decir, la imagen formaba una figura tridimensional. Este descubrimiento suscitó tanto interés que en dos años y medio teníamos un equipo de 30 científicos que obtuvo permiso de la Iglesia para examinar la Sábana.

¿Así surgió el proyecto STURP?

En 1977 habíamos organizado un congreso científico, pero nos dimos cuenta de que todo lo que se había hecho hasta el momento eran observaciones preliminares que, en nuestra opinión, no tenían valor científico para comprobar las distintas hipótesis: que la imagen estaba pintada, que era resultado de las emanaciones químicas del cuerpo, etc. Así funciona la ciencia: con observaciones formulas una hipótesis, y tienes que contrastarla con nuevas observaciones. La única forma de avanzar era pedir acceso a la Sábana Santa para hacer observaciones científicas. En 1978 nos autorizaron, así que tuvimos que conseguir la financiación y coordinar muy bien qué queríamos hacer, por qué y cómo. Fue un desafío, porque lo hicimos todo de forma voluntaria en nuestro tiempo libre.

¿Cuáles fueron esas pruebas?

Fotografías científicas, en condiciones controladas de luz para saber exactamente con qué longitudes de onda trabajábamos; proyectar una luz ultravioleta y rayos X para, a partir de las fluorescencias, analizar las características químicas y la estructura atómica de los materiales; tomar con cinta adhesiva muestras de fibras, partículas y marcas de quemaduras y analizarlas al volver a Estados Unidos… Otros investigadores después cogieron fibras enteras o cortaron algún trozo de la Síndone. Nosotros no, porque no lo necesitábamos y queríamos dañarla lo menos posible.

¿Cómo fue estar varios días en contacto directo con la Sábana?

Sinceramente, estábamos tan ocupados que no tuve ocasión de sentarme delante de ella y decir: «¡Qué bien!». Los experimentos no salieron a la perfección, el mundo real no funciona así. Nuestro equipamiento estuvo retenido una semana en la aduana así que algunos grupos de trabajo no tenían las fuentes de luz adecuada. Otros tuvieron problemas con sus ordenadores. Al final tuvimos que pedir prestadas algunas cosas a la redacción de “National geographic”, y cambiar el orden de los distintos experimentos para que siempre pudiéramos estar haciendo algo. Tampoco quise aprovecharme del privilegio de poder contemplar la Síndone; estábamos allí para ser los ojos del mundo. Sí me tomé 15 minutos para estar delante de ella. Y en realidad me los pasé intentando buscar diferencias de color entre la imagen del cuerpo y las marcas de quemaduras del incendio de 1532. No las vi, así que pedí que las midieran con un espectrómetro, que mostró que efectivamente el color era idéntico. Esto nos obligó a reconsiderar si la naturaleza química no sería similar.

¿Desarrolló en esa época su hipótesis de que la imagen se formó mientras la tela caía atravesando el cuerpo del hombre envuelto en ella?

Eso fue mucho después. Me había ido dando cuenta de que una hipótesis que al principio me había parecido razonable, que la imagen se hubiera formado por la interacción de los vapores de amoniaco que salían del cuerpo con los ungüentos, no podía ser porque la imagen sería borrosa. Con nuestros experimentos, llegamos a la conclusión clara de que no se había añadido pintura a la Sábana y de que, además, cada fibra estaba coloreada individualmente. Empecé a pensar que la radiación era una hipótesis viable para explicar todo esto y el hecho de que el color de la imagen fuera el mismo que el de las marcas de quemaduras.

Después de la expedición, me pasé dos años analizando la cuestión de la colocación del cuerpo respecto a la Sábana. Pude demostrar que era vertical [el cuerpo tumbado boca arriba sobre una parte de la tela, con la otra encima, NdR.]. Deduje que la gravedad tenía que ser una parte esencial del mecanismo de formación de la imagen. Pero, ¿cómo? El cuerpo habría detenido la caída. Diez años después de la expedición, fue tomando forma una idea: ¿Y si el cuerpo no frenó la caída? Eso explicaría la tridimensionalidad de la imagen, las cuestiones químicas y la ausencia de una imagen de los laterales del cuerpo.

Pero, ¿esa hipótesis se puede demostrar científicamente?

Se puede ver si es coherente con otras observaciones. Obviamente, siempre tienes que construir primero hipótesis de orden natural. Pero casi ninguna de ellas explica la imagen. Creo que la mía sí. Y en ciencia, si una hipótesis no se refuta, se mantiene en pie. Por muy extraña que resulte. ¡Para observar el proceso de formación de la imagen y ver si realmente ocurrió así necesitaríamos una máquina del tiempo! También se puede argumentar que la hipótesis encaja con la descripción que hace la Escritura de cómo estaban colocadas las telas en el sepulcro.

La investigación sobre la Sábana Santa que más eco ha tenido fue la datación con carbono 14 que realizaron tres laboratorios en 1988, y que la situó entre 1260 y 1390.

En esa no participamos. Desde STURP quería realizar una nueva serie de experimentos, y en 1984 presentamos un protocolo que incluía la datación con carbono. Sin embargo, se decidió que solo se permitiría esta prueba y nuestra propuesta fue dejada de lado. Tampoco tuvimos acceso a las pruebas que se hicieron para contrastar los resultados. Con todo, estamos trabajando en otras cosas. Por ejemplo, para explicar por qué la datación contradice otras evidencias que recogimos en 1978. Si el carbono fracasó, ¿por qué fue? Tenemos algunas ideas, pero para comprobarlas necesitamos financiación. Y ahora es más difícil, porque también debido a la datación con carbono mucha gente piensa que ya no vale la pena invertir en esto.

Además de investigar, ha estudiado Ciencias Religiosas. ¿Por qué?

La expedición era científica, no religiosa. Durante la expedición de STURP tres personas me criticaron por llevar una cruz al cuello. Soy católico, y para mí esa cruz era un recordatorio de que tenía que hacer la mejor ciencia posible. No queríamos cometer ningún error que afectara al valor religioso de la Sábana. Y no sé qué sería peor, pensar que es auténtica sin que lo sea, o pensar que no lo es siéndolo.

No se pueden desconectar ciencia y religión. La ciencia está para responder al qué, cuándo, y dónde; la religión, al porqué. La ciencia también puede sentar las bases para preguntar por los porqués adecuados. La Resurrección ocurrió en el espacio y el tiempo, por lo que se puede involucrar a la ciencia. Esta no da la fe, pero si la Síndone es auténtica, la luz de la ciencia puede iluminar la fe.

¿Cómo?

Si tomamos la descripción del sepulcro que hace la Escritura, Juan escribe que entraron en el sepulcro, vieron las telas y el sudario de la cabeza en otro lado y creyó en la resurrección de Jesús. Debe de haber habido algo en lo que vio que le llevó a la fe. Fue un acto de ciencia (ver) que, unido a un acto religioso, hizo que creyera. Para él, el acto de ver fue una oportunidad para la fe, y la aprovechó. No es que basara su fe en la resurrección en la ciencia, sino que la ciencia le iluminó esta oportunidad de llegar al centro del Evangelio, a la fe en la resurrección del Señor. Tampoco dice que por haber visto eso el lector tiene que creerlo, sino que da su testimonio. La ciencia puede dar una oportunidad a la fe.

Para nuestra teología, la resurrección es un acontecimiento que ocurrió en el espacio y el tiempo, pero también fuera del espacio y el tiempo. En tanto en cuanto ocurrió en el espacio y el tiempo, es posible y está permitido involucrar a la ciencia. Por otro lado, la Resurrección también ocurrió fuera del espacio y el tiempo, y aquí la ciencia no tiene ninguna competencia. Es dominio de la religión, y tenemos que descalzarnos. En Colorado estamos poniendo en marcha una Cofradía de la Sábana Santa, con la idea de reflejar nuestra fe usando la Síndone como iluminación, pero no como fuente de la fe.

Rebecca, usted era judía ortodoxa. ¿Cómo llegó al catolicismo?

¡No fue para casarme con John! [Risas]. Yo era judía ortodoxa de Nueva York. Mi familia se mudó a Brooklyn, y enfrente de nuestra casa había una iglesia. Mi padre veía el programa de televisión del cardenal Fulton Sheen. Y con el tiempo… simplemente ocurrió. Con 15 o 16 años me di cuenta de que estaba enamorada de Jesús y de la Virgen, llevaba a mi hermana a la iglesia y rezaba de rodillas. En 1987 me bauticé como protestante, y en 1990 me hice católica. Ese mismo año conocí a John. Vi un documental sobre la Síndone en el que salía él, y lo busqué para decirle que podía ser auténtica porque el hombre que se ve en ella se parece mucho a mi abuelo, que era judío [Más risas]. Comencé a trabajar con él, y tres años después nos casamos. Los dos estábamos divorciados, pero tramitamos la nulidad.

También han trabajado en España.

En 2007 investigamos el Mantel de Coria, que según la tradición es el de la Última Cena. Pero no podemos decir más. Prometimos al obispo que sería el primero en conocer los resultados.

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