Se ha apagado la luz de una prodigiosa inteligencia. La humanidad, el mundo académico y cientìfico están de luto. Stephen Hawking nos ha dejado. Por fin habrá podido experimentar en carne propia y de forma intransferible, si al final tenía razón o no; si sencillamente sus células dejaron de vivir y comenzó su cuerpo a desintegrarse, o si, asombrado, ha tenido que reconocer humildemente que por una vez estaba equivocado, y que, si bien su materia se descompone, el espíritu permanece. Esa prueba definitiva que creyentes y ateos tarde o temprano pasaremos, ya la experimentó Hawking.
Hawking es modelo en muchos aspectos, pero su vida transmite además un mensaje paradójico. Quien no creía en los milagros, y estaba dispuesto a aceptar la idea de Dios solamente si la ciencia la pudiera demostrar, vivía de milagro. Los médicos le habían dado de dos a cuatro años de vida y vivió cincuenta y cinco con Esclerósis Lateral Amiotrófica (ELA), la enfermedad que progresivamente lo fue postrando. Quien se convirtió en el defensor eximio de la autonomía de la razón fue redimido en varias ocasiones por el amor. En efecto, en medio de la lógica depresión causada por el diagnóstico de su enfermedad fue el amor de su prometida y más tarde su mujer Jane Wilde quien lo sacó de su postración. Más tarde, fue precisamente la fe de ella quien se opuso en 1985 a que lo dejaran morir a pesar de estar ya muy enfermo, disminuído y no poder hablar a partir de ese momento, cuando nuevamente los médicos, portavoces de la ciencia, aconsejaban dejarlo morir, pues no valía la pena prolongar su sufrimiento. Nuevamente, cuando jugamos a hacer de Dios nos equivocamos, pues con posterioridad a ese percance escribió el texto científico de mayor divulgación en la historia, su “Breve historia del Tiempo”.
Paradójico fue también el hecho de que uno de los principales portavoces del “ateísmo científico contemporáneo” fuera miembro de la Pontificia Academia de las Ciencias y departiera amablemente con cuatro Pontìfices: El Beato Pablo VI, san Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco, dejando como corolario de tales encuentros el hecho de que ateísmo y religión pueden convivir de forma respetuosa y civilizada, sin necesidad de descalificarse recíprocamente o con el prurito de pelear. El diálogo es posible entre quienes piensan distinto y es un presupuesto de la convivencia civilizada, así como de la apertura del hombre hacia la verdad. Hawking y los Papas en la Pontificia Academia de las Ciencias constituyen una prueba fehaciente de cómo visiones antagónicas del mundo pueden hacer sinergia en beneficio de la humanidad, y de la grandeza de espíritu tanto de Hawking como de los pontífices, que supera cerríles y estériles discusiones pseudointelectuales.
Al final de su vida, la existencia de un hombre que preconizaba la materia como única realidad tangible, naturalizable y experimentable nos deja un claro testimonio de la grandeza, magnanímidad y carácter indomable del espíritu humano. En efecto, su titánico empeño de entender la “mente del universo”, es decir “la mente de Dios” en su incansable búsqueda de la “teoría del todo”, así como su férrea lucha por sobreponerse a la enfermedad y a las limitaciones físicas que llevaba aparejada, son quizá la encarnación más gráfica de lo que san Agustín afirmaba desde una perspectiva de fe: “el alma arrastra al cuerpo, aunque el cuerpo esté destrozado”.
Por todo ello, un grande se nos ha ido, pero nos ha dejado no sólo el acervo de sus descubrimientos científicos: la radiación de Hawking, los agujeros negros, la singularidad en las condiciones iniciales del universo, su búsqueda incansable de la “gravedad cuántica”. También nos deja el testimonio de la grandeza humana capaz de aspirar a empresas magnánimas y sobreponerse a las dificultades. Como dice la concisa frase latina “per áspera ad astra”, “por lo árduo y difícil hasta las estrellas”.
Mario Arroyo
Doctor en Filosofía
p.marioa@gmail.com

5 comentarios
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