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Antonio Pavía

Me robaste el corazón

By BuenaNueva14 de enero de 2017No hay comentarios4 Mins de lectura
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“Me robaste el corazón, amada mía, esposa mía, me robaste el corazón con una mirada tuya…”

(Ct 4,9).

Nos podríamos preguntar cómo fue la mirada de Pedro que robó el corazón al Hijo de Dios. Empezaremos diciendo que toda mirada del hombre a Dios es como una especie de reverberación de la mirada que a su vez de Él ha recibido en su alma. Por ello vamos a intentar en primer lugar sondear el Misterio de amores que tomó forma de Acontecimiento aquella noche en la que, después de que Pedro había jurada una y otra vez que no conocía a ese tal Jesús de Nazaret, ese tal posó su mirada en él (Lc 22,61).

No fue en absoluto una mirada de reprobación. Ningún reproche se desprendía del destello de luz de los ojos del Señor Jesús. Su mirada era por encima de todo un lazo de amor. De hecho, no le era extraño el mirar de Jesús. Al igual que Juan (Jn 1,39), recordaba el día y la hora. Su hermano Andrés le había hecho partícipe de una gran noticia: ¡Hemos encontrado al Mesías! No sabemos con qué ánimo fue de la mano de su hermano al encuentro del Señor Jesús; sí sabemos con qué corazón le recibió Él. Le miró fijamente y le cambió el nombre: “Jesús, fijando su mirada en él, le dijo: Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas, que quiere decir Piedra” (Jn 1,42).

Toda una declaración de intenciones. Fue mirada y promesa de su nuevo nacimiento, su nueva creación en Él (2Co 5,17). Nunca se extinguió la luz de la mirada de su Señor; es más, en esta noche santa es cuando cobra especial resplandor, como queriendo avivar la mecha humeante de su huérfano corazón; para reanimar mechas mortecinas le había enviado su Padre: “Caña quebrada no partirá, y mecha mortecina no apagará” (Is 42,3).

La intención de Jesús era clara: no quería perder a ninguno de los que el Padre le había dado (Jn 17,24). Celoso por todas y cada una de sus ovejas, su mirada las ata a Él. En esa noche, ambos, Jesús y Pedro, van a entrar en una sima de tinieblas, diferente pero, al fin y al cabo, sima. Jesús entra con su Padre. Pedro parece que va a entrar solo y que no va a poder con su desesperación; por eso le mira, le ama, ya tiene quién le acompañe en sus tinieblas. El apóstol cae de su caballo, ya sabe su verdad: ni conoce ni ama a su Señor, tiene al descubierto el engaño de su corazón, incluido su pretensión de amarle más que los otros discípulos (Mt 26,33). Mirada de Jesús, engaño al descubierto… Es ahora cuando empieza realmente su majestuosa y grandiosa historia de amor con Él. Sacado a la luz el engaño, ya puede desprenderse de su mentira como quien se sacude violentamente la mano cuando cae sobre ella una brasa.

Entretanto, y ajenos al lazo de amor indestructible creado entre Jesús y Pedro, los príncipes y adalides del mal celebran su victoria. Es un grito ensordecedor, todo un fragor estentóreo cuando, de pronto, una especie de tintineo, apenas audible al principio y paulatinamente más y más intenso, se hace notar. Parece que se ha abierto una grieta en el salón de la fiesta. El tintineo no remite, se hace ya realmente molesto y no es para menos; son las lágrimas del rudo pescador. Los celebrantes mueven sus cabezas de arriba abajo, de derecha a izquierda, cada vez más inquietos. Esas lágrimas -al principio furtivas después descaradas- amenazan ruinas.

        Antono Pavía

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