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Juan Ignacio

El sacramento del matrimonio en San Juan Pablo II – Parte XII

By BuenaNueva19 de enero de 20152 comentarios6 Mins de lectura
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Aludiendo al mandamiento «No adulterarás», Cristo habló de «adulterio en el corazón»: «Todo el que mira a una mujer deseándola, ya adulteró con ella en su corazón» (Mt 5, 28).

Así, pues, al afirmar que el signo sacramental del matrimonio –signo de la alianza conyugal del hombre y de la mujer- se forma basándose en el «lenguaje del cuerpo» una vez releído en la verdad (y releído continuamente), nos damos cuenta de que el que relee este «lenguaje» y luego lo expresa, en desacuerdo con las exigencias propias del matrimonio como pacto y sacramento, es natural y moralmente el hombre de la concupiscencia: varón y mujer, entendidos ambos como el «hombre de la concupiscencia».

Los Profetas del Antiguo Testamento tienen ante los ojos ciertamente a este hombre cuando, sirviéndose de una analogía, censuran el «adulterio de Israel y de Judá». El análisis de las palabras pronunciadas por Cristo en el sermón de la montaña nos lleva a comprender más profundamente el «adulterio» mismo.

(…) El «corazón» humano no es tanto «acusado y condenado» por Cristo a causa de la concupiscencia (concupiscentia carnis), cuanto, ante todo, «llamado». Aquí se da una decisiva divergencia entre la antropología (o la hemenéutica antropológica) del Evangelio y algunos influyentes representantes de la hermenéutica contemporánea del hombre (los llamados maestros de la sospecha). &1

Podemos constatar que, aunque el hombre, a pesar del signo sacramental del matrimonio, a pesar del consentimiento matrimonial y de su realización, permanezca siendo naturalmente el «hombre de la concupiscencia», sin embargo es, a la vez, el hombre de la «llamada». Es «llamado» a través del misterio de la redención del cuerpo, misterio divino, que es simultáneamente -en Cristo y por Cristo en cada hombre- realidad humana. Además, ese misterio comporta el (…) ethos de la redención. Cfr. &2.

  1. A la luz de las palabras pronunciadas por Cristo en el sermón de la montaña, a la luz de todo el Evangelio y de la Nueva Alianza, la triple concupiscencia (y en particular la concupiscencia de la carne) no destruye la capacidad de releer en la verdad el «lenguaje del cuerpo» -y de releerlo continuamente de un modo más maduro y pleno-, en virtud del cual se constituye el signo sacramental tanto en su primer momento litúrgico, como, luego, en la dimensión de toda la vida.

A esta luz hay que constatar que, si la concupiscencia de por sí engendra múltiples «errores» al releer el «lenguaje del cuerpo» y juntamente con esto engendra incluso el «pecado», el mal moral, contrario a la virtud de la castidad (tanto conyugal como extraconyugal), sin embargo, en el ámbito del ethos de la redención queda siempre la posibilidad de pasar del «error» a la «verdad», como también la posibilidad de retorno, o sea, de conversión, del pecado a la castidad, como expresión de una vida según el Espíritu (cf. Gál 5, 16).

El hombre «histórico» (después del pecado original), basándose en el «lenguaje del cuerpo» releído en la verdad, es capaz -como varón y mujer- de constituir el signo sacramental del amor, de la fidelidad y de la honestidad conyugal, y esto como signo duradero: «Serte fiel siempre en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad y amarte y respetarte todos los días de mi vida». &4.

Mediante la dimensión del signo, propia del matrimonio como sacramento, se confirma la específica antropología teológica, la específica hermenéutica del hombre, que en este caso podría llamarse también «hermenéutica del sacramento», porque permite comprender al hombre basándose en el análisis del signo sacramental.

El hombre -varón y mujer- como ministro del sacramento, autor (co-autor) del signo sacramental, es sujeto consciente y capaz de autodeterminación. Sólo sobre esta base puede ser el autor del «lenguaje del cuerpo», puede ser también autor (co-autor) del matrimonio como signo: signo de la divina creación y «redención del cuerpo». El hombre, (…) es el «hombre de la concupiscencia», pero al mismo tiempo es capaz de discernir la verdad de la falsedad en el lenguaje del cuerpo y puede ser autor de los significados verdaderos (o falsos) de ese lenguaje. &5.

Es el hombre de la concupiscencia, pero no está completamente determinado por la libido (en el sentido en que frecuentemente se usa este término). Esa determinación significaría que el conjunto de los comportamientos del hombre, incluso también, por ejemplo, la opción por la continencia a causa de motivos religiosos, sólo se explicaría a través de las específicas transformaciones de esta «libido».

En tal caso -dentro del ámbito del lenguaje del cuerpo-, el hombre estaría condenado, en cierto sentido, a falsificaciones esenciales: sería solamente el que expresa una específica determinación de parte de la «libido», pero no expresaría la verdad (o la falsedad) del amor nupcial y de la comunión de las personas, aun cuando pensase manifestarla. (…)

La «hermenéutica del sacramento» nos permite sacar la conclusión de que el hombre es siempre esencialmente «llamado» y no sólo «acusado», y esto precisamente en cuanto «hombre de la concupiscencia» . & 6.

  1. La veracidad en «el lenguaje del cuerpo» (9-II-83/13-II-83)

La nueva evangelización se inspira, según estas enseñanzas de san Juan Pablo II, en conceptos antropológicos precisos. Se dirige al hombre histórico, al hombre de la triple concupiscencia, que es sujeto de la redención, llamado a la santidad en Cristo.

Dios no suprime a nadie del ámbito de su amor. Amar es su naturaleza esencial, amar a los pecadores es la revelación de sí mismo propia de los evangelios, que solo se ilumina a la luz del Misterio pascual de Jesucristo. La Iglesia tiene este Espíritu, para anunciar esta verdad goza del don de la Resurrección, pues si Cristo no ha resucitado “sería vana nuestra fe, estaríamos todavía en vuestros pecados.” (Cfr. 1 Cor 15, 17). Lo que manifiesta que hemos resucitado con Cristo es que “hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos, aquel que no ama permanece en la muerte.” (1 Jn 3,14). Hasta amar como hemos sido amados, “sus numerosos pecados le son perdonados, porque ha manifestado mucho amor.” (Lc 7,47).

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