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Evangelio

Ayunando es menos bravo el yo

By BuenaNueva7 de marzo de 20143 comentarios5 Mins de lectura
Reflexion, evangelio, hoy
Comentario al evangelio de hoy Jueves
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«En aquel tiempo, se acercaron los discípulos de Juan a Jesús, preguntándole: “¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo y, en cambio, tus discípulos no ayunan?”. Jesús les dijo: “¿Es que pueden guardar luto los invitados a la boda, mientras el novio está con ellos? Llegará un día en que se lleven al novio, y entonces ayunaran”». (Mt 9,14-15)


Importante es afinar el espíritu. Para ello está el ayuno, no para eliminar grasa. Ayunando me elevo. Y esto tiene esto mucho de misterio. El ser humano, ese compuesto de alma y cuerpo, tiene la tarea de ir equilibrando su propia vida para que no degenere en carnalidad ni en espiritualismos antievangélicos.

El ayuno, al igual que la realidad matrimonial, son realidades humanas que quedan elevadas en contacto con el Cristianismo. Ya no es una simple forma de dominar el cuerpo y de dominarlo, ni un modo exigente de fortalecer la voluntad, se trata de un acto religioso capaz de expulsar demonios (Mt 17,21), y que tiene por finalidad la caridad —con todo lo que esto lleva de propia perfección—.

Me pregunto sobre la eficacia sobrenatural del ayunar. El privarse de alimentos me debilita, aminora mis fuerzas, me disminuye. Entramos así en comunión con la espiritualidad de Juan el Bautista: “conviene que Cristo Crezca y yo disminuya” (Jn 3,30). “Cuando soy débil entonces soy fuerte” (2 Cor 12,10). Ayunando en el cuerpo se produce un extraño debilitamiento del alma, del amor propio que la anima. Ayunando es menos bravo el yo. Es cierto que con esta práctica tan saludable se puede caer en orgullo espiritual: los fariseos hacían ver a la gente que ayunaban (Mt 6,16), alguno incluso dos veces por semana (Lc 18,12). Pero por un peligro no se ha de renunciar a espléndidos beneficios. También los estudios se cursan para cualificar la entrega a los demás, a pesar de la hinchazón que pueden producir (1 Cor 8,1)

Por otra parte, la carencia voluntaria y parcial de comida conlleva otra importante cualidad espiritual: el descentramiento. Se trata de una cuestión vital. La digestión es una realidad orgánica que tiene por misión  la asimilación de nutrientes que sostiene la vida. Aunque es algo legítimo, ideado por Dios, y “a pesar” de su índole interesada no por ello se puede decir que es egoísta. Cuando una persona come no es egoísta por ese mismo acto. Sí puede cargar de egoísmo dicha función digestiva, pero ya no es por sí misma sino por la intencionalidad sobreañadida del sujeto en cuestión. Dejando esto claro, entendemos mejor lo que sigue:

El ayuno me descentra por un doble motivo: porque lo que no tomo yo lo puede tomar otro; se trataría de una función benéfica, caritativa, o puramente altruista o filantrópica. Es su función social. El otro motivo es más personal e íntimo: al yo suspender algo que me interesa biológicamente, que necesito, me descentro, me hace estar pendiente de lo otro, del otro. Una actividad natural mía por ser natural no deja de ser mía. No habrá, por tanto, que confesarse de comer simplemente, pero dejaría pasar una oportunidad de merecer un aumento de caridad. Si nos quitamos de lo malo, los demás crecen. Si nos quitamos de lo bueno, los demás crecen más. Si nos quitamos por un tiempo de lo que necesitamos, los otros crecen muchísimo más, porque entonces nos estaremos dando a nosotros mismos y no sencillamente dando cosas.

Es decir, con esta doble perspectiva presentada, vemos cómo el ayuno nos hace dar cosas —alimento en este caso— y también darnos a nosotros mismos, que es con mucho lo mejor para el otro. El ayuno bien vivido disminuye la soberbia y acrecienta el amor por vía social (comparto) y por vía personal (me reparto).

La viuda que nos propone san Lucas (Lc 21,1-4) era menesterosa —pauperculam, traduce San Jerónimo— y echó en el cepillo dos moneditas —minuta duo—. Para el Señor echó más que todos porque no le sobraba sino que de su nada, de su miseria, de su indigencia echó TODO lo que tenía para vivir. El original griego dice que todo lo que poseía para su biología (en sentido amplio) lo expulsó, se desprendió. Vemos aquí una presumible ancianita convertida en una gimnasta de la caridad. Imagino que le caerían ayunos voluntarios como consecuencia de su acción. Descentrando su estómago descentraba su ego a favor de innominados prójimos. Arriesgando lo vital encontraba vida, no la perdía (Lc 9,22-25).

En el evangelio de este día asistimos a un fenómeno curioso. El grupo que seguía a Juan el Bautista era magnífico, excelente. Pero el de Cristo era mejor, estaba llamado a una más excelente calidad. Y es hermoso ver la apertura de Juan y su disponibilidad para hacer crecer a los suyos bajo el magisterio de Jesucristo (Jn 1,30-51). En la Iglesia vemos personas espirituales pero incapaces de ceder ante una espiritualidad superior. Lo más sensato es aprender de la flexibilidad del penitente Juan.

Cristo matiza la cruz (ayuno) y la relaciona con el Cantar de Salomón. La cruz no es algo definitivo sino funcional. En ella se desposan los místicos con su Señor y nos enseñan la locura de la cruz desde la óptica de Jesucristo, no desde el masoquismo  o desde las “ciencias infernales”. Cuando toca cruz, cruz; y cuando toca dejarla, dejarla. Dice el libro del Eclesiastés (3,2-12) que hay tiempo para todo, y todo a su tiempo. Con todo, no hay que llevarse a engaño: el ayuno corpóreo nos favorece el ayuno espiritual, el del espíritu, el del Yo.

Cuando ayunes úngete la cabeza (Mt 6,17), sonríete (Mt 6,16)

Francisco Lerdo de Tejada

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